Ciudadanos: cuidado con la Red. Por José Luis Rodríguez García

Firmas de opinión

Jose Luis Rodriguez García
José Luis Rodriguez Garcia, Catedrático de Universidad

Ya se ha aceptado la victoria de lo que comenzamos a conocer como la última revolución socio-cultural de la Modernidad: me refiero al embiste imparable de la ofensiva tecno-comunicacional porque, en efecto, toda nuestra vida cotidiana se ha visto profundamente alterada por la irrupción de aparatos que facilitan o cuestionan la vida personal, familiar y política. Punto. Esto lo sabemos todos a estas alturas. Por esto mismo, esperaba con ansiedad la anunciada entrevista a Z. Bauman que iba a retransmitir J. Évole en su programa de la noche del domingo hace semanas. El tema era preciso. Sobre la Red…

Presuponía que Bauman no podía decepcionar. Yo lo estimo mucho. Y desde hace tiempo. Recuerdo mis primeras lecturas de su obra, recuerdo su posicionamiento crítico en relación a la Modernidad que, según su criterio, había desembocado en el Holocausto, recuerdo la lectura de sus Éticas posmodernas que me facilitó mi incompleta lectura de la postmodernidad. Más tarde, su oficio intelectual centrado en las variadas ilustraciones de la “liquidez” moderna, un concepto, éste de liquidez un tanto impreciso. Me agradaba Bauman. Por otra parte, había tenido un leve y distanciado contacto con su actividad académica porque a finales de la pasada década tuve la suerte de tener una alumna polaca a la que le propuse realizar su tesis doctoral sobre Bauman. Resultó un desafío al azar. Pero resultó bien. Bauman era generoso. Aceptó tutelarla en Leeds, a donde ella acudió subvencionada por una aragonesa Caja de Ahorros y fue entonces cuando me enteré de la dura vida intelectual y emigrante que Bauman había vivido: judío palaco, instalado en la URSS de aquellos años del furioso estalinismo, establecido en Israel y, finalmente, recalando en la universidad británica de Leeds. Mi estima creció, máxime cuando conversé mi alumna sobre artículos no traducidos al castellano de Bauman, de su primera etapa, marxistas y entusiastas.

Ahora no quiero resultar pretencioso, pero sabía perfectamente lo que Bauman iba a decir en la entrevista televisiva porque hace meses había hablado del mismo asunto en una entrevista publicada en un diario nacional, imprecisa –como muchos de sus últimos textos-, pero en la que dejaba claro que esta última revolución tecnológica debía ser considerada con precaución. Idéntica inquietud en efecto se manifestó en la entrevista con Évole. La posición de Bauman resulta extrema: matizadamente en contra de las irrupción de los aparatos, en contra de esta ofensiva tecnológica que tiene el efecto de anular la personalidad y devaluar las relaciones comunicaciones entre los ciudadanos… No tiene móvil. Acaso no lo necesitara.

Desde entonces, he pensado una y otra vez sobre las palabras de Bauman. Máxime cuando los artilugios mecánicos me-nos bombardean e invaden cada minuto con anécdotas, supuestas novedades y enfurecidas proclamas sobre sacerdotes, emigrantes, viajeros, académicos, escritores, amas de casa, etcétera… Nuestro cerebro ya es incapaz de procesar tal marea atronadora. Quiero por lo mismo recoger algunas reflexiones sobre la problemática de la Red. De la Red, esa entidad que pretende regir nuestra vida cotidiana y orientar nuestra convivencia política. Y, al respecto, me gustaría orienta tres aspectos que acaso nos sirvan para avanzar algo en la reflexión sobre un asunto que, como es obvio, ha provocado ya, a estas alturas, una monumental bibliografía.

El primero de ellos se refiere a la utilidad de la Red. Resulta incontrovertible que la Red parece facilitar la comunicación. Nos llaman, nos piden auxilio, nos convocan: la Red es la Madre. De manera que gracias la Red nos enteramos de todo. De todo. Pero se reciben mensajes tan útiles como absurdos. Por ejemplo: me invitan a asistir a una conferencia que se celebra en la UAM, a las 20 horas del sábado próximo y no tengo ni idea cómo podría llegar a México DF y correr al evento. Me invitan a la entrevista del último genio literario que tiene lugar en un pueblo hermoso y desolado de Extremadura… Imposible para mí… Pero, sensatamente y dejando a un lado el vinagre ácido de mi impresión, la Red como instrumento comunicacional tiene indudables ventajas: informa, convoca, socializa encuentros… Es indudable…Tengo un viejo Nokia, primera generación, y agradezco al instrumento que me acompañe a las cuatro de la madrugada en el bar de una ciudad imaginaria. Pero no hablo con mi amigo  Nokia en el tranvía, ni cuando camino por la calle, ni cuando estoy deprimido: es mi querido ángel-policía que no lleva porra ni odio en el gesto… De manera que la proyección informacional tiene sus ventajas y sus absurdos: la Red nos informa de todo y a un tiempo marca nuestra imposibilidad y su inutilidad, la de la Red, porque ella misma deviene inútil al proponer encuentros imposibles.

Pero dejando a un lado la indudable y cuestionable validez comunicacional de la Red –comprendida como instrumento-, debo referirme a un segundo aspecto que es, ciertamente, el que interesaba a Bauman y el que comienza a justificar el título de esta breve aproximación. Presumo que es la perspectiva que le interesaba. Pues bien, quisiera detenerme sobre dos consecuencias socio-antropológicas del abrumador dominio de la Red. A la primera se refirió en diversas ocasiones Bauman:  se refiere al papel del móvil, de la tableta o de facebook en tanto Otro que parece alejarnos de la soledad. En efecto, todos estamos capacitados para esquivar esos otrora necesarios momentos a los que nuestros clásicos recurrían necesariamente y que son la hora de la soledad, el momento de la meditación. Contrariamente, en el mundo de la Red no hay intersticio mínimo para este perdido lujo: la sociedad ha caído de la trampa y busca afanosamente que no exista minuto sin que alguien me diga algo, sin alguien a quien decirle algo –que me acerco a mi destino, que tengo sueño, que me han servido un infame croissant en el desayuno… Sin embargo, y me ciño al diagnóstico de Bauman, se trata de un espejismo porque el encuentro con el otro sólo puede producirse en el ámbito de dos cuerpos que se aproximan, que gestualizan para el interlocutor, que se interrumpen afablemente, que exclaman… Sin tal presencia no hay mensaje que valga: quién me garantiza que estoy hablando con quien supongo que me escucha, que me habla quien imagino, y, sin embargo, la ficción de la comunidad se asienta y uno supone que no está solo, que en verdad hay alguien interesado en lo que yo pueda decirle al otro lado del artilugio. Y esta segunda reflexión tiene otra consecuencia… ¿Podemos caracterizarla como de naturaleza antropológica? Entiendo que sí… Veamos. Como es sabido, Freud dictó lecciones sustanciales sobre la maduración de la persona. Sabido es igualmente que situó al narcisismo –al menos en una de sus dos y ambivalentes aproximaciones- como una etapa caracterizada por el enamoramiento de uno  mismo que se transformaba, así, en sujeto y objeto a un tiempo, sujeto del sí mismo al que admiraba inconteniblemente en tanto objeto de su pasión. Etapa que era preciso superar en el camino hacia la integración socio-cultural. Pues bien, creo sinceramente que las infinitas páginas congeladas en la cuevas de la Red se convertirán en uno de los deseados y manoseados documentos para al análisis y diagnóstico de nuestra postmodernidad y que demostrarán hasta el cansancio que somos una sociedad narcisista y enferma: como decía al principio es útil la vertiente informacional de la Red, qué duda cabe, pero a lo que ahora me refiero es a la inmensidad de mensajes que cada uno de nosotros recibe y en los que se nos informa del carácter de los hijos, de lo geniales que son, de la buena comida del día de hoy, de lo notablemente que han hablado de mí en una radio del Ampurdán, y etcétera, etcétera, en una abrumadora empresa de exhibicionismo narcisista. Reflejo de una sociedad enferma que parece haberse instalado en la autocomplacencia y la exagerada autoestima. ¿Con qué honradez podemos despotricar contra el Ojo orwelliano cuando hemos interiorizado hasta tal extremo sus funciones? Ya no es un Ojo omnividente: se ha convertido en un Buzón infinito –conoce nuestras lecturas, el destino que marcamos para nuestros hijos, el lugar donde veraneo, qué personaje me disgusta, las veces que voy a misa en el año pero porque le ha librado de la infame tarea de vigilarnos en tanto yo le ahorro el gasto de tener que gestionar la represión… Todo, absolutamente todo, entregado como un tributo al Todopoderoso.

Adelantaba que iba a plantear varias reflexiones. La tercera a la que quiero referirme es de orden político –aunque quien esto lea advertirá que las planteadas están fuertemente interrelacionadas-. A usuario alguno de la Red se le habrá escapado no sólo la multitud de mensajes judicativos sobre política, cultura y, en general, sobre los acontecimientos cotidianos. Si los sometiéramos todos a procesamiento mental habría que concluir que o bien la sociedad está infinitamente atomizada, y sin posibilidades de concierto, o bien que no hay criterio alguno de verificación por lo que respecto a la actualidad. Se me dirá que siempre han existido diferencias de criterio y es cierto. Pero ahora nos enfrentamos a una nueva dimensión porque cualquiera se siente capacitado para alabar o denigrar a Einstein, pongamos por caso, quedándose tan ancho, o expresar una opinión sobre lo sucedido en Londres hace días que esté en flagrante contradicción con lo que otro usuario dice. ¿Variedad de opiniones? No tan solo, según mi modesto parecer: el magma de la Red está contribuyendo al asentamiento de un relativismo que amenaza con conseguir que no podamos tener una visión medianamente certera de lo que ha sucedido o está sucediendo o, lo que es más grave y en el extremo, al reconocimiento de una de las opiniones extendidas que sería aquella que maneja una brigada de información más potente y coordinada, orientada, como es presumible, al establecimiento de lo que comenzamos a conocer como postverdad –y que no refiere otra cosa que aquello que el añorado Benjamin calificaba como “historia de los vencedores”.

Espero que mis palabras sirvan de algo. Y si usted se siente incómodo encienda su tableta, apriete facebook o twitter y busque palabras que me contraríen. No tenga miedo… Piense que Trump lo hace todos los días a las siete de la mañana y puedo asegurarle que su mentalidad cavernícola no está producida por la Red. Era anterior, muy anterior.

Y ojalá valga para algo este pequeño y modesto homenaje a Bauman.

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