Gente Mayor. Por, Margarita Barbáchano

Margarita Barbáchano
Margarita Barbáchano, Escritora y Periodista

El otro día estaba trabajando en casa por la mañana, y de pronto, en el mismo momento, empezaron a fallar todos los dispositivos electrónicos: el ordenador se quedó colgado, el móvil muerto, la calefacción no funcionaba. Me estaba poniendo de los nervios intentando una y otra vez que todo funcionara con normalidad. Reinicié de nuevo el ordenador, puse a cargar el dichoso móvil, pulsé el termostato de la calefacción un montón de veces, y esperé desesperada a ver qué demonios pasaba. Nada.

Harta de perder el tiempo en lucha con la tecnología digital tomé una decisión arriesgada: cogí el autobús y me fui de rebajas a un centro comercial. El único que me gusta y cuyo nombre no mencionaré porque no me pagan por hacer publicad. Necesitaba echar el ojo a los pijamas de andar por casa (ahora que son una monada), camisetas para el gimnasio y renovar el repertorio de calcetines. Una compra sencilla y necesaria, como podrán comprobar. En una hora ya había terminado con mis compras. Eso sí, la hora elegida —ante el fallo de la electrónica— era estupenda a medio día y a comienzo de semana. Ya me iba cuando decidí entrar en una tienda de zapatillas deportivas de marca. De esas que las que me gustan, y nunca me compro, valen de 140 € en adelante. Como intuía que si regresaba a trabajar todavía no funcionarían los aparatos, me entretuve probándome unas Nike prohibitivas. Eran cómodas. No había nadie más en la tienda, así que el dependiente, un jovencito de unos dieciocho años con el pelo disparado hacía arriba a  la moda de los futbolistas horteras (por muchos millones que ganen), me atendió con mucha amabilidad y dedicación.

Supongo que como me veía indecisa en la compra, ya que había elegido para probarme el último modelo lanzado al mercado, me dijo: “Para gente mayor tengo otro modelo que se llevan mucho las señoras como usted”. Me quedé hecha polvo. Pero era tan amable el chaval que guardé silencio y sonreí como una estúpida. Incluso le seguí humillada a las estanterías donde estaban las deportivas que al parecer compraban las señoras de mi edad. Todas horrorosas y durísimas, por cierto.

Les juro que no iba con bastón, ni con aspecto de jubilada de la tercera edad. Esa mañana me había mirado en los escaparates y me encontraba estupenda. En fin, le agradecí al chico su amabilidad, y que me mostrara también unas plantillas de silicona “que van muy bien”, puntualizó. Al llegar a casa todo funcionaba a la perfección. Y para probarlo me puse a escribir este artículo.

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1 Comment

  1. Echaste de casa al monstruo porque no le hiciste caso, y terminaste de darle miedo cuando te pusiste de gimnasta. Pero sobre todo porque el monstruo se divertía apagándote y tú simplemente lo olvidaste yendo del brazo a comprar con la parte irreductible de ti misma.
    Con un fuerte abrazo y amén. Siempre un gustazo leerte.

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