Por sus frutos los conoceréis. Por Antonio Piazuelo

Firmas de opinión

Antonio Piazuelo
Antonio Piazuelo, Ingeniero Técnico Industrial

Se preguntaba San Mateo en su Evangelio si acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos. No debía de tener mucha fe en los milagros –y eso que era santo- porque se respondía a sí mismo, con bastante sensatez, que no: que los espinos no dan uvas ni los abrojos, higos. Y terminaba advirtiendo, en referencia a los falsos profetas, que “por sus frutos los conoceréis”. Hasta este humilde servidor, tan poco aficionado a los textos religiosos, se ve obligado a darle la razón al evangelista.  Pues bien, el Banco de España, según las informaciones publicadas, acaba de informarnos sobre uno de los frutos producidos por el Gobierno de Aragón después de sus doce primeros meses de mandato: 7.320 millones de euros de deuda. Lo que significa que Aragón debe ahora 646 millones más que cuando el consejero Fernando Gimeno se hizo cargo de las cuentas de la comunidad. Dicho de otra manera: en un solo añito ha conseguido aumentar la deuda en más de nueve puntos y medio (9,6%). Y, si sumamos la deuda de las empresas públicas, cuyo pago sale de los mismos bolsillos, nos vamos hasta el 21,4% del PIB aragonés.

Lo llamativo del caso es que, cumpliendo al pie de la letra las previsiones del Evangelio, nuestro abrojo particular no solo se niega tercamente a dar higos sino que produce con insistencia los mismos frutos, lo plantes donde lo plantes. Hasta el año pasado, sin ir más lejos,  venia ejerciendo las mismas funciones que ahora ejerce en la DGA, pero en el Ayuntamiento de Zaragoza. Y aunque, desde su salida de allí, la deuda municipal se ha rebajado en 65 milloncejos, por la nueva gestión municipal, los ciudadanos y ciudadanas de la capital aragonesa deben aún otros 1.034, solo por debajo de Madrid entre las capitales españolas. Ciertamente, por sus frutos vamos conociendo al falso profeta Siempre da los mismos: tienen un saborcillo desagradable y son terriblemente indigestos. Años y años tardaremos en digerirlos.

Es verdad que todas las comunidades han aumentado sus deudas, sí. Lo han hecho en una media del 7%, es decir, unos dos puntos y medio menos que la nuestra. Podría pensarse, con buena voluntad, que tales incrementos de la deuda contraída nos habrán permitido disfrutar de beneficios y prestaciones que otras comunidades y otras ciudades, con menos desparpajo a la hora de pedir prestado, no gozarán. Si es así, ya me dirán en qué consisten tales beneficios y tales prestaciones, porque yo no los veo por ninguna parte. Los recortes y la austeridad –en materia social- son perfectamente comparables con los que han asumido las demás comunidades y la inversión pública de nuestra administración autonómica brilla por la misma ausencia que la de las otras. ¿En qué se nos han ido esos dos puntos y medio de más?

Pues la verdad es que se trata de una pregunta muy complicada de responder porque nuestro consejero, entre otras habilidades acreditadas, tiene una de la que también se habló hace poco: la de mentir, ocultar y resistirse fieramente a cualquier clase de transparencia, hasta tal punto de conseguir que sea imposible que el Parlamento de la comunidad cumpla con una de sus funciones más importantes: aprobar y controlar el gasto del ejecutivo. No hace tanto supimos que las cuentas del Gobierno autónomo registraron en este último año nada menos que cuarenta y ocho modificaciones sobre el presupuesto aprobado por las Cortes de Aragón, lo que sumaba la friolera de cien millones de euros, a los que habría que añadir otras cantidades millonarias, como los 23 kilos de propina para la Enseñanza Concertada, a los que no sé si incluir en el capítulo de gasto social o en el de deferencias con la Iglesia Católica, principal beneficiaria del arreglo. Y 24 millones de suplemento de crédito, y las retenciones para compensar el déficit (107 millones más), y… la Biblia en verso. O sea que ya me dirán ustedes quién es el valiente que se atreve a decir cuál ha sido el destino de ese dinero con el que nos hemos (nos han) endeudado. Ya digo, ni el Parlamento.

Tampoco es que tengamos muy claro a estas alturas si vamos a tener, y cuándo, presupuesto para 2017. El presidente había dicho que su Gobierno presentaría el proyecto en diciembre pero Gimeno, no solo hace magia con los números sino también con las palabras, de manera que redujo el compromiso presidencial a “darlo a conocer”, que por lo visto no es igual que “presentarlo”. Y tanto que no es igual: si el Gobierno aprueba el proyecto, tiene que enviarlo a las Cortes para su debate, mientras que la idea del consejero es más bien la de enseñar unos papeles a los partidos parlamentarios, una especie de borrador sin valor jurídico alguno, con lo que el trámite parlamentario puede prolongarse hasta las calendas griegas… O hasta que Podemos decida sentarse a negociar, que es lo que el consejero pretende. Y, sin entrar en la parte de razón que pueda asistirle al pedir más responsabilidad (para negociar los presupuestos antes de su presentación, que es su objetivo) a los grupos parlamentarios que respaldaron la investidura de Javier Lambán como presidente, lo cierto es que entre que yo te acuso a ti y tú me acusas a mí, el tiempo va pasando sin alcanzar los compromisos que necesita esta comunidad, cuya ciudadanía tendrá que valorar la actitud de cada cual.

No sé hasta qué punto es verdad que Podemos adquiriese el compromiso de negociar los presupuestos con el Gobierno y que ahora ande arrastrando los pies para no hacerlo, pero sí hay algo que tengo claro: si yo hubiese pactado el presupuesto de 2016 con el actual consejero y me hubieran cambiado la bolita de cubilete hasta cuarenta y ocho veces a la hora de ejecutarlo sin la menor explicación sobre tales cambios, no terminaría de hacerme gracia la idea de repetir la experiencia. Es lo que ocurre cuando a uno le han desplumado los trileros en la calle, que muy incauto tiene que ser para volver a picar en el mismo anzuelo.

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