La socialdemocracia no tiene quien le escriba (2). Por José Luis Alonso Gajón

Firmas de opinión

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Jose Luis Alonso Gajon, Ingeniero Agrónomo, Vicepresidente de ATTAC Aragón

“La mujer se desesperó. «Y mientras tanto qué comemos», preguntó (…)

El coronel (…) Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

—Mierda.”

(Final de “El coronel no tiene quien le escriba” de Gabriel García Márquez

Acabábamos el anterior artículo considerando que, en mi opinión, el poder hegemónico lo tiene el dinero actualmente representado por el sistema financiero. Nos toca ahora explicitar la relación entre socialdemocracia y estado de bienestar.

Estado de bienestar y socialdemocracia van juntos, pero no son iguales. De hecho, la primera propuesta de un plan integrado y coherente de seguridad social fue realizada por un liberal en la Inglaterra de 1942: el “Primer Informe Beveridge”. En el plantea una serie de prestaciones desde el Estado que permitan asegurar un nivel de vida mínimo en caso de enfermedad, desempleo, jubilación y otras. Su financiación sería mediante impuestos a pagar por los trabajadores. A los empresarios les argumenta que ello les permitirá beneficiarse de un aumento de la productividad, y como consecuencia, de la competitividad.

Este modelo se lleva a la práctica, a partir de 1945, por el Partido Laborista de Clement Attlee, con William Beveridge como líder del Partido Liberal en el Parlamento unido a la aplicación de políticas keynesianas (muchas veces se cita como modelo Beveridge plus Keynes)

Este modelo, o las otras versiones del estado de bienestar, fueron aplicados, en casi toda Europa por partidos socialdemócratas, liberales y democristianos.

Estos modelos, unido al Plan Marshall, tiene un éxito gigantesco y Occidente vive las denominadas “décadas de oro” que van desde 1950 a 1970. Tiempos de mejora de la participación la clase trabajadora en la distribución de una tarta de las rentas cuyo continuo crecimiento compensaba a los capitalistas (es preferible tener el 35% de 200 que el 50% de 100)

Esta coincidencia, en promover el estado de bienestar entre varios partidos, a nuestro juicio, fue fruto de un pacto, implícito, entre los partidos socialdemócratas, algunos grandes sindicatos y la gran empresa. Los partidos de centroderecha, en general, representantes de un capitalismo con rostro más humano, se unieron lógica y activamente a su aplicación.

En el pacto, socialdemócratas y sindicatos aceptaron la propiedad privada de los medios de producción, el mercado y la alternancia de poder de los sistemas parlamentarios. Los capitalistas aceptaron un sistema fiscal progresivo, que permita una cierta capacidad redistributiva de la renta al estado, la intervención del estado en la economía y la negociación colectiva.

Ambos partes necesitaban y buscaban con este pacto una legitimidad social que les permitiera sobrevivir al creciente empuje de la URSS y de los partidos comunistas occidentales, en ese momento. Dicho de otro modo, se formó una alianza hegemónica entre las fuerzas sociopolíticas del centroizquierda y el centroderecha.

Esta alianza se rompe en los años 70/80 cuando las grandes empresas lo abandonan por las nuevas políticas neoliberales de reformas fiscales regresivas, mercantilización absoluta del trabajo (mediante el acoso y derribo a los sindicatos), triunfo del capitalismo financiarizado, desprestigio del estado y de sus instituciones, triunfo del “pensamiento único” (“There is no alternative”), etc.

Como ejemplo, la patronal sueca abandona unilateralmente en 1983 el Acuerdo de negociación colectiva de Saltsjöbaden, básicamente por la caída en la productividad del trabajo (de origen multifactorial) y del nuevo rumbo de la política más centrado en la estabilidad monetaria que en el pleno empleo, lo que permitía a la patronal jugar a la discrecionalidad salarial como forma rápida de aumentar su plusvalía.

En 1989 cae el Muro de Berlín y el capitalismo cree ya innecesario buscar la legitimidad social, porque esta, piensa, se le ha dado para siempre. Para ellos es “el fin de la Historia”, y como proclama su nuevo profeta Francis Fukuyama, las utopías e ideologías han muerto, el nuevo mundo de una sociedad sin clases este alumbrado por la ciencia y basado en la política y economía de libre mercado. Al estado solo le corresponde un papel residual de control social y aplicación local de las normas del espacio global económico.

El estado de bienestar y la socialdemocracia no son imprescindibles en este nuevo orden mundial. Y así, los pobres partidos socialdemócratas, ven como su pareja de baile les ha abandonado. No importa que se humillen mediante sucesivas renuncias a sus principios y aceptación de los neoliberales (privatizaciones, eliminación dela progresividad fiscal, ruptura del pacto con los sindicatos, etc. etc.): el capitalismo financiero no los necesita. La socialdemocracia “no tiene quien le escriba”.

Los sucesivos gobiernos, de todo signo, han ido desmantelando el Estado mediante las privatizaciones de las empresas estatales y de la gestión de los servicios públicos. Además, ha ido trasfiriendo poderes legislativos y de control a los nuevos organismos globales, bien en forma de instituciones supraestatales (Unión Europea, Banco Central Europeo, FMI, Banco Mundial, etc.), o bien en forma de acuerdos transnacionales de “libre comercio”. Instituciones, todas ellas, no democráticas para permitir su control, en todos los casos, por profesionales de las grandes multinacionales mediante las llamadas puertas giratorias.

La Socialdemocracia, por tanto, murió a manos del neoliberalismo económico y de quienes debían haberla defendido y la traicionaron por “platos de lentejas” en los consejos de administración de las grandes empresas. Y no es posible resucitarla si la otra parte del pacto no quiere sentarse a la mesa de la negociación o si no encontramos la forma de obligarla. Aunque tal vez sea más fácil crear otras alternativas válidas para el nuevo mundo económico que se nos viene encima, a ellos y a nosotros.

Pero hay una pregunta que casi nadie en Occidente se hace, salvo algunas personas de la economía feminista o de la ecología integral (la que integra al ser humano en los ecosistemas):

¿Era justo y sostenible el Estado de Bienestar? Por desgracia la respuesta es NO. Era un estado de bienestar local (primer mundo, unos mil millones de personas) y no generalizable al resto del mundo porque se mantenía sobre su expolio y el de la naturaleza (nuestra huella ecológica es brutal), y también sobre la desigualdad de género (las mujeres soportan el trabajo no remunerado de los cuidados) y de etnia (cadenas de cuidado internacionales, sinpapeles, etc.). Dejémoslo sucintamente apuntado para una posterior reflexión.

Pero, mientras los partidos socialdemócratas, y los otros partidos, marean la perdiz de si hay recuperación o no, la emergencia social crece, y la mujer del Coronel nos pregunta, también a nosotros, «Y mientras tanto qué comemos», ¿”Mierda.”?

Próximo artículo: “La agonía del capitalismo”.

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