En la izquierda hay mucha protesta pero pocas propuestas. O lo que es lo mismo: política folk. Por Cándido Marquesán

Firmas de opinión

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de Instituto

Observamos que se ha producido una extraordinaria concentración de poder y riqueza en unas élites, que pueden tomar decisiones unilateralmente, a las que apenas se puede oponer resistencia. Este hecho, no es fortuito sino consecuencia de una estrategia muy bien pensada desde hace unas décadas. Algunas circunstancias lo facilitaron, como el hundimiento de los países comunistas, mas lo cierto es que ya antes había un claro objetivo de ganar la batalla de las ideas. Y la han ganado de un modo contundente. Para la imposición de sus ideas han contado desde los años 70 con la ayuda mendaz de los escuderos de la derecha: think tanks creados y financiados por grandes corporaciones, la mayoría de la clase política, la academia, los medios de comunicación… Y han trabajado muy bien, al haber conseguido que ideas extravagantes o impensables de los años 70, sean hoy incuestionables y plenas de «sentido común», sin que tengan otra fundamentación que la fe, al no ser comprobables empíricamente. Y así las élites han impuesto su agenda política, por ello la mayoría de los políticos, cual simples palafreneros, están a su servicio, como observamos en el tema de Torre Village en Zaragoza; y además han conseguido convencer de que lo bueno para ellas también lo es para la gran mayoría de la sociedad. Tampoco es una novedad ya lo advirtió Marx «las ideas de la clase dominante son las dominantes en cada época».

Entre estas ideas hegemónicas hoy, auténticas verdades dogmáticas, están las que fundamentan y legitiman la desigualdad cada vez amplia e irreversible. Ahí van algunas: incrementar los impuestos a las élites económicas al retraer la inversión e imposibilitar el crecimiento económico va en detrimento de la gran mayoría; es inevitable y positiva la implantación de recortes en el gasto público social para garantizar unas cuentas públicas saneadas y así evitar su bancarrota, que provocaría secuelas gravísimas para toda la sociedad; las políticas de austeridad y devaluación salarial traerán de una manera irreversible la recuperación de la economía y creación a raudales de empleo estable; el Estado debido a su burocratización y gasto incontrolado con el consiguiente aumento de los impuestos debe ser reducido al mínimo; la privatización o externalización de los servicios públicos aportarán mejores prestaciones a los ciudadanos; las empresas funcionan mejor si no están sujetas a convenios sindicales generales; la desregulación de la economía es infinitamente mejor que un sistema, en el que el Estado mantenga mecanismos de control y regulación; el libre mercado sin ningún tipo de cortapisas garantiza el buen funcionamiento de la economía; del fracaso personal somos responsables los individuos; la solidaridad, el altruismo y la empatía hacia los demás son antiguallas del pasado; las políticas keynesianas están caducas…Son dogmas como el de la Santísima Trinidad. Por tanto, no hay alternativa. No obstante, aceptar tal afirmación es una injuria a la razón, pues equivale a una prohibición de pensar. No es un argumento, es una capitulación.

De todo lo expuesto se deduce que toda opinión distinta al pensamiento dominante es menospreciada, algo que una sociedad sumisa asume mayoritariamente. Como señala Owen Jones, «este proceso de marginalización es un rasgo esencial del nuevo consenso», del nuevo sentido común.

Pongamos ejemplos. Cuando un gobierno anuncia la privatización, de la parte que es negocio, claro está, de un hospital, del suministro o depuración del agua, de la electricidad, del transporte, u otro servicio público, ya no es noticia, porque es ya algo aceptado como normal. Incluso que un partido socialista apoye a un gobierno corrupto hasta las entrañas. Sin embargo, si un político tiene la osadía de proponer que los ricos paguen más impuestos; de manifestarse a favor de una banca pública o cooperativas de crédito; o por un modelo de comercio minorista de proximidad en lugar de las grandes superficies; o por la remunicipalización del agua o de la vivienda, al considerarlos como servicios básicos fundamentales, que emanan de un texto constitucional, es probable, no mejor, es seguro, que se convierta en noticia y sea sometido a ataques furibundos por tierra, mar y aire, y acusado de izquierdista, radical, populista, comunista… En definitiva, tales propuestas razonables, lógicas, normales hace 30 0 40 años, serán boicoteadas hoy desde todos los frentes del sistema vigente. Y lo más probable es que el gobierno renuncie a aplicarlas. Y tal renuncia es de «sentido común».

Por ende, hoy, los que menos tenemos estamos a la defensiva. Una cuestión clave del poder ha sido siempre su capacidad de intimidación. Y desde hace tiempo, el poder y su capacidad de infundir miedo se ha ubicado solo en un lado del tablero. Lo que Rosanvallon llamaba el «reformismo del miedo», el poder intimidatorio de la sociedad industrial y de los potentes sindicatos pertenece a otros tiempos. Todavía más, según Josep Fontana las élites hoy se sienten tan seguras, que no tienen razón alguna para sentarse a la mesa a negociar, ya que al otro lado no hay más que ruido e indignación fragmentada, sin alternativas organizadas. Hay mucha protesta pero pocas propuestas, sobre todo en el ámbito de la izquierda.

Hoy existen algunos intentos políticos de luchar contra el neoliberalismo. Totalmente fallidos. Nick Srnicek y Alex Willians en su libro Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo hablan de política folk. Multitudes protestan contra la austeridad, pero siguen los recortes brutales. O contra la desigualdad, pero el abismo entre los ricos y los pobres se acrecienta. Las luchas alterglobalizadoras; grupos antiguerra y ecológicos; huelgas estudiantiles, el Occupy y el 15-M, las mareas tienen características comunes: aparecen rápido, movilizan a muchas personas y, sin embargo, terminan por palidecer generando un sentimiento de apatía, melancolía y derrota. En una palabra, la política folk carece de herramientas para derribar el neoliberalismo.

Desde la izquierda debe construirse un discurso alternativo contrahegemónico suficientemente ambicioso e ilusionante para la gran mayoría, en el que no pueden faltar sus dosis de utopía. Renunciar a la hegemonía supone abandonar la idea de ganar y ejercer el poder; y también perder la fe en el terreno de la lucha política. La historia nos enseña que muchas ideas, que en un principio parecían utópicas, una vez aplicadas dejaron de serlo. Ejemplos: matrimonio de homosexuales, el aborto, el voto femenino, la jornada laboral de 8 horas… Por ello, para que unas ideas puedan ser aceptadas en un futuro hay que ponerlas encima de la mesa y defenderlas con convicción. Voy a citar algunas de ellas. Una necesidad imperiosa de un replanteamiento total de la cuestión energética, construido en energías limpias y renovables y abandono de las contaminantes. Una apuesta decidida por el avance tecnológico basado en la robotización, automatización y digitalización. Disponemos hoy de suficiente tecnología para prescindir de la mayoría del trabajo humano y a la vez producir cantidades cada vez mayores de riqueza. La reducción por la tecnología de la demanda de la mano de obra, posibilitaría la propuesta del acortamiento de la semana laboral, que ha sido siempre, salvo hoy, defendida por la izquierda. Sin embargo, estamos observando que la tecnología en lugar de servirnos para incrementar nuestro ocio, las jornadas laborales son cada vez más largas y con sueldos más reducidos. Y es así porque el aumento de la productividad beneficia exclusivamente al capital. Y por último, la propuesta sin ambages de una renta básica universal, que proporcionaría a todo ser humano la autonomía, sin la cual la libertad no es posible.

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