Europa debe volver a sus orígenes

Editorial

La Unión Europea es un proyecto a la deriva víctima del insolidario y económicamente absurdo modelo neoliberal.

La propuesta inicial del Tratado de Roma “una unión cada vez más estrecha”, si es por el actual camino, antisocial y a favor de las grandes entidades financieras y demás multinacionales, nos recuerda a la soga de la horca cerrándose sobre el cuello de sus ciudadanos

En esta era de la postverdad a veces se agradece que un Papa, diga las “verdades del barquero”: “El primer elemento de la vitalidad europea es la solidaridad” y, el segundo mensaje, “su identidad es, y siempre ha sido, una identidad dinámica y multicultural”. Y como buen jesuita y argentino sustituya las referencias a naciones, o estados, por pueblos de Europa enfocando así hacia las personas, y no hacia las instituciones, el objetivo de la Unión.

¿Es posible volver a crear la ilusión y esperanza de hace 60 años, en que la firma de los Tratados de Roma fue seguida por manifestaciones de los estudiantes ¡a favor!?

La respuesta es SÍ. Y no hay que inventar nada, ni dos velocidades ni otras ocurrencias absurdas. Basta con volver a las ideas y valores de los precursores de los años 20 y a los padres fundadores. Porque eran otros tiempos y nuestros líderes tenían ideas y valores.

Coudenhove-Kalergi, hijo de un conde y diplomático austrohúngaro y de una japonesa, que lanzo en 1923 su idea de Paneuropa, “La Cuestión Europea será resuelta sólo mediante la unión de los pueblos de Europa” en una federación abierta al mundo, a la inmigración y al mestizaje: “El hombre del futuro será un mestizo” y “se reemplazará la diversidad de los pueblos por la diversidad personal”.

Jean Monnet, que en 1943 planteaba que “no habrá paz en Europa, si los Estados se reconstruyen sobre una base de soberanía nacional (…) Los países de Europa son demasiado pequeños para asegurar a sus pueblos la prosperidad y los avances sociales indispensables. Esto supone que los Estados de Europa se agrupen en una Federación o “entidad europea” que los convierta en una unidad económica común”. Y que en  1950, sugirió al Ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman, la idea de integrar la producción francesa y alemana de carbón y acero.

Schuman, que asumió un plan gradualista: “Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho”. Propone compartir el carbón y el acero pero “dicha producción se ofrecerá a todo el mundo sin distinción ni exclusión, para contribuir al aumento del nivel de vida y al progreso de las obras de paz y (..)  al desarrollo del continente africano”. De este modo, “se introducirá el fermento de una comunidad más amplia y más profunda, entre países que durante tanto tiempo se han enfrentado en divisiones sangrientas”.

No sigamos más.

Debemos recuperar el proyecto de una Europa federal de los pueblos, promotora de una ciudadanía comprometida, de un estado de bienestar, abierta, acogedora de los inmigrantes que aportan más que lo que necesitan, solidaria con el tercer mundo, etc. Para ello es necesario apoyar aquellas opciones socio-políticas que proponen su recuperación y el abandono de la actual “Europa de los mercaderes” y la sustitución de unas élites que, a través de las puertas giratorias, defienden siempre los intereses del sistema financiero y de las multinacionales.

Siguen siendo válidos Los objetivos de los Tratados de Roma de 1957 que dio origen definitivo a la actual Unión Europea. Recordémoslos en forma sintética: “asegurar, el progreso económico y social; la constante mejora de las condiciones de vida y de trabajo de sus pueblos; un desarrollo económico estable, y armonioso, que reduzca las diferencias entre las diversas regiones y el retraso de las menos favorecidas; reforzar la solidaridad de Europa con otros países y asegurar el desarrollo de su prosperidad, de conformidad con los principios de la Carta de las Naciones Unidas; consolidar, la defensa de la paz y la libertad; y promover el desarrollo del nivel de conocimiento más elevado mediante un amplio acceso a la educación y su continua actualización”.

Acabemos con un toque de optimismo sobre lo ya conseguido que nos recuerda en La Vanguardia, Carles Casajuna: la Unión Europea con el 7% de la población del mundo, y el 25 % de su PIB tiene unos gastos sociales que son el 50%. Esta es la herencia del esfuerzo de nuestros padres, ¿Qué dejaremos a nuestros hijos? ¿El austericidio neoliberal o una ciudadanía europea con valores éticos?

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