Las dos Españas: Un relato paralizante del que debemos salir

por José Luis Alonso Gajón

Amo demasiado a mi país para ser nacionalista (Albert Camus)

José Luis Alonso Gajón
José Luis Alonso, ingeniero agrónomo, Vicepresidente de Attac en Aragón, fue presidente de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) del 2003 al 2008

Si entendemos por relato un discurso moldeado ideológicamente al servicio de un determinado planteamiento político, tal vez el de mayor éxito en nuestro país sea el de “las dos Españas”, ya que ha sido asumido desde hace dos siglos por las diversas facciones políticas y contó con la ayuda divulgativa del mismísimo Machado.

Su origen y consecuencias han sido muy estudiadas, una de las ultimas interpretaciones es la del escritor y diplomático español José María Ridao en El mito de las dos Españas: “estas visiones responden a la necesidad universal de encontrar la legitimidad para establecer un orden político en el que unos individuos se sienten autorizados a dar órdenes de acuerdo con su programa de acción y otros se reconocen obligados a obedecerlas, sea cual sea el suyo. El mito de las dos Españas invoca el pasado, y no Dios, la raza u otros ídolos, como causa incontestable, como fundamento último del orden político que se pretende establecer” en las Cortes de Cádiz. Estas se encuentran con el problema de “respetar la monarquía como forma de gobierno y, al mismo tiempo, dotarla de una legitimidad conferida por su sola voluntad, no por la de Dios ni por la de la nación”

La aceptación del pasado como fuente de legitimidad fue la solución de consenso que hallaron liberales y absolutistas, pero ¿de qué pasado hablamos? En los dos siglos siguientes España vio como las alternancias en el poder de los dos grupos iban unidas cada vez a “una más ajustada percepción de la esencia nacional destilada a lo largo de la historia” gracias a una reinterpretación del pasado “mejor” que la de sus rivales.

“El mito de las dos Españas se va fraguando a lo largo de este recorrido y obedece a un error de perspectiva del que, aún hoy, no existe clara conciencia. En lo sustancial, ese error consiste en conceder una relevancia historiográfica, de la que carecen, a las respectivas visiones del pasado sobre las que se erigen las Españas en conflicto.” Y como consecuencia que todavía arrastramos: “los programas políticos no aspiraban al poder para promover soluciones sino para definir, el fundamento y la naturaleza de ese poder al que aspiraban”, es decir de las instituciones que lo concretan.

El único paréntesis sea tal vez la II República que en la interpretación de Ridao “no surge de la victoria de la España liberal sobre la absolutista, sino de la impugnación del mito de las dos Españas y la cancelación de las disputas sobre la legitimidad que se han prolongado a lo largo del siglo XIX. (La Republica) no cuestiona en nombre de ningún pasado las instituciones que proceden de la Restauración, sino las reglas y procedimientos para gobernarlas, traicionadas por el rey al avalar la dictadura de Primo de Rivera. Frente a la democracia corrupta de la Restauración, la República se presenta como una alternativa a la corrupción, no a la democracia.”

“La rebelión militar contra la República, al poner en pie una de las dos Españas arbitrarias del mito, reelaborando para legitimarse un relato del pasado, creó las condiciones para que también renaciese la otra, no menos arbitraria, articulando a su vez un relato opuesto.” “Los compromisos que dieron lugar a la Constitución de 1978 retomaron el propósito de cancelar el mito de las dos Españas, reconduciendo la lucha política a una confrontación entre diversas formas de pensar el Estado, no de pensar España”.

Por desgracia para España las últimas dos décadas han visto como todos los partidos, incluso los nuevos, retomaban el mito: “demandas nacionalistas que reproducían a una escala geográficamente menor la idea decimonónica de que es el pasado lo que legitima el orden político” frente a la defensa con “ardor la idea de España que supuestamente subyacía en la Constitución de 1978, cuando en ella no subyacía ninguna, porque su elaboración no fue el resultado de pensar España, sino de pensar el Estado”. Y por otro lado una interpretación política de la “memoria histórica” que pretende deslegitimar la Constitución del 78 mientras los crímenes de Franco, durante y después de la Guerra Civil, no sean reparados por la vía judicial, volviendo a llevar el problema de la legitimidad al pasado y la historia.

Mi conclusión, de esta larga concatenación de citas de Ridao, es que hemos vuelto a un presente-antiguo del que deberíamos salir cuanto antes. Y ello se consigue dejando de hablar del pasado y de la nación y planteando que hacemos con un Estado que, entre tanto, ha sido secuestrado por los poderes financieros y la ideología neoliberal.

Ni el mantenimiento de una unidad de España, que ha permitido incluso cambiar el artículo 135 de la Constitución para garantizar los derechos económicos del 0,1% sobre los sociales del 99,9% de la población; ni la creación de x republicas en la periferia, van a resolver los problemas diarios de los 600.000 hogares sin ingresos, de los mas de dos millones de aquellos con salario por debajo del umbral de pobreza, ni de la inseguridad creciente de las clases medias, ni el ingente paro de los menores de 30 años, ni .

Es necesario conseguir que el 15 o 20 % de la población abandonemos los estériles debates sobre las dos Españas y sobre los nacionalismos de uno u otro signo (incluido el españolista) para reivindicar un patriotismo cívico de sentimiento de unidad solidaria con todas y cada una de las personas que convivimos en esta vieja Hispania sin renunciar, al mimo tiempo, a la pertenencia a una comunidad local/global.

Y ser capaces de articular políticas que lleven a aunar voluntades e ilusiones en torno a un programa que cubra la emergencia social, la lucha para erradicar la corrupción de dentro del Estado, una Renta Basica Universal finaciada con un nuevo sistema fiscal, etc y, todo ello enmarcado en el objetivo de desarrollar de una vez los derechos y deberes enunciados en el Título I de nuestra Constitución (hasta ahora meramente enunciativo, es decir, decorativo) y en la Declaración de los Derechos de la Humanidad.

Esa es, a mi juicio, la tarea y no la mejora de una economía que solo beneficia a los muy ricos o la proclamación de unas repúblicas sin programas sociales conocidos ni viabilidad económica o social.

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