Sindicalismo, historia y política. Por, José Luis Corral

Firmas de opinión

Jose Luis Corral
José Luis Corral, Profesor de Universidad y Escritor

A finales del año 2010 Angela Merkel, la canciller de Alemania, presentó un anteproyecto en el Parlamento Europeo cuyo objetivo era escribir una historia de Europa donde se pusieran en común las raíces de todos los europeos. ¡Qué bien! ¿no? ¡Una historia de Europa para todos! Pero esta propuesta tenía trampa, mucha trampa, porque una historia en donde se pongan en común las raíces de todos los europeos, planteada de esta manera y por un partido tan conservador como el que preside la señora Merkel, lo que pretendía es uniformar la idea de la historia de todos los europeos y borrar buena parte de las raíces y de la diversidad, para quedarse con una única visión del pasado.

La historia no tiene una raíz única; la historia de cada uno de nosotros está empapada de una serie de valores, pero también, obviamente, de una serie de defectos de muchas culturas, de muchas civilizaciones, con una enorme variedad que, desde luego, está muy alejada de ese pensamiento único que cada vez más está campando por sus fueros, no solamente en la globalización económica, sino también en una globalización cultural que está destruyendo nuestras verdaderas raíces culturales.

La historia es importante, tanto que la política más importante, la más influyente en estos momentos de Europa, Angela Merkel, pretende que tengamos una historia única en la cual nos sintamos reflejados todos los europeos. Me imagino que a partir de los valores que ella pretende defender, que están muy alejados de los que defendemos otros europeos.

El control del poder ha sido siempre una obsesión para la clase dirigente: en la época Medieval, la clase dirigente feudal, en la época Antigua los propietarios, los latifundistas de las grandes extensiones, de los grandes latifundios del mundo romano o del imperio persa o del mundo antiguo. Ahora, en el mundo capitalista, el propietario del capital es el que tiene esa obsesión por el poder. Desafortunadamente la obsesión por el poder se ha convertido, en no pocas ocasiones, en una cuestión fundamental para la opresión.

Hasta mediados del siglo XIX, no había reivindicación en la historia, ni de la Historia. Hasta mediados del siglo XIX la Historia consistía en la recreación de los hechos del pasado, donde evidentemente sólo cabían los grandes personajes: papas, reyes, obispos, las grandes hazañas, fundamentalmente batallas, y desde luego las relaciones entre los Estados, condicionadas casi siempre por la guerra y por el enfrentamiento. Esa historia, que probablemente buena parte de la derecha europea querría que fuera la única Historia, en consonancia con el planteamiento de Angela Merkel, va en esa dirección.

Pero a mitad del siglo XIX, Carlos Marx, Federico Engels y algunos otros socialistas plantearon que la Historia servía para cosas más importantes, más trascendentes, más decisivas para el ser humano que simplemente contar los hechos acaecidos protagonizados por los “grandes héroes” del pasado. A partir de Marx y Engels la Historia se convirtió en una necesidad para la clase trabajadora, una necesidad que, sin embargo, los trabajadores han dejado de lado en ocasiones, lo que yo creo que es un tremendo error. No en vano, cuando Carlos Marx puso en marcha la Primera Internacional, con la escisión de los anarquistas, la primera gran agrupación de trabajadores, la Historia formó parte fundamental de los planteamientos fundacionales de esa Primera Internacional. En la Segunda Internacional ocurrió exactamente lo mismo, la Historia siguió siendo básica, tanto que los partidos socialistas y los partidos de izquierdas de principios del siglo XX, ya en plena Segunda Internacional, plantearon una cuestión que iba a estar abocada al fracaso, seguramente por posiciones equívocas.

La cuestión es la siguiente: hacia 1912 se veía venir que en Europa iba a estallar una guerra, la que se luego se llamó “La Gran Guerra”, la Primera Guerra Mundial. Los sindicatos y los partidos de izquierdas, justo antes de comenzar la Primera Guerra Mundial, planteaban que una guerra a gran escala continental sería imposible porque el sentimiento de solidaridad de clase, el sentimiento de pertenencia a una clase social, la clase trabajadora, iba a estar muy por encima del sentimiento de pertenencia a un Estado, a una nación. Afirmaban que el sentimiento de clase superaría al nacional y, en consecuencia, si en una trinchera se tenían que enfrentar los obreros alemanes con los obreros franceses o ingleses, los obreros franceses y los obreros alemanes no se dispararían entre sí, no se matarían mutuamente, sino que se darían un abrazo de trinchera a trinchera, de solidaridad de clase. No ocurrió así, y los obreros alemanes, los obreros belgas, los holandeses, los italianos, los austriacos, los franceses, los ingleses y luego los americanos se mataron unos a otros. Eso fue terrible para una buena parte de los grandes ideólogos de la Segunda Internacional, como Rosa Luxemburgo. Fue terrible porque creían que el sentimiento de solidaridad, de clase, iba a evitar enfrentamientos mortales entre los trabajadores; pero resultó que no, y el hecho es que estalló la guerra y obreros de distintas naciones se mataron entre sí. Resultó que el sentimiento nacional, por las razones que sean ,y en este tema son muy considerables las  divergencias de las posiciones historiográficas por parte de los contemporanistas, estuvo por encima de la solidaridad de clase.

No hemos aprendido de la historia. Desgraciadamente la Historia que nos han enseñado y no les cuento nada de la Historia que nos han enseñado en España durante cuarenta años de franquismo, ha sido una historia manipulada, tergiversada, presuntamente desprovista y descargada de ideología, cuando en realidad contiene una carga ideológica conservadora profundísima y es en esa misma historia, y especialmente en el movimiento sindical, en el movimiento obrero, en donde más se intuye esa presión de la historiografía conservadora por manipular, por evitar, por tergiversar el debate acerca de la importancia de las masas en la historia.

En septiembre de 2004, José María Aznar, que hacía unos pocos meses que, afortunadamente en mi opinión, había dejado ya la presidencia del Gobierno de España tras las elecciones de marzo de ese mismo año, en una conferencia que pronunció en la Universidad de Georgetown regentada por los jesuitas, exprestigiosa desde entonces para mí, que se titulaba “Siete claves del terrorismo internacional” y que se colgó en la página de la Fundación FAES del Partido Popular, afirmaba que en España en la Edad Media había habido una lucha entre “nosotros” y los musulmanes, y que “gracias a Dios” -a Dios recurre con frecuencia el señor Aznar-, “había acabado la cosa bien”, lo que equivalía a decir que “nosotros”, los buenos, los cristianos, habíamos ganado aquella guerra. Aznar lanzó toda una serie de barbaridades históricas absolutamente asombrosas que estaban transmitiendo ese mensaje de falsificación de nuestra historia.

Eso mismo sigue ocurriendo ahora casi todos los días. Se sigue tergiversando el pasado, se sigue excluyendo del protagonismo de la historia a la gente, a las masas anónimas que han sufrido la historia y que la han sufrido precisamente porque no ha habido conciencia histórica, porque no ha habido conciencia de clase.

La existencia de sindicatos y de partidos políticos de izquierda  no conlleva que exista conciencia de clase entre los trabajadores. Si hubiera conciencia de clase no pasaría lo que está pasando y esto es un razonamiento histórico, no político. Ahora bien, los sindicatos, desde la perspectiva del historiador, a partir de esta serie de planteamientos y de ese fracaso que supuso la primera y también la segunda Guerra Mundial, y en cierto modo el fracaso de buena parte de las expresiones prácticas de la izquierda cuando se pusieron en marcha, como fue por ejemplo el considerable fiasco que supusieron los regímenes comunistas, expresan la extraordinaria simplificación que se ha hecho del socialismo y del marxismo. Recuerdo ahora, por ejemplo, un texto de Lenin, en su pequeño libro Marxismo y fuentes integrantes del marxismo, donde plantea una serie de posicionamientos demasiado simplistas. Mao Tse Tung todavía realizó a principios de los años sesenta todavía una simplificación mayor, semejante a la puesta en marcha durante el período estalinista.

Cuando una teoría tan compleja, tan fecunda desde el punto de vista histórico como el marxismo, se simplifica, se reduce hasta el absurdo y se utilizan esquemas tan simplistas, se deriva hacia una práctica perversa. Tanto los regímenes comunistas que intentaron aplicar la insensata simplicidad del leninismo, más tarde el maoísmo, o bien los partidos socialdemócratas que derivaron hacia posturas neoliberales en los años setenta del siglo XX, favorecieron que el movimiento obrero y el movimiento sindical hayan pasado por una serie de contradicciones internas considerables. El papel de los sindicatos en toda Europa, pero específicamente en España en el siglo XX, se ha desarrollado y ha crecido cuando ha habido dirigentes comprometidos y honestos, pero no tanto cuando se ha transmitido esa presunta idea de conciencia de clase, de pertenencia de clase, de lucha social, de lucha reivindicativa por los derechos de los trabajadores, sino cuando han habido dirigentes comprometidos y, curiosamente, en épocas de crecimiento económico, en épocas en las cuales la situación económica, los salarios y el nivel de vida han sido mejores.

Por el contrario, históricamente, en el último siglo y medio, la debilidad de las asociaciones en principio y después de los sindicatos de trabajadores ha sido máxima cuando ha habido un posicionamiento cercano al poder y se han inflitrado prácticas corruptas. Y da igual que haya sido el poder de una sociedad burguesa como las occidentales o el poder en países gobernados por regímenes comunistas.

En España, salvando el paréntesis tremendo que supuso la Guerra Civil y el franquismo por la persecución sistemática a los sindicatos y a todas las organizaciones de trabajadores y por la persecución a todo aquello que sonara o que oliera a ideología de izquierdas y reivindicativa, la unidad de acción de los sindicatos fue una buena idea.

Es cierto, y en este país lo sabemos muy bien, que cuando han existido dos o tres grandes organizaciones sindicales, sobre todo en los momentos de creación, consolidación y crecimiento de esas organizaciones, se han producido notables desencuentros. Ocurrió con la fundación de CCOO y la recuperación después del franquismo de la UGT. CCOO nació en el corazón de los sindicatos verticales, frente a UGT, cuya recuperación y consolidación fue algo más tardía, y planteaba la participación en la lucha sindical, en la lucha política fuera de esos sindicatos verticales. No voy a dirimir desde el punto de vista del historiador qué hubiera sido mejor; eso es agua pasada evidentemente, pero sí es cierto que la unidad de acción sindical ha servido sobre todo para dar pasos en una dirección mucho más segura, mucho más firme que en otras épocas en las cuales la desunión o las diferencias sindicales eran más patentes.

La UGT ha disputado la carrera política paralela y del brazo del PSOE durante mucho tiempo, hasta que rompió en los años 80; no de forma definitiva, pero rompió esa especie de matrimonio de conveniencia que durante 100 años había mantenido con el Partido Socialista. La ruptura entre UGT y PSOE y el acercamiento a Comisiones Obreras, ha producido, desde luego, importantes avances en la lucha sindical. La Huelga General del 14 de diciembre del año 1988 no hubiera sido tan importante sin la unidad sindical. Algunos avances sociales y ciertas conquistas laborales de los trabajadores no hubieran sido posibles, seguro, sin la unidad de acción en la lucha sindical.

Todos estos aspectos que estoy mencionando sobre la historia del último siglo y medio de los sindicatos en nuestro país y en Europa nos pueden enseñar, o por lo menos nos pueden hacer reflexionar de forma muy importante, hacia dónde deberían caminar los sindicatos en el futuro.

En estos años Alemania, que sigue siendo el referente para tantas cosas en Europa pese a la crisis que estalló en 2008, está demandando trabajadores españoles, aunque es verdad que se suele colocar esa coletilla de “trabajadores cualificados”. Es curioso cómo los europeos desmontan con la práctica el mito de que los españoles son malos trabajadores; ese mito se ha venido abajo estrepitosamente. Sin embargo, el que no se ha venido abajo es el mito de los empresarios españoles en Alemania: no los quieren ni ver. Están demandando trabajadores españoles, pero no empresarios españoles. ¿Curioso, no? Aunque tal vez no sea tan curioso; quizá sea la constatación de una práctica viciada, de unas prácticas políticas y económicas que en nuestro país vienen de lejos y que desde luego están basadas en ese control del poder, en esa obsesión por el control del poder, que desde siempre ha tenido la clase económicamente dominante. En esta época de crisis esa cuestión es todavía más evidente: la voracidad del empresario se incrementa y en la crisis del capitalismo el empresario exige reducción de los salarios y disminución de las prestaciones sociales en pensiones y en derechos laborales y sociales de todo tipo. Y no lo hacen para salir de la crisis, sino para mantener sus beneficios y, si es posible, incrementarlos.

Con los escándalos que han estallado en el sistema financiero, yo pensaba que iba a ver procesados y camino de la cárcel a banqueros y altos empresarios de este país. Pensaba que iban a estar en los juzgados a raíz de los bien documentados datos sobre la gran cantidad de desvíos de enormes caudales de dinero que grandes empresas multinacionales y bancos españoles como el Santander o el BBVA han derivado hacia paraísos fiscales mediante una práctica absolutamente ilegal. Han evadido miles y miles de millones de euros a paraísos fiscales como las Islas Caimán, Gibraltar o Luxemburgo. Por cierto, todos estos paraísos fiscales están bajo bandera de la Unión Europea o de uno de sus Estados miembros.

No ha cambiado nada, o casi nada, en la obsesión por el control del poder político por parte de los poderes económicos. Esto que está ocurriendo ahora en el capitalismo, esta exigencia de menos salarios, de menos prestaciones sociales por parte de los empresarios para mantener sus beneficios, es exactamente lo mismo que hacían los señores feudales en la época medieval. Los señores, cuando había una mala cosecha o una crisis de producción de materias primas o de alimentos, extorsionaban a los campesinos para seguir manteniendo su nivel de renta. Se trata, exactamente, del mismo mecanismo de extorsión, de opresión y de recorte de derechos en el caso de los trabajadores de la tierra, de los siervos de la gleba, y de todo tipo de trabajadores de la condición que sean. Los mecanismos históricos de extorsión de la clase trabajadora son exactamente los mismos; no hemos aprendido del pasado. Por cierto, a la gente que tendría que estar muy preocupada por enseñarnos estas cosas, les interesan muy poco, incluida buena parte de la universidad.

No quiero dejar de lado la cuestión de los sindicatos en las crisis en la Historia y en la crisis contemporánea que ahora nos tiene a muchos compungidos. Una crisis del sistema financiero que actualmente afecta, por el fenómeno de la globalización, prácticamente a todo el mundo, es una crisis motivada por la especulación. En ese sentido creo que habría que reivindicar, sobre todo desde los sindicatos, un valor fundamental: el del trabajo. En nuestra sociedad todavía siguen siendo predominantes los valores de esa elite dirigente que está obsesionada por el control del poder político, porque sabe que así no va a perder su poder económico: el valor del dinero, del dinero fácil, la ganancia rápida y el crecimiento desbocado. Creo que los sindicatos tendrían que empezar a replantearse la cuestión del crecimiento económico. Desde el punto de vista histórico se trata de una entelequia metafísica: no existe ese crecimiento permanente; crecer hasta el infinito no deja de ser una mentira, como tantas mentiras ocultas en las cifras y en las estadísticas. Eso de crecer permanentemente al 3, al 4, al 5% para crear empleo, es una de la grandes mentiras del sistema capitalista. Si no crecemos al 2,5 o al 3,5 por ciento, ya no se crea empleo; pero ¿por qué? Resulta que las grandes empresas multinacionales españolas han tenido unos beneficios extraordinarios. Endesa ha crecido en los últimos años un 20%, no un 5%, ni un 3%, un 20%; pero, ¿ha creado empleo en esa misma proporción? La respuesta es no. Es más, hay empresas que obvian el valor del trabajo, que lo aminoran y ponen por encima de la mesa una serie de parámetros especulativos que no deberíamos consentir y que, desde luego, deberíamos criticar y denunciar con contundencia.

Los sindicatos deben ser reivindicativos, es una cuestión obvia, pero sobre todo tienen que ser coherentes con su pasado. La inmensa mayoría de los trabajadores no tienen parte, ninguna parte, en el protagonismo histórico. Carlos Marx planteaba la reivindicación del trabajo en El capital, una farargosa obra de más de tres mil páginas, pero también en otro libro estupendo, mucho más breve, mucho más sintético, mucho mejor escrito, Contribución a la crítica de la economía política. Es un libro fantástico porque expone con mucha más claridad las reflexiones del poder en la historia desde el socialismo científico y, además, ofrece una serie de claves importantísimas para la reivindicación del trabajo; valores que creo que los sindicatos deberían reivindicar como fundamentales.

El trabajo es ahora un valor poco manejado, poco utilizado; es un valor incluso relegado por la inmensa mayoría, sobre todo y desgraciadamente, por los jóvenes. El trabajo, sin embargo, es fundamental e históricamente es lo que ha generado toda una serie de plusvalías que son las que han enriquecido a esas clases dirigentes, a esas clases que han controlado el poder económico y político. A pesar de que el trabajo ha generado obviamente las plusvalías en el capitalismo, de que generó la renta feudal en la Edad Media, los beneficios extraordinarios de los terratenientes del mundo romano o del mundo persa, no es un valor que las clases dirigentes hayan puesto como preponderante, como principal en sus planteamientos de cara a la generación de beneficios. Ahora se habla de la investigación, de la inversión, del I+D+I, de innovación; pues bien, no hay desarrollo, ni investigación, ni innovación, sin trabajo. Es todo una entelequia, una extraordinaria tergiversación histórica, y en este caso política, que nos quieren hacer ver, con la que nos quieren confundir para seguir manteniendo esa “historia de ficción”, que ha conformado la conciencia colectiva de los trabajadores y trabajadoras europeos.

Estamos en un periodo de destrucción de las ideologías. Ya casi nadie reivindica la ideología en la práctica cotidiana, no digamos nada en la práctica política, recuerden aquella frase de Felipe González, cuando volvió de China, aquello de “lo que he aprendido en China es que no importa que el gato sea blanco o sea negro, sino que cace ratones”. No he escuchado una expresión de mayor falta de escrúpulos políticos que esa frase, que al parecer conmovió la conciencia de Felipe González. No, yo creo que ése no es el camino; yo creo que hay que combatir este tipo de actuaciones tendentes al abandono de la ideología, hacia la pérdida de la conciencia de clase, hacia el olvido de la reivindicación de la Historia como una disciplina intelectual de transformación de la sociedad. Es necesario conocer nuestro pasado para transformar la sociedad; se trata de una obligación. Tiene que ser una obligación de los sindicalistas que quieran plantear qué políticas de los sindicatos son más útiles para mejorar el modo de vida de los trabajadores. No digo “crecer” sino “mejorar” nuestro modo de vida y, sobre todo, que quieran construir una sociedad mucho más justa, mucho más democrática, mucho más participativa.

¿Para qué sirve la Historia?, se preguntan algunos. Las respuestas eran, y siguen siendo, bastante peregrinas. La Historia como tal no sirve para nada, la Historia sin objetivos es como las revueltas de la Edad Media, acaba en un baño de sangre por parte del poder político correspondiente. Pero la Historia con objetivos, la Historia como compromiso es obviamente algo muy distinto. Hay que reivindicar la historia del trabajo, la historia de los trabajadores, la historia de las masas anónimas que no han tenido voz; hay que reivindicar derechos, hay que seguir reivindicando derechos económicos, derechos laborales, hay que seguir reivindicando soluciones de izquierdas, imaginativas, democráticas, para salir de esta crisis económica en la cual nos han metido unos cuantos especuladores financieros y políticos sin escrúpulos. Pero no hay que olvidar jamás la historia, no hay que olvidar que somos lo que somos, porque hemos sido lo que hemos sido. En ese sentido, los que han ganado hasta ahora la batalla de la historia no son los trabajadores, los que han ganado la batalla de la historia son precisamente los especuladores.

Me suelo enfadar bastante cuando escucho a una serie de pseudo-historiadores, algunos de ellos muy presentes en los medios de comunicación como Federico Jiménez Losantos, César Vidal, Pío Moa y otros muchos, que sistemáticamente están denostando a la clase trabajadora, obviamente a los sindicatos y a las organizaciones obreras, y nadie o casi nadie alza la voz para desmontar los argumentos de estos pseudo-historiadores. Muy pocos historiadores lo hacen desde la Universidad y cuando lo hacen es en mesas redondas o en alguna clase, pero poco más. El compromiso de los historiadores con la Historia tiene que ser fundamental, pero sobre todo con la historia con minúsculas, con el devenir del día a día; y, en este sentido, los sindicatos tienen mucho que hacer.

Obviamente su tarea principal es reivindicar cuestiones laborales, de trabajo, de condiciones laborales, etcétera. Pero no deben olvidar la Historia, de dónde venimos, los planteamientos de las gentes, de los intelectuales de la Segunda Internacional, que de una forma casi arcangélica creían que los trabajadores alemanes y los trabajadores franceses no se iban a matar a tiros en una trinchera; porque si olvidamos la historia, olvidaremos a continuación que la clase dirigente pone en marcha sutiles mecanismos de falsificación y tergiversación del pasado.

La Historia como disciplina es extraordinaria. La Historia como recuperación del pasado, como memoria colectiva de todos nosotros, es un arma fundamental, pero es un arma de futuro. Por eso no debemos ovidarla y tener siempre presente que sin el conocimiento de nuestra historia, sin saber de dónde venimos, esas clases dirigentes que durante siglos han mantenido la obsesión por el control del poder seguirán mintiéndo, seguirán engañando, seguirán tergiversando, seguirán controlando los medios de comunicación, seguirán controlando historiadores para que no se recuerde el pasado de la gente, para que no tengamos memoria colectiva que, al fin y al cabo, eso es la Historia.

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