Vencido y derrotado el ejercito rojo…. ¿La guerra ha terminado?

Firmas de opinión

Opinion de_Jose Luis Alonso_N
Jose Luis Alonso Gajon, Ingeniero Agrónomo, Vicepresidente de ATTAC Aragón

Hay una guerra de clases y la ha ganado la mía. (Basado en Warren Bufet)

¿Dónde están los cinturones rojos de las  grandes ciudades que votaban a la izquierda? ¿Dónde están esos partidos de izquierda que ofrecían una esperanza a las clases más desfavorecidas? ¿Cuál es la realidad del páramo que nos rodea? ¿Nos atrevemos a mirarlo o preferimos seguir elucubrando con nuestras viejas gafas revolucionarias o socialdemócratas?

Acompañarme, si queréis, por el mundo de las encuestas. Si, ya se lo que dicen los ingleses, “hay mentiras, sucias mentiras y… estadísticas”, pero más vale una mala aproximación a la realidad que vivir de la fantasía de que un gobierno ilustrado de izquierdas, con unas soluciones realistas a favor de las clases desfavorecidas, llegará al poder y lo ejercerá sin presiones de la clase dominante …. ¿Comeremos perdices?

Una encuesta realizada en 28 países indica que el 53% de la población no cree que el sistema funcione, un 32 % no está seguro y solo el 15% piensa que funciona.

Y la encuesta sobre confianza y credibilidad que realiza anualmente la agencia de relaciones públicas y comunicación Edelman indica también que:

– En 2/3 partes de los países encuestados menos de la mitad de su población confía en que sus gobiernos, dirigentes, empresas u ONGs lo estén haciendo bien. De hecho los gobiernos son las instituciones globales en que menos se confía y son vistos, por  una mayoría,  como incompetentes y corruptos.

– Más del 70% de los encuestados se manifiestan a favor de más proteccionismo estatal.

– Casi el 50% dan por supuesto que los tratados de libre comercio son una amenaza para los puestos de trabajo.

Más de la mitad de la población  tiene miedo de perder su puesto de trabajo a causa de los inmigrantes (el 58%), la deslocalización de les empresas hacia  países más baratos (el 55%), o la automatización (el 54%).

En el comentario a la encuesta realizado en Sinpermiso por  Florian Rötzer (columnista habitual de la revista alemana de izquierda Telepolis), se  destaca que:

“Partes del electorado (…)  se entregan sin más a pintores políticos, ideológicos y mediáticos de brocha gorda, como Trump.  Algo parecido puede observarse en Alemania con los seguidores de la AfD (Alternativa para Alemania, por sus siglas en alemán).”

 “Se da un profundo desencanto con las izquierdas y las derechas políticas allí donde la globalización, la desregulación, la innovación y las instituciones trasnacionales más rechazo suscitan.”

Las políticas de la Unión Europea de los últimos 30 años han llevado a una situación de desconfianza en el proyecto y en la política. Ignacio Jurado en su artículo “Globalización y satisfacción con la democracia”, señala que: “el aumento de la insatisfacción con cómo funcionan nuestros sistemas democráticos es uno de los fenómenos que caracterizan la evolución de la opinión pública en la última década”, y que ello “solo ocurre en períodos de crisis económica. En periodos de bonanza, la globalización no tiene impacto alguno, ni positivo ni negativo, en la satisfacción con el funcionamiento de la democracia”.

Parte  de sus razonamientos están basados en el Eurobarometro con evoluciones descendentes (salvo el último año) de la confianza de la ciudadanía europea en la Unión Europea y en los parlamentos y gobiernos nacionales.

Reconozcámoslo, han ganado la guerra y han dejado un desierto social en el que es muy difícil que crezca nada. O, peor aún, en que pueden crecer las soluciones autoritarias. Tal vez estemos viendo el inicio de un neofascismo que utilizará el populismo político y la creación de enemigos externos o internos para crear falsas identidades colectivas. Y de esa forma alejar a las masas del cuestionamiento del propio sistema y, sobre todo, de la búsqueda de las raíces que nos han traído a este callejón casi sin salida: el neoliberalismo, su ensalzamiento del individualismo y del consumismo, la mercantilización del trabajo y de los recursos naturales, etc.

Florian Rötzer considera que estamos en una situación prerrevolucionaria y estimo que tiene la razón objetiva pero no la subjetiva.  La experiencia histórica nos indica que el fascismo y otras falsas revoluciones surgieron de situaciones similares.

Es cierto que ésta pérdida de confianza en el sistema y en sus gestores es una base para poder buscar otras soluciones, pero  no olvidemos que  por su propia naturaleza y a diferencia de las fascistas, no se podrán llevar a cabo solo desde arriba.  No olvidemos tampoco  lo que también  apunta la encuesta: las elites, incluidas las de izquierda, no generan ninguna confianza.

¿Qué podemos hacer para encauzar este descontento hacia soluciones democráticas y hacia una sociedad más avanzada en todos los terrenos: igualdad, solidaridad, respeto a la vida y a la naturaleza, etc.? ¿Cómo podemos empezar desde cero a crear esa nueva realidad?.

Tal vez el artículo de Esteban Hernández en El Confidencial dé alguna pista. En él constata que: “unos hablan de los protagonistas individuales (los líderes, sus filias y fobias, sus amores y enemistades), otros contemplan la variable de clase como algo nada relevante hoy, y un tercer grupo cree que la sociedad es como siempre, en blanco y negro: la clase obrera y la burguesía que la oprime.” Sin tener en cuenta ninguno que está surgiendo una nueva estratificación, así: “hay hijos de la clase media cuyo futuro laboral se antoja complicado porque su currículo no puede hacerse valer en un contexto de baja demanda de empleo y porque carecen de la red relacional necesaria para competir, con lo que sus ingresos son los típicos del proletariado; hay trabajadores que una vez gozaron de un nivel de vida elevado y que llevan mucho tiempo en paro, como los de la construcción; empleados bien situados fueron despedidos al llegar a los 50 y que subsisten a duras penas; clases trabajadoras que esperaban ascender en la escala social y que ahora son plenamente conscientes de que nunca lo harán; clases medias altas que ven complicado que sus hijos reproduzcan su nivel social; inmigrantes cuyos salarios son bajos pero que les permiten un nivel de vida mucho mayor que el de sus países de origen, y que perciben su futuro con esperanza, y tantos otros elementos que conforman una sociedad cuyas categorías son todo menos fijas.” Y concluye su análisis afirmando que “la nueva estratificación no está siendo tomada en cuenta por la izquierda (ni por la socialdemócrata, perdida en el mundo globalizado de la innovación, ni por la nueva, anclada en la lectura de clases del pasado) pero tampoco por nuestro establishment, que se mueve entre el espectáculo de los personalismos y las categorías científicas del ayer. Pero, por más que se obvíe, el malestar existente está fuertemente fijado en estos cambios materiales. Hay evidentes tensiones entre las clases, como no podía ser de otra manera en una sociedad desigual, en la que las diferencias entre unas y otras están aumentando, donde la clase media está disminuyendo de forma alarmante, y en la que las previsiones para el futuro cercano subrayan que la tendencia se va a acelerar. El triunfante populismo de derechas ha entendido esto, y lo está utilizando mediante un par de fórmulas sencillas: Europa (o Washington) nos roba y los inmigrantes nos quitan nuestro trabajo. Puede que, como dicen, sean respuestas fáciles a problemas complejos, pero el resto de opciones políticas, desde el PP hasta Podemos, está haciendo más o menos lo mismo. Deberíamos fijarnos mucho más en este asunto, porque ignorarlo es jugar con fuego.”

Estamos pues ante una situación nueva para la que los viejos odres de la política no nos sirven. ¿Cómo salir de ella? Solo se puede salir  “haciendo camino al andar” y confiando en que una parte de la gente joven, que ha sido expulsada del sistema, está creando otras formas de vida y de convivencia, que las clases oprimidas del Sur están moviéndose haca nuevos tipos de sociedad, que movimientos cono el feminismo y parte del medioambientalista están planteando nuevas formas de analizar la realidad social, en definitiva y aunque no lo recojan los medios tradicionales,  nuevas formas de vida se están desarrollando bajo nuestros pies.

Son todavía una minoría, pero una minoría que está dispuesta a emprender la travesía del desierto, porque está convencida de que el vivir “una vida que merezca la pena ser vivida” es más importante que el empleo alienante (cada vez menos necesario) y el consumismo.

¿Qué tanto por ciento es necesario para iniciar un cambio social? Los que han hablado de esto no se han puesto de acuerdo y hablan desde un 3%  los optimistas a un 20 %  los muy pesimistas.  Supongo que la cifra dependerá de cada sociedad, de su momento histórico y de la correlación de fuerzas existentes y el tiempo nos dirá si esa minoría inicial arrastra o no al resto.  Y también dependerá de crear vínculos sociales entre los diferentes grupos: la unión hace la fuerza. Para ello es necesario crear puntos de encuentro digitales (como este periódico virtual o El Salto) y físicos (como la nueva Asociación Ágora,  ATTAC  y muchas otras) en que compartir experiencias y crear una nueva cultura de vida y de pensamiento.

Y,  más tarde, habrá que intentar que las nuevas propuestas se oigan en la arena política pero invirtiendo los polos: primero la participación ciudadana crea y decide y, luego, la representación política las lleva a las instituciones que, por cierto, hay que cambiar.

Y por supuesto, no olvidar nunca que, cambiar una realidad social requiere tiempo, trabajo, pasión y disfrutar del viaje a Itaca.

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