La autoinmolación de la izquierda. Por José Luis Rodríguez García

Firmas de opinión

Jose Luis Rodriguez García
José Luis Rodriguez Garcia, Catedrático de Universidad

Convencido estoy de que historiadores y politólogos de diversa matriz se preguntarán siempre por la probada incapacidad de la izquierda para abonar positivamente su provechosa siembra, máxime cuando su esfuerzo se ha orientado ayer y hoy a sustituir a la derecha en el trono del Estado –y empleo términos acaso obsoletos y caducos (izquierda, derecha) en el sentido puramente topológico que se formalizara al inicio de la Revolución francesa-. Me resisto a ofrecer lecciones sobre lo que motiva este asombro. Más modestamente, desearía desgranar algunos comportamiento y actitudes que han permitido desaguisados y frustraciones sin cuento.

El asunto viene de lejos. En verdad, desde el inicio de nuestra historia –allá por finales del XVIII-. Y no, no es que la derecha posea medios absolutamente eficaces para la desactivación de las exigencias sociales en sentido amplio o exhiba una inteligencia política y estrategia de inestimable eficacia. No, mucho me temo por el contrario que es preciso incorporar un análisis actualizado del hacer de la izquierda para entender ese fenómeno que caracteriza el desasosegante triunfo de la derecha –por no hablar de sus sombras populistas, directas o enmascaradas-. Pues bien, existe un testigo privilegiado del inicio de esa génesis que ha conducido a reiteradas sangrías de las alternativas a la explotación de clase y de grupos sociales y que lleva camino de arrasar con todo vestigio del pensamiento liberador. Veamos.

Más o menos, mediodía en Düsserldorf, año 1811. Napoleón entra en la ciudad vencida. Entre las gentes que asisten a la parada militar organizada por el ejército francés se encuentra un mozalbete de apenas 13 años que contempla asombrado el espectáculo. Su nombre es Heinrich Heine –en fin, lo será cuando se convierta al cristianismo evangélico- Y ese niño, ya crecido, asistirá envalentonado, mordaz y triste a lo que ocurre en Europa hasta su muerte en 1856. Cuando escriba sus Memorias reconocerá que “el número de comunistas ha aumentado enormemente en Alemania en los últimos años, y resulta indiscutible que este partido es, en este momento, uno de los más poderosos al otro lado del Rin. Los artesanos conforman el núcleo de un ejército de incrédulos que tal vez no esté especialmente disciplinado, pero sí estupendamente ejercitado en doctrina”. Nada resultará fructífero porque esas gentes, cercanas al comunismo de Weitling, serán muy pronto sombreadas por la fuerza emergente de los socialistas-comunistas. Cero, se hunden, desaparecen…

Hastiado, ilusionado por la revolución que lleva al trono a Luis Felipe, el rey de las barricadas, decide trasladarse a París… 1831. Durante algo más de una década asistirá perplejo a los vaivenes de una política que traiciona las ilusiones de la convulsión de 1830. Pero, sobre todo, contempla con estupor lo que entiende como sacrificio de la izquierda y de los ideales políticos que le alimentan. Trata, más o menos, a los saintsimonianos, a G. Sand, a Marx. Todo amenaza ruina, alimentando su mordacidad y su ingenio vitriólico. ¿Nos valdrán dos ejemplos? Cuando la muerte es ya un anuncio sufragado, convencido de su agitada existencia, declarará con solemnidad que “Dios me perdonará porque su oficio”. Dejémonos de bromas. Una de las muestras más sensatas de su desconfianza se revela en el juicio memorable recogido en sus Confesiones acerca de Hegel a cuyas clases había asistido. Habiendo reconocido que el avance de la cultura y sociedad Europeas estaban básicamente asentadas en la filosofía alemana –y máxime en la instancia de los grandes alemanes del último tercio del XIX-. Leamos con atención: recordando su estancia en la universidad, a la sombra de Hegel, escribe ahora, años más tarde, que “vi cómo Hegel, con su rostro casi extrañamente serio, empollaba los fatales huevos como una gallina clueca, y escuché su cacareo. Sinceramente, rara vez lo he comprendido, y sólo tras mucho pensar he llegado a comprender sus palabras. Creo que él no quería ser comprendido, y de ahí su disertación llena de cláusulas, de ahí tal vez su preferencia por las personas de que sabía que no lo entendían y a las que otorgaba con mayor disposición el honor de su trato más íntimo… De eso me di cuenta muchos años después, aquí, en París, cuando me ocupé de traducir el abstracto idioma escolar de aquellas fórmulas a la lengua materna del juicio sano y de la comprensión general, al francés”.

Los “fatales huevos” a los que se refiere Heine son la izquierda hegeliana que pretenderá aventar la fogata revolucionaria en Europa: Marx, Bakunin… El núcleo duro de la revolución contra el capitalismo. Heine contempla la destrucción que desembocará en la ilusión del 48 y, de inmediato, en su disolución. Es cierto que todo había comenzado mucho antes, en esa liturgia de asesinatos y descalificaciones infernales: Robespierre contra Marat y los sansculottes, pero ahora la cuestión se endurece. Los incipientes socialistas contra los utópicos y los protocomunitsas de Weitling y,  muy pronto, el combate sin cuartel entre los partidarios de Marx y los de Bakunin que desemboca en la fractura del 6º congreso de la AIT celebrado en La Haya en 1872. Nada tiene remedio –pero esto, obviamente, ya no lo verá el desdichado Heine-. La izquierda liquidándose sin piedad. Fractura tras fractura. No ha habido momento de serenidad e intento de concordia entre las fuerzas emanadas de la realidad popular.

Es curioso, pero me parece vislumbrar un atroz paralelismo entre las instancias Lenin-Stalin-Kruschov-Yeltsin-Putin,  Gramsci-Berlinguer-y el caos…, Bebel-Brandt-González-los actuales fantasmas de nuestro infecundo inútil lagar y los adversarios salidos a su paso. Al silencio de los cementerios o al olvido. Cuánto capital derrochado inútilmente… ¿Y qué ocurría mientras tanto con las posiciones e idearios conservadores? También dirimieron algunos de sus problemas a bastonazos, pero sólo extrañamente llegaba la sangre al río. Es claro que inicialmente cundió la estupefacción entre los conservadores, pero aprendieron muy pronto que eras urgente reforzarse. ¿Cómo hacerlo? Aún a riesgo de simplificar, responderé que buscando un punto común y crucial que pudiera orientar un encuentro amplio y marcar una estrategia. Lo encontraron rápidamente; habría de existir acuerdo por lo que respecta al orden económico que no podía tambalearse excepto cuando su debilidad sirviera para multiplicar muy pronto los beneficios empresariales y las ganancias financieras.

Y la izquierda a lo suyo… Buscando un equilibrio entre la adecuada alternativa económica y la realización de las aspiraciones sociales. Pero el problema es que las izquierdas avanzaban con sus proyectos económicos innegociables y con el listado ordenados de las aspiraciones sociales. ¿Cómo concertar el socialismo bebeliano con el socialismo marxista? ¿Cómo conjugar las aspiraciones feministas al trabajo con la realidad incontrovertible de un modelo que, requiriendo la realidad de un ejército de reserva de fuerza de trabajo, amenazaba con expulsar a la mano de obra masculina para garantizar la presencia de las mujeres en el proceso productivo? Dos ejemplos recordados al azar…

Y esta indefinición ha sido la que ha acentuado la autoinmolación de la izquierda hasta nuestros días… Y creo sinceramente que apuntalando el proceso en el menos tres comportamientos usuales en su tradición que han operado paralela o complementariamente. Por un lado, se ha procedido sistemáticamente a la idealización dogmática de la propuesta de cada una de las partes de la izquierda fracturada: no existe entonces posibilidad alguna para una anhelada reunificación. La socialdemocracia bebeliana tan alejada del socialismo de Marx como éste del cooperativismo bakuninista, el comunismo anguitiamo tan irreconciliable  con el socialismo socialdemócrata español de González como el comunismo de Cunhal del socialismo de Soares. Ya está: dialogo de sordos, tan sólo –y raramente- gestos para la galería y mantener la ilusión de la supervivencia o del reinado. Por otra parte, y fruto de esta idealización dogmática, se ha alentado la destrucción del enemigo concediendo al posible dialogante este carácter precisamente, el de enemigo. Y es sabido que las relaciones con el enemigo tienen tan solo una salida: vida o muerte… Ch. Mouffe se refirió en La paradoja democrática a esta concepción de la política, que ampliaba al mundo de las democracias occidentales y que me permito ahora traducir al submundo de la izquierda: proponía no hablar del otro como enemigo, sino como adversario, es decir, no como un espectro que había que eliminar por cualquier medio, sino como una presencia con la que sería preciso llegar a un acuerdo o buscar una aproximación al menos. Terriblemente, la izquierda buscó la confrontación a muerte con el ser fraterno llegando, como es sabido, a jugar con su desaparición a costa, incluso, de coyunturales pactos con las fuerzas conservadoras. Sin embargo, estas actitudes evocadas con brevedad carecerían de fuerza si existieran voces críticas que desde el interior de las izquierdas mismas advirtieran de los peligros inminentes y, sobre todo, de la posibilidad de su desaparición social y política. Por esto, y en tercer lugar, se advierte en la aventura de las izquierdas un intento feroz orientado a la desactivación de cualquier ejercicio crítico. Quienes observan el carácter infecundo de la idealización dogmática a la que prestan sus esfuerzos son aniquilados, marginados… La oportunidad que se le presta al crítico es la convertirse en un mudo asistente al espectáculo de la autoinmolación o en un bufón de buen gusto para escribir diariamente un panegírico del líder o de la idealización dogmática a la que presta sus esfuerzos…

Mal panorama, lo sé. Y no quiero parecer pesimista en exceso porque es cierto que en los últimos veinte años han comenzado a orearse los horizontes del orden político mundial –de América latina a Europa-. Pero me temo que algunos viejos fantasmas y aniquiladores tics de la aventura histórica de la izquierda no han sido erradicados y su sombra reaparece. Sugiero tan solo que es urgente permanecer atentos para evitar el definitivo cataclismo del ideario que marcaría el inicio de la completa liberación de los sujetos sociales, de la comunidad.

Un saludo y hasta pronto.

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