Camino al fracaso

por José Luis Alonso Gajón

“El éxito y el fracaso son dos impostores”

Jorge Luis Borges

José Luis Alonso Gajón
José Luis Alonso, ingeniero agrónomo, Vicepresidente de Attac en Aragón, fue presidente de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) del 2003 al 2008

Amigo lector, voy a intentar la misión imposible de controlar mis emociones y pensar sobre lo que está ocurriendo en la vieja piel de toro de Shepharad [i], en los nacionalismos, en el mito de las dos Españas, en la falta de propuestas de futuro ilusionantes y creíbles y, por último, en la orfandad política, social y económica de las buenas gentes que laboramos este apéndice de Eurasia.

Soy consciente de que intentar pensar colectivamente, cuando las emociones se desbordan y cuando “la bestia”, que todos llevamos dentro, está siendo azuzada por algunos inconscientes para que vuelva a patear, una vez más, estas sufridas tierras, es un camino hacia el fracaso. Pero como decía Samuel Beckett: “Inténtalo de nuevo. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor” o en aragonés: “A por el sí vengo, que el nó ya me lo llevo por delante”.

Dos coaliciones de fuerzas nos han llevado a la creación de varias brechas sociales: entre Cataluña y el resto de España y dentro de cada una de esas comunidades. Las causas son muy variadas, pero ambas partes han recurrido al nacionalismo, y por tanto al enemigo externo, como forma de aglutinar a los suyos.

Detengámonos un momento en este punto y para ello voy a seguir un escrito del historiador británico marxista Eric Hobsbwan “Naciones y nacionalismos desde 1780” [ii]. Hobsbwan se plantea en primer lugar ¿qué es una nación? Y tras examinar muchas fuentes llega a la conclusión de que no es posible dar una definición, que abarque a todas las que se etiquetan así, por lo que adopta el criterio pragmático de considerar como nación a “cualquier conjunto de personas, suficientemente nutrido, cuyos miembros consideren que pertenecen a una nación” y centra su análisis en algo más fácil de ver y concretar: los nacionalismos.

Siguiendo a Geller entiende por nacionalismos a aquellos movimientos sociales que defienden que la nación exige una unidad política independiente (estado) y también, y a diferencia de otras formas menos exigentes de identificación nacional, que la lealtad a la nación está por encima de todas las demás obligaciones públicas.

Constata también que la “conciencia nacional” se desarrolla desigualmente entre las agrupaciones sociales y las regiones de un país y que las masas trabajadoras suelen ser las ultimas en incorporarse. Siguiendo a Hroch ve tres fases sucesivas en el desarrollo de los nacionalismos:

  1. puramente cultural, literaria, folclórica;
  2. un conjunto de precursores y militantes lanza la idea nacional y comienza las campañas políticas a su favor y
  3. los programas nacionalistas consiguen el apoyo de las masas (a veces antes de que exista la nación, a veces después de su independencia).

Esta fase C, necesariamente, se basa en los sentimientos y el más fácil de utilizar es el “enemigo externo”: los otros “nos roban”, “viven a costa nuestra”, “a por ellos”, “boicot a sus productos” etc.

Otro de los recursos habitualmente utilizados es el de reescribir la historia en términos nacionalistas, como dijo Renan “Interpretar mal la historia forma parte de ser una nación”. Entre otras cosas porque el concepto de nación actual no empieza a existir hasta finales del XVIII, anteriormente la palabra “nación” solía designar sencillamente al conjunto de los habitantes de un territorio. Ejemplos  de pseudohistoria pueden ser el mito de Covadonga, de la unidad de España a partir de los Reyes Católicos o el de la corona catalano-aragonesa.

Debemos hacernos una pregunta ¿Por qué ha triunfado este “invento” de la nación y ha marcado la historia mundial de los dos últimos siglos? Probablemente porque la cohesión del estado no puede basarse permanentemente en la fuerza, aunque puntualmente pueda recurrir a ella, sino en movilizar sentimientos de identidad con una “comunidad imaginada” [iii] que, muchas veces, palia la falta de comunidades y redes humanas reales. Y detrás, como siempre, la economía como ya resaltaba Alexander Hamilton (1er secretario del Tesoro con Georges Washington e impulsor del federalismo) en sus “grandes medidas nacionales”.

Otro aspecto, por tanto, a considerar es el Estado, pero tenemos la dificultad de que partir de finales del XIX aparece el estado-nación y los dos conceptos se hibridan. En sí mismo el estado moderno podría ser concebido como una organización política que gobierna un territorio de forma directa, mediante leyes comunes y una administración que, poco a poco, va llegando a los últimos lugares. Los Códigos legales, los censos, la mili, la escuela pública, el médico, el cartero, los ayuntamientos, los medios de comunicación, etc. van creando una red que envuelve a las personas desde que nacen hasta que mueren y que a la vez es ayuda y control. Con la paradoja de la dependencia creciente del propio Estado (y de la clase política dominante capitalista) de su aceptación voluntaria (legitimidad) por los inicialmente súbditos que poco a poco deben convertirse en ciudadanos/trabajadores interiorizando voluntariamente su sujeción a derechos y obligaciones políticas, laborales y sociales.

Y para todo ello las dos “comunidades imaginarias” de patria o nación son eficacísimas. “Ya hemos hecho Italia, ahora hagamos a los italianos” dijo un político de ese país tras la reunificación. Entendemos aquí por patria una forma de lealtad cívica (o religión cívica según Rousseau) hacia el propio Estado que, a diferencia de la nación, no necesita remarcar la idea de superioridad de “nosotros” frente a “los otros” sino que implica más bien una ampliación hacia el estado del sentimiento hacia el país o localidad de nacimiento.

Dejo al buen criterio del lector el reconocer en qué medida estas reflexiones de Hobsbwam se pueden aplicar o no en nuestro caso actual. Yo estoy convencido de ello y por tanto para finalizar este primer artículo dejo en el aire dos preguntas:

  • ¿La política del gobierno del PP no habrá favorecido la aceleración de la fase C al crear emociones negativas contra España entre las masas populares catalanas?
  • ¿Los ideólogos del nacionalismo catalán quieren ya la independencia? Porque, a juzgar por la evolución de las encuestas [iv], tal vez, su estrategia esté siendo prolongar la fase C, mediante la provocación continua. Y mantener esta fase hasta conseguir que su ideología alcance la masa crítica de las 2/3 partes de la población, gracias a la sensibilización gota a gota que en ella provocan tanto las respuestas coactivas o judiciales, como las poco pensadas declaraciones del presidente del gobierno central.

 

[i] La pell de brau. Salvador Espriu. Ed. Ruedo Ibérico Paris 1963

[ii] Ed. Critica (Grijalbo-Mondadori) Barcelona 1992

[iii] Sapiens: De animales a dioses: Noah Harari Ed. Debate, Barcelona 2014

[iv] http://www.publico.es/politica/48-7-catalanes-quiere-independencia-sondeo-ceo.html

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