El futuro del socialismo. Por Cándido Marquesán

Firmas de opinión

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de Instituto

Uno de los libros que he leído con mucho interés en los últimos tiempos ha sido Pensar desde la Izquierda. Mapa del pensamiento crítico para un tiempo en crisis (2012), estructurado en la modalidad de artículos de diferentes autores, entre los cuales estaban: Badiou, ZizeK, Negri, Toscano, Hardt… Obviamente es un libro de actualidad, ya que habla de una necesidad imperiosa, y cada vez más lejana, de construir un pensamiento crítico desde la izquierda.

Uno de los que  me ha merecido especial atención, es el titulado Las mutaciones del pensamiento crítico de Razmig Keucheyan, profesor asociado de Sociología en la Universidad de Paris IV-Sorbonne, con una amplia bibliografía, entre la que destaca Une cartographie des nouvelles pensées critiques (2010).  Su tarea investigadora actual versa sobre sociología crítica del Estado.

En la entradilla del artículo escribe A propósito de Görand Therborn, autor de From Marxism to Postmarxism (2009). Además plantea una serie de cuestiones, a las que trata de dar respuesta en el artículo: ¿Cómo y en qué modalidades se puede seguir creyendo en la idea comunista desde la caída de la URSS? A esta cuestión trata de responder Therborn en el libro comentado, a través de una cartografía del conjunto de los “posmarxismos”. Mas -se pregunta Keucheyan- con un enfoque tan centrado en el marxismo, ¿no sé corre el riesgo de ignorar que este legado está lejos de representar la totalidad del pensamiento crítico contemporáneo? Con este preámbulo obviamente me lance con auténtico frenesí a leer el artículo, del que trataré de reflejar sus líneas fundamentales, tarea no fácil, ya que es muy denso y de profundo calado ideológico. En contrapartida sirve para propiciar la reflexión desde la izquierda, que buena falta nos hace. La derecha neoliberal tiene las ideas muy claras, y de acuerdo con ellas actúa políticamente con total coherencia.

Perry Anderson con motivo del tema del “fin de la Historia” en su libro “Los fines de la historia” de 1992 esboza cuatro destinos posibles para el socialismo. Uno primero sería que las experiencias socialistas de 1848-1989, sean para los historiadores futuros como una anomalía o un paréntesis, como el que supuso en los siglos XVII y XVIII el Estado jesuita de Paraguay. Los jesuitas organizaron unas comunidades guaraníes igualitarias, repartiendo equitativamente las tierras y respetando las costumbres indígenas. Estas comunidades fascinaron a Montesquieu y Voltaire. Es sabido que tras granjearse el odio de los propietarios del lugar, fueron disueltas por la Corona española. Según Anderson, podría decirse que el destino del socialismo –en particular de la modalidad derivada de la Revolución de Octubre de 1917- será del mismo tipo que del Estado jesuita de Paraguay. Tres siglos después sabemos que esta experiencia no consiguió desviar el curso capitalista de la historia. Estas experiencias hoy solo son un recuerdo, salvo para algunos especialistas. Ese sería el futuro del socialismo.

La segunda posibilidad es que en el futuro el socialismo sea sometido a una profunda reformulación. Puede que en unas décadas o unos siglos, ocurran acontecimientos que lo conducirán a fusionarse en un proyecto político más convincente. Anderson menciona las relaciones existentes entre las revoluciones inglesa y francesa. Ambas son concebidas  como partícipes de un mismo impulso democrático, aunque son sucesos muy diferentes. Cerca de 150 años separan a los niveladores de los jacobinos. El lenguaje de los revolucionarios ingleses es más religioso que el de los franceses, que es más político. Es posible que en el futuro se produzcan acontecimientos de los que los historiadores digan, a posteriori, que forman parte del mismo ciclo histórico que las experiencias de 1848-1989. Puede también que los que participen en ellos no perciban el lazo que les une con el socialismo, lo que no significa que no vaya haber relación. Un resurgimiento renovado del socialismo supondría una transformación doctrinal. Es posible que algunos dogmas se abandonen, como la centralidad del proletariado. O incluso que se organice en torno a temas ecologistas.

Una tercera posibilidad del socialismo sería similar al vínculo que existe entre la Revolución francesa y las revoluciones que la siguieron. La Revolución francesa fundó una tradición revolucionaria acumulativa. En 1830 las calles parisinas estaban con barricadas; luego 1848, la Comuna, el Frente Popular y Mayo del 68, fueron acontecimientos, que con sus matices, todos beben en la fuente de la “Gran Revolución”.  Puede suceder en el futuro el mismo tipo de relación entre el socialismo y aquello que lo suceda. En cierto modo el feminismo ya guarda cierta relación con él. No en vano el movimiento obrero es uno de los orígenes del feminismo, con la obra de Auguste Bebel Le femme  el le socialisme (1883).

Una cuarta es que el destino del socialismo sea similar al del liberalismo. En tiempos de la I Guerra Mundial, tras su esplendor durante la Belle Epoque, el liberalismo entró en crisis eclipsado por otras corrientes ideológicas como el keynesianismo o el marxismo, de la que no se recuperará hasta los años  setenta, cuando se inicia el neoliberalismo. No queda excluido que el socialismo conozca lo mismo que el liberalismo una redención después de haber estado eclipsado. Para ello será necesario que evolucione y que integre algo de las doctrinas rivales, como, por ejemplo, un mayor respeto por las libertades individuales. Pero incluso en este caso se trataría del socialismo tal como lo conocemos, con sus rasgos fundamentales.

Los 25 años transcurridos de la aparición del libro de Anderson nos permiten tener una misión más completa con respecto al período que estamos atravesando. Primera confirmación: el socialismo no seguirá la del Estado jesuita de Paraguay. Los historiadores no lo verán como un conjunto de experiencias insignificantes y sin futuro, visto el discurrir de la historia. Desde la insurrección zapatista de 1994 muchas luchas se han perdido, pero se han librado. Algunas se han ganado, como el que haya Estados que se autoproclaman adeptos al “socialismo del siglo XXI. El socialismo no se va a convertir a una curiosidad para el historiador.

Segunda conclusión: es improbable que el socialismo sea redimido como el liberalismo en el último tercio del siglo XX. Al contrario de ciertos análisis críticos un tanto apresurados hechos desde los años 70, la civilización industrial de la que surgió el socialismo no ha desaparecido. Pero se ha transformado considerablemente, si bien las condiciones  en las que el  núcleo histórico del proyecto socialista podría darse han desaparecido sin duda. Por tanto, el futuro del socialismo estará según Anderson entre la segunda o la tercera opción expuesta. O bien las experiencias del periodo 1848-1989 serán acumulativas, es decir, que darán lugar en breves espacios de tiempo a transformaciones sociales profundas, o quizás serán necesarios períodos de tiempo más largos y una mutación más profunda para que acontecimientos de esta naturaleza se produzcan. En la actualidad, esta segunda opción parece la más coherente. Nos encontramos en una temporalidad política análoga a los 150 años que separan las dos revoluciones inglesa y francesa.

Que tengamos que esperar para una reestructuración operativa del socialismo esto no significa que los discursos críticos escaseen. Hoy existe todo un conjunto de teorías enfocadas a entender el mundo después de la caída del muro de Berlín y preparar vías emancipatorias. Estos nuevos pensamientos críticos son los que estudia Göran Therborn en su libro citado. El sociólogo sueco y profesor de Cambridge propone una cartografía de los pensamientos críticos contemporáneos, sobre todo los surgidos a partir de los 90. Están Badiou, Zizek, Negri, Laclau, Wallerstein, Bauman, etc. La novedad de las ideas que estos proponen proviene de su intención de pensar el ciclo político abierto tras la desintegración de los países del Este. La obra de Therborn tiene una tesis central y otras secundarias. El marxismo puede dibujarse desde sus orígenes como un triángulo con tres vértices que son: las ciencias sociales, la filosofía y la política. En esencia esta corriente pretende a la vez una descripción (geográfica, económica, sociológica) de la realidad social, una filosofía portadora de una visión del hombre y de una epistemología (la dialéctica),  y una estrategia para transformar la sociedad.  Para Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo o Trotski estos tres elementos aparecen entremezclados.  Según Therborn el triángulo marxista se ha descompuesto y ha saltado hecho pedazos en la actualidad. Al contrario que sus predecesores, los pensadores críticos actuales se sitúan en uno de estos vértices, en raras ocasiones en dos. Ya no ostentan responsabilidades políticas y menos aún en organizaciones que tengan un impacto efectivo sobre la realidad del país en que se hallan. Una excepción es la del vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, autor de ensayos sobre el indigenismo o sobre filosofía política. En cuanto a otros como Zizek o Laclau, en algún momento ha podido emerger su dimensión política, pero hoy se limitan a escribir o dar conferencias.

Esta separación entre teoría y práctica, no es nueva, ya que se da en el marxismo occidental, o sea, el marxismo del periodo 1923-1968 del que Lukács, Korsch y Gramcsi son fundadores. Este marxismo “occidental” –los marxistas clásicos son mayoritariamente de Europa del Este- aparece cuando la perspectivas de la revolución en el oeste europeo, y sobre todo en Alemania, se alejan. Sus principales representantes como Adorno, Sartre, Althusser o Marcuse se diferencian de la generación clásica, en que no son dirigentes, ni miembros de organizaciones obreras, además de ser filósofos puros, por lo que escriben en un lenguaje inaccesible a los militantes. El triángulo marxista comienza a descomponerse a mitad de los años veinte.

Una idea que Therborn adelanta es que actualmente se está produciendo un giro teológico en los pensamientos críticos. Badiou dedicó una obra a san Pablo. Negri y Hardt se apoyan en san Francisco de Asis. En Zizek el recurso a la religión no tiene la función, como en Badiou o Negri,  de construir una fuente de inspiración para reconstruir un proyecto de emancipación,  es por el contrario para defender el cristianismo por sí mismo, ya que este participa de la historia de la emancipación. Se podrían poner otros muchos ejemplos de estas referencias al hecho religioso en el pensamiento crítico actual. ¿Qué razones hay? Referencias religiosas han existido siempre en las teorías críticas. El marxista peruano Mariátegui (el fundador del marxismo latinoamericano) ya dedicó un texto a Juana de Arco en 1929. Ernst Bloch en Thomas Munzer. Teólogo de la revolución data de 1921. Estas referencias están vinculadas con el problema específico de la creencia. De ahí las referencias a personajes como San Pablo o Job. La cuestión que plantean  estas figuras teológicas es la de saber  cómo es posible seguir creyendo y esperando cuando todo parece ir en contra de la creencia, cuando las circunstancias son totalmente hostiles. Es normal que los pensadores críticos sientan la necesidad de encontrar una respuesta a este problema. Las experiencias  de construcción de una sociedad socialista han finalizado todas de una manera dramática. ¿Cómo continuar creyendo en la posibilidad  del socialismo cuando los hechos han invalidado brutalmente en numerosas ocasiones esta idea? La teología puede servir, ya que esta disciplina el creer en lo inexistente es su especialidad.

La incorporación de lo religioso al pensamiento crítico puede explicarse también, desde la perspectiva de hacer frente a los fundamentalismos religiosos, y mostrar que existen formas progresistas de religiosidad. A este respecto puede resultar paradigmático el nuevo prefacio a los Evangelios de Terry Eagleton, bajo el título Terry Eagleton presents Jesus Christ.

En el libro de Therborn hay numerosas ausencias, ya que tan solo aporta autores enmarcados en el “Norte”.  Solo menciona europeos y norteamericanos. Es una grave carencia, porque hoy la geografía del pensamiento crítico se ha diseminado por todos los rincones del globo. Basta citar entre ellos al palestino Edward Said (fallecido en 2003), el boliviano García Linera, el esloveno Slavoj Zizek, el argentino Ernesto Laclau (fallecido en 2014), la turca Seyla Benhabib, el brasileño Roberto Mangabeira, el japonés Kojin Karatani, el indio Homi Bhabha, el mexicano Néstor García, el camerunés Achille Mbembe o el peruano Aníbal Quijano. También es cierto que estos autores citados están afincados en los Estados Unidos, o bien enseñan allí con regularidad. Es conocido, aunque no justificable, que en todos los ámbitos del pensamiento ha existido y sigue vigente una concepción eurocéntrica. Además, esa autoproclamada superioridad europea lleva consigo algunas otras carencias. En una conferencia impartida en 2011 en Bolivia, Zizek señaló: Me disculpo por los intelectuales europeos, por la forma en que los tratan a ustedes. Cuando vienen acá y supuestamente los admiran hay mucho de hipocresía. La actitud típica de este tipo de intelectuales -que seguramente tienen una buena fuente de ingresos y lo hacen bien- es tener el dinero en el bolsillo derecho y su corazoncito a la izquierda. Les gusta participar en la Revolución pero siempre que esa Revolución ocurra lejos de su vida diaria, donde pueden participar en las formas de cuidar el dinero, las intrigas del trabajo, etc. Ellos dicen que su corazón está allá, con la Revolución. La izquierda -sobre todo la izquierda europea- siempre necesitó este tipo de lugares: la Unión Soviética, China, Cuba.

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