La socialdemocracia hoy. Por, Enrique Bernad Royo

Firmas de opinión

Enrique Bernad
Enrique Bernad, Profesor de Universidad, Doctor en Historia

A nadie se le oculta que no son buenos tiempos para la “izquierda”. Con la excepción de algunos países como Portugal y Grecia, en casi toda Europa está excluida de los centros de decisión política; la aparición de alternativas a las que se suele tachar de “populistas”, pero que por origen y contenidos debemos situar en aquella tradición, la atomiza y debilita todavía más alejándola de una posible victoria electoral. Pero es que desde el punto de vista conceptual las cosas están incluso peor y sobre todo confusas. Términos como “socialdemocracia”, políticas “progresistas”, o políticas de “izquierdas” no tienen hoy un significado claro. La realidad es que tanto si nos centramos en los textos y declaraciones programáticas de los autoproclamados partidos de izquierda, como si nos fijamos en su acción política,  gubernamental o parlamentaria, es muy difícil encontrar un corpus nítido que defina cada uno de esos términos.

¿Qué tipo de organizaciones y políticas podríamos calificar hoy como de “izquierdas”? Desechemos el término “progresista”. Soy de la opinión, aunque no entramos ahora en este asunto, que asimilar ese concepto al de izquierda ha sido una manera de vaciar de contenido político a esta última. Centrémonos en el de “socialdemocracia” y equiparémoslo al de política de “izquierda” en nuestro tiempo. Utilizando el conocido diccionario de David Miller, la socialdemocracia compartiría el compromiso del socialismo democrático con las prácticas políticas democráticas, pero rechazaría la primacía que este atribuye a la propiedad pública de los medios de producción. A partir de ahí, aspiraría a una sociedad con un nivel alto de igualdad social y de redistribución de la riqueza en el contexto de una economía mixta, recalco: “economía mixta”, es decir, aquella que no se opone a combinar, en la actividad económica, la propiedad privada con la propiedad pública. Es innegable que la socialdemocracia tuvo su momento más brillante en la “edad de oro”(1945-1973), y que siendo hija de la tradición socialista europea continental, hunde también sus raíces en el nuevo liberalismo británico de fines del XIX, en las aportaciones del fabianismo, así como en el pensamiento de J.M. Keynes y las subsiguientes políticas keynesianas.

Me parece que la manera que tiene el historiador Tony Judt de estudiar la socialdemocracia europea es muy útil para esclarecer su significado hoy en día; es decir, para saber con exactitud si las políticas que dicen defender los actores públicos son realmente socialdemócratas, de izquierdas. Y nada mejor que empezar mirando hacia atrás para expresar lo que quiero decir, y hacerlo sin miedo a reproches vanos porque hay algo peor que idealizar el pasado: olvidarlo. Lo que definió las políticas socialdemócratas cuando estas inspiraban a los gobernantes europeos durante la “edad de oro” fue en primer lugar la regulación de los mercados y las tributaciones progresivas. Esto requirió  la presencia decidida del estado en la toma de decisiones, basada aquella en la convicción ética del beneficio que a la sociedad aportaba la acción colectiva, muy superior a la del radicalismo individualista. Esas políticas hicieron posible el llamado “estado de bienestar” que vinculó a las clases medias profesionales y comerciales a las instituciones liberales, apartándolas del fascismo al que se vieron arrastradas por el individualismo en los años treinta. A la vista de los procesos electorales recientes en Austria, Gran Bretaña, y Estados Unidos, y a la incertidumbre que envuelven los próximos  comicios franceses, convendría reflexionar sobre ello.

Tales políticas generaron igualdad social y confianza: cuanta más igualdad más confianza. La falta de confianza es incompatible con el buen funcionamiento de una sociedad. Cuando aquella existe, es posible la empresa común. Dice Judt: “…donde las personas tienen vidas y perspectivas parecidas es probable que también compartan lo que se podría denominar una “visión moral”, lo que facilita la aplicación de medidas incluso radicales en la política pública”.

Por supuesto que las políticas de igualdad están íntimamente vinculadas a las políticas de educación, y con ello a la movilidad social ascendente. Pero la socialdemocracia de aquellos años, por ejemplo en Gran Bretaña, hizo además importantes esfuerzos para abrir instituciones culturales de élite a importantes grupos sociales. Ejemplo fue el esfuerzo del propio Keynes por crear el Royal Ballet o el Arts Council, o los de Lord Reith con la BBC. Cultura sin concesiones: un autoimpuesto compromiso de elevar el nivel de los gustos populares en vez de limitarse a satisfacerlos. La actitud del economista Juan Torres, abandonando el autoproclamado programa de opinión “La Sexta noche” puso de manifiesto cómo debe ser la educación y la cultura socialdemócrata.

Seguimos con Judt: “¿Qué legaron la confianza, la tributación progresiva y el estado intervencionista para las sociedades occidentales en las décadas que siguieron a 1945? La sucinta respuesta es seguridad, prosperidad, servicios sociales y mayor igualdad en diversos grados”. La cultura religiosa neoliberal imperante ha convencido incluso a muchos de quienes se llaman hoy socialdemócratas que el precio pagado por estos beneficios fue muy caro en términos de ineficiencia económica, insuficiente innovación, asfixia del espíritu empresarial, deuda pública y pérdida de iniciativa privada. Pero eso no es cierto, como demuestran los datos y estudios de historia económica no solo actuales sino de décadas anteriores (Piketti, Maddison, Galbraith…)

Suelen usarse hechos económicos como los enunciados para explicar el fracaso de la “edad de oro” y proclamar así la inviabilidad hoy de las políticas socialdemócratas, pero hubo factores políticos tan importantes o más que nos permiten comprender mejor la desaparición de aquel mundo y  las dificultades que la izquierda debe superar en el actual. En primer lugar la cultura conservadora que la Escuela de Chicago logró incrustar de una forma u otra en la manera de pensar general y cuya expresión más conocida es el individualismo; en segundo lugar es el culto por lo privado, y especialmente de la privatización, que procura ahorro al presupuesto público; en tercer término lo que podemos calificar como déficit democrático vinculado a la descomposición de lo público, a la fragmentación y privatización del espacio público y a la desvinculación entre ciudadano y política que termina por corromper lo colectivo y aumentar la indiferencia ciudadana por lo general.

Pero resulta muy interesante detenernos un momento en otro hecho, lo que llama Tony Judt “el legado irónico de los años sesenta”. En esa década tuvo una presencia muy importante aquella generación nacida en los cuarenta y que en su juventud entendió que los logros socialdemócratas eran algo dado. A finales de los sesenta la brecha cultural que separaba a los jóvenes de sus padres quizá era mayor que en cualquier otro momento desde principios del XIX, y en la misma, los “negros”, los “estudiantes”, las “mujeres” y un poco después los “homosexuales” eran los candidatos a ocupar el lugar del proletariado masculino. La nueva izquierda, mayoritariamente joven, rechazaba el colectivismo de sus predecesores. Escribe Judt: “La justicia social ya no preocupaba a los radicales. Lo que unió a la generación de los sesenta no fue el interés de todos, sino las necesidades y el interés de cada uno. Prohibido prohibir”. La política desembocó en un agregado de reivindicaciones individuales a la sociedad y al Estado. La identidad empezó a colonizar el discurso público: la identidad individual, la identidad sexual, la identidad cultural…En España podríamos añadir la identidad de supuestos colectivos nacionales. Darles prioridad, como ha ocurrido desde entonces, ha tenido un precio inevitable: el debilitamiento del propósito colectivo, debilitamiento que persiste en la actualidad.

Muy a grandes rasgos, a partir de la experiencia histórica, hemos intentado definir cuál puede ser hoy una política socialdemócrata, una política de izquierda: recuperación del valor moral de lo colectivo; a partir de ahí la reivindicación del protagonismo que el Estado y lo público deben tener en la sociedad; el esfuerzo por ampliar la formación y la cultura de los ciudadanos. Esas premisas generarán la confianza necesaria para que los poderes públicos emprendan verdaderas reformas estructurales (regulación de los mercados, sistemas fiscales progresivos, niveles de planificación…), las que pueden ayudar a construir una sociedad más igualitaria y más justa, las más importantes premisas para que todos los ciudadanos puedan ser más libres.

Lo expresado no inspira la cultura social hoy existente. Esas propuestas se suelen tildar de puro radicalismo y de ir inútilmente  contra la tendencia imparable de globalización. Pero los procesos globalizadores se iniciaron ya en el siglo XVI. La globalización actual ha sido solo beneficiosa para el capital, que con sus movimientos facilitados por la tecnología tiene la capacidad de arruinar a países enteros con solo mover un dedo. ¿Dónde está la globalización, por ejemplo, del trabajo? ¿Por qué hemos de aceptar que hipotéticos procesos de convergencia entre distintas regiones del mundo tengan que originar mayor desigualdad social en todos los países? Y he aquí por qué es tan importante que los partidos de izquierda, los partidos socialdemócratas al menos de Europa tengan como principal deber hoy en día elaborar un programa común en el que se materialicen los objetivos más arriba indicados. En cualquier caso eso es asunto para otra ocasión.

No creo sorprender a nadie si afirmo que las prácticas políticas de los partidos que se definen socialdemócratas hoy no coinciden con las propuestas enunciadas. Como máximo, la llamada Tercera Vía de Tony Blaire, o los gobiernos alemanes de Gerhard Schröder podrían calificarse de liberal progresistas. Pero ¿cuáles fueron sus contenidos teóricos y reales? Proponían que a través del desarrollo tecnológico, el perfeccionamiento de la competitividad y la profundización democrática sería posible alcanzar un  mayor desarrollo económico y social. Palabras. Lo que hicieron realmente esos gobiernos fue profundizar más en la desregulación de los mercados y en la profundización de la desigualdad. El fracaso y la desafección fueron su corolario.

En España conocemos bien las políticas neoliberales de Zapatero que hicieron imposible el sostenimiento de las leyes sociales que su propio gobierno aprobó. Pero me resulta muy ilustrativo plasmar aquí el pensamiento del mayor representante de ese liberalismo progresista citado: Felipe González. El expresidente del gobierno español, en unas conversaciones mantenidas con Juan Luis Cebrián y publicadas en 2001 (la fecha es muy importante porque todavía no habíamos sufrido la crisis de 2008), tras mostrar su orgullo porque la etapa de su gobierno “fue la de menor interferencia del poder político en las decisiones empresariales”, mostraba su orgullo por haber protagonizado el mayor impulso dado a la liberalización económica de nuestro país:  mayor racionalidad, desarrollo (desregulación) de la actividad financiera, privatización de empresas públicas y reconversión industrial, en palabras de Cebrián. Pero doce años después, González, ya tras la experiencia de la terrible crisis financiera, en un libro que publicó dedicado al liderazgo y a la “búsqueda de respuestas” (se supone que respuestas a las consecuencias de la crisis financiera), hace afirmaciones que le colocan bien lejos de lo que hemos calificado como socialdemocracia. Tras señalar algunos errores del pasado sin dedicarles casi espacio y tiempo, toca someramente la necesidad de hacer alguna regulación de la actividad financiera y basar el cambio del modelo productivo en el sistema educativo e I+D+i. Otras afirmaciones pueden producir incluso alarma porque no las explica o profundiza en ellas, y por tanto pueden interpretarse de diversa manera. Por ejemplo, asegura que solo saldremos de la recesión si controlamos la deuda y los déficits presupuestarios; o cuando afirma tajantemente que solo es posible la cohesión social si es económicamente sostenible; en más de una ocasión declara que el estado no suele ser un financiero o un empresario eficiente; en otras se muestra más radical: “solo compitiendo y añadiendo valor económico se puede defender la identidad europea y mantener un sistema de cohesión social”. Podríamos continuar por las 249 páginas trufadas más o menos de palabras ingeniosas pero sin peso programático socialdemócrata. Todos conocemos la ideología neoliberal del exsecretario general del PSOE.

Terminamos pues constatando la desorientación de la izquierda europea y española en particular. Sin duda tiene la obligación urgente de reconstruirse en el terreno programático. Si quiere seguir actuando en el espacio socialdemócrata, además de asumir y responder a la enorme fuerza que la globalización ha otorgado a la economía financiera, debería escuchar los análisis e ideas que personas como Tony Judt nos han legado.

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