Poemas de Mariano Anós

El Rincon del Poeta: Mariano Anós
Zaragoza, 1945. Licenciado en Filosofía y Letras. Practica el teatro, como actor, director y dramaturgo, la pintura y la poesía. Obra poética publicada: Poemas habitables (Colección Poemas, Zaragoza 1965), Apuntes de Esauira (Premio Miguel Labordeta, Gobierno de Aragón, Zaragoza 2015), Del natural (Los libros del señor James, Zaragoza 2016). Textos teatrales publicados: Comedia de Fausto (Teatro Arbolé y Centro Dramático de Aragón, Zaragoza 2006), SITIOS Saragosse (Lastura, Ocaña 2016).

OCASO

El mediodía es demasiado exacto

y aun de su propia exactitud se asombra.

Nada deja vagar, todo lo nombra,

sin sombra, ciego, mineral, abstracto.

Pero llega el ocaso y mueve al tacto,

consiente el desplegarse de la sombra,

tiende sin ruido una amistosa alfombra

que teje en aire un amistoso pacto.

Un pacto que de espaldas a la gloria

canta la duración de los colores

en la incierta estación de la memoria.

Y así el ocaso ahuyenta los temores

que la vigilia esparce, perentoria,

hecha a la gloria de los vencedores.


PRADERA

Al dictado del viento, la pradera

corrige sin descanso su escritura,

tacha y ensaya variaciones rítmicas,

celosa de las hojas, cuya música

emularía en vano, arrulladora,

eco lejano de lejanas olas

que alguna nube acaso relatara

de su paso por mares remotísimos.

La hierba sabe distinguir las nubes

amistosas u hostiles, cataloga

su densidad, su forma, su distancia

y su disposición a refrescarla

o a encharcarla sin tino, cruel o torpe.

Por lo demás, la hierba crece. Crece

sin plazo fijo, sin un plan previsto.

Pero, prudente, sabe de sus límites,

renuncia a competir en consistencia

o en altitud o fronda con los árboles,

que corresponden a su vasallaje

con benévola sombra protectora.

Más tarde, cuando el viento se retira

y se impone el silencio de la luna,

todo el verde reposa apaciguado,

libre de humillación o pavoneo,

sin privilegios ya ni servidumbres.


ALFARERO

Las manos se lamentan de sus huesos,

envidian la promesa de la arcilla,

su resistencia a reducirse a forma,

el fluir de su música escondida.

Como un mínimo ejército, las manos

acompasan su avance, penetrando

en la espesa materia fatigada

que apenas débilmente se defiende.

O bien, amantes, lentas, acarician

la suave superficie maleable,

húmeda ofrenda ardiente que reclama

indolente el arrullo del deseo.

Huesos, tendones, músculos, cartílagos,

ocultándose al ojo, movilizan

toda su fuerza amante o vengativa,

violenta, ciega, indiferente al juicio.

Oficiantes de un rito sin destino,

aplastan, muerden, rompen o retuercen

la entraña palpitante de la tierra

con la vana ilusión de hacerla propia.

Hacer y deshacer, moverse a tientas,

empujar contra el tiempo la memoria

para escapar al tiempo del olvido,

destruir y crear para contarlo.

Cautivas del humano afán, las manos

se figuran señoras de su empuje,

y cuanto más se hunden en el barro

más sueñan con ser alas en el viento.

Secretamente escéptica, la arcilla

consiente la embestida, sabedora

de que cualquier victoria será vana,

si de victoria al fin pudiera hablarse.

Pues todo logro de una forma nueva

certifica el fracaso de otra forma

mejor, menos sabida o más completa,

menos sumisa a la erosión del tiempo.

Únete a nuestro Telegram

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.