La idea central del republicanismo clásico significa que las personas necesitan poder y no solo protección. Por Cándido Marquesán

Firmas de opinión

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de Instituto

El artículo El fin de la historia de 1989 de Fukuyama se interpretó literalmente: con el triunfo de la democracia liberal y el sistema capitalista. Mas él nunca mantuvo que el fin de la historia se iba a producir tal año; solo afirmó que en la evolución de la historia política, las ventajas de la democracia liberal eran evidentes, por lo que era complicado encontrar otras alternativas viables. Ni tampoco que fuera a triunfar en todas partes. Le preocupaba  que ante la falta de alternativas convincentes, la democracia occidental perdiera frescura e inventiva. Su éxito podría ser nocivo. Tomaban el éxito por positivo y no lo era: en el siglo XX, su triunfo había sido negativo. En otras palabras, la democracia no se había impuesto por todo el bien que había hecho, sino por todo el mal que había evitado. Por eso, Winston Churchill dijo en 1947 “La democracia es el peor sistema político exceptuado todos los demás”.

Es cierto que la democracia es una política de la moderación: sirve para evitar que suceda lo peor. Para el economista indio Amartya Sen en las democracias no hay hambrunas, porque sus víctimas potenciales avisan a sus gobiernos para evitarlas. Y también que las democracias no entran en guerra entre ellas. No obstante, los hechos nos demuestran que la política de la moderación tiene sus carencias, y al olvidarlas cometemos graves errores. Uno de ellos: la democracia no ha resuelto la desigualdad. Para Pikety, la desigualdad es una tendencia estructural en el capitalismo. Sin embargo, desde finales del siglo XIX hasta la década de 1970, las sociedades occidentales para evitar la explosión revolucionaria se volvieron cada vez menos desiguales, por la tributación progresiva, los subsidios para los necesitados  y garantías contra las situaciones de crisis. Las democracias modernas se estaban desprendiendo de sus extremos de riqueza y pobreza. Permanecían grandes diferencias, pero la desigualdad se achicaba. En los últimos 40 años esta tendencia ha cambiado con el triunfo del neoliberalismo, para el que el aumento brutal de la desigualdad social dejó de ser un problema para pasar a ser una solución. La ostentación de los ricos fue la prueba del éxito de un modelo social que sólo deja miseria para la inmensa mayoría de los ciudadanos, supuestamente porque éstos no se esfuerzan bastante para tener éxito.  La dura realidad hoy es que las democracias liberales acaban creando grandes desigualdades estructurales. Los ciudadanos democráticos tienen instrumentos para quejarse de la política, pero a menudo carecen de los recursos para pasar de la insatisfacción personal a la acción colectiva. El cambio estructural suele provocarlo una catástrofe. Hasta la Gran Depresión en USA no hubo leyes sociales para combatir la pobreza. Europa occidental implantó el Estado de bienestar tras la II Guerra Mundial. Las democracias sin una catástrofe tienden hacia la injusticia. Mas, ¿qué podemos hacer para subsanar esta lacra? ¿Esperamos una nueva catástrofe, que dé una sacudida al sistema? La crisis de 2008 no ha sido suficiente para propiciar cambios estructurales, ya que la concentración de la riqueza se ha reforzado. ¿Tenemos que esperar una depresión o una guerra?  Hay que descartar opciones tan dramáticas y  buscar otras.

Una procede de la filosofía política, es la de Jhon Rawls, expuesta en su libro de 1971 Teoría de la justicia, en la que defiende que en una democracia todos deberían poder reconocer la justicia esencial de un sistema económico redistributivo, para beneficio de los más desfavorecidos. Su obra ha dominado la filosofía política estadounidense, aunque aquí no se ha aplicado, nada más hay que ver sus insultantes niveles de desigualdad.

Otra más reciente  es recurrir a la idea central del republicanismo clásico, que significa que las personas necesitan poder y no solo protección. Poder para enfrentarse a los ricos, que aprovechándose de sus ventajas materiales dominan la vida pública. La justicia republicana exige una política de corrección activa. Esa concepción republicana resulta muy adecuada cuando se da la dominación de un grupo sobre otro, como, por ejemplo, los ricos sobre los pobres. Ese ideal de no dominación supone que la política ha de ofrecer un correctivo adecuado para las relaciones de este tipo: proporcionando a las víctimas herramientas con las que rebelarse. Herramientas, que deberán ir más allá de los derechos políticos al uso, como el voto, que por sí no es suficiente. Para salir de la dominación hace falta ayuda material. Los más desfavorecidos tienen que acceder a la información, a la educación y a la representación, lo que significa priorizar instituciones sociales como los sindicatos y prestaciones como la sanidad pública y guarderías gratuitas. Y también dinero, ya que si todos percibieran una renta básica del estado, los trabajadores no se verían obligados a aceptar sueldos de miseria.

Los filósofos republicanos de hoy quieren fortalecer la democracia para que pueda desarrollar todo su potencial. Aunque la idea de no dominación es una idea negativa, es mucho más fértil, que la idea contraria, propugnada por la democracia liberal, de que cada uno se ocupe de lo suyo. Acostumbrados a ocuparnos exclusivamente de lo nuestro, el republicanismo lo tiene complicado para imponerse en las democracias modernas.

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