Poemas de José Luis Rodríguez García

El Rincon del Poeta: Jose Luis Rodriguez Garcia
J. L. Rodríguez García (León, 1949). Filósofo y novelista, también ha escrito varios poemarios. Entre la docena de los publicados, acaso merezca la pena destacar Tan sólo infiernos sobre la hierba (León, 1980), Luz de géminis (Madrid, 1992), En la noche más transparente (Zaragoza, 1993), Pentateuco para náufragos (Madrid, 1998), además de los tres citados en esta breve recopilación.

Había vivido rondando el hielo

de la indiferencia,

apresado por el sosiego de los libros,

jugando con fotografías de serpientes

y conduciendo su coche

por los arrabales donde la pobreza es espuma

o ira.

Muchas tardes, revisaba la colección de sellos

que había comenzado el día siguiente de la muerte de su madre.

A las mujeres las llamaba hadas

y la vida era un regalo de los dioses

a los que agradecía su silencio.

Había publicado un  libro

a los veinte años, que le hizo famoso

y soberbio.

Hasta el domingo en que sus ojos alocaron

con el retrato de un niño hambriento y sonriente.

Extraño.

El cuerpo hinchado del niño, sus dientes

blanquísimos como la pureza.

Ahora, semanas después,

vagabundea como un loco, visita

los prostíbulos

y pregunta a los carteros y a los negros

dónde se compra un colt de culata nacarada.

(De Voces en el desierto, Zaragoza, 2009).


 

VIII. No sabemos

 

Cher

en un mundo donde nada honroso pervive

excepto en los crepúsculos, querida,

nobyl, ella, nosotros,

íbamos al aeropuerto,

mi sobrino el violinista había ensayado

una melodía húngara, no sabemos,

hasta se había disfrazado de zíngaro.

Huele a queroseno en el aeropuerto.

La niña avanza intentando sonreír, suena

la música, pero

todo es inútil,

la niña que avanza calzada con katiuskas embarradas

está ciega, mi sobrino, el violín,

la niña está sorda,

la niña, nuestro mundo,

tú, intenta sonreír, se vuelve hacia la cafetería,

hay un olor a chocolate que le recuerda algo.

(De Vidrio y alambre, Zaragoza, 2011)


 

D.

Viento, el aire que no precisa de verso alguno,

sonrisas que son chocolate, suspiros

de magnolia, aire,

nada es ya lo que fueron la guitarra

y el duende que se vestía con mortajas.

Resta tan sólo este silencio de comedor vacío,

tan sólo esta catarata helada,

tan sólo la sonrisa provocada

por la cárdena osadía

del viento que se ha largado al otro mundo, de las olas

que cumplen su viaje insuperable,

cansancio, telegramas que nadie responde,

y el silencio del mundo.

(De Estado de sitio, Zaragoza, 2016).

 

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