Este año se celebra el centenario del nacimiento del escritor mexicano Juan Rulfo

Por Elisa Berna

Elisa Berna
Elisa Berna. Licenciada en Derecho

Se cumplen cien años del nacimiento del escritor mexicano Juan Rulfo (16 de mayo de 1917).  Al hilo de ese centenario, no he podido evitar evocar la corriente de sensaciones y recuerdos que sacudieron mi memoria mientras leía Pedro Páramo, la obra que junto con El llano en llamas, encumbró al reconocido autor.

Parece imposible enfrentarse a cada nueva lectura totalmente desnuda.  Las historias atraviesan los filtros del lector alumbrándose de su propia experiencia, y fue bajo la luz y las sofocantes sombras de un viaje a México, ahora tan lejano e irreal, como adopté todo ese universo rulfiano.

El México que hice mío durante tres meses y unos cuantos dolores más allá, todavía no era el triste protagonista de las noticias en que se ha convertido hoy, si bien ya supuraba forzosamente por sus heridas.  No estuve nunca en Comala ni en cualquier otro punto del sur de Jalisco, y sin embargo, tengo la certeza de que mi estancia en la sierra poblana, fue atravesada por cientos de fantasmas que no vi pero susurraban su amargura en las noches de selva y perros, así como por gentes de carne y hueso que comían conmigo, bebían conmigo y cantaban conmigo mientras parecían recorrer otro mundo de una realidad para nada comparable a la mía.

La mexicanalidad envuelve la obra de Juan Rulfo lo mismo que ésta enreda al viajero recién aterrizado en ese México rural. El lector adentra sus ojos en la asfixiante atmósfera que transitan voces llegadas de otras vidas, convirtiendo a la muerte, siempre cercana, en compañera inevitable que no se apaga en la memoria de los vivos.

Los personajes de Pedro Páramo, con sus historias pequeñas a la espalda, arrastran la desesperanza igual que todos aquellos rostros que retraté durante el viaje.  Asumido su destino, no queda sino la resignación y la mansedumbre frente a la tiranía del cacique o del propio tiempo, porque al fin y al cabo “cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace”.  Y se deshace en Comala, tristemente, sin remedio.

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