Así acaba el nacionalismo. Por Antonio Piazuelo

Firmas de opinión

Antonio Piazuelo
Antonio Piazuelo, Ingeniero Técnico Industrial

Un viejo amigo periodista me contaba hace unos días algo que le sucedió en la ciudad bosnia de Mostar, una anécdota sobre la que merece la pena pensar un poco mientras florecen por todas partes los nacionalismos de extrema derecha, Gran Bretaña prepara los papeles para su divorcio de Europa, el presidente Donald Trump vocea a quien quiera oírle que America first, y crecen los muros físicos y mentales para aislar a las naciones occidentales de los que quieren entrar en ellas. Por no hablar de los que quieren crear, por las buenas o por las malas, sus correspondientes nacioncitas. Una marcha atrás en toda regla, se podría decir con toda justicia. Pero hacia muy atrás… hacia las cavernas. Es descorazonador comprobar que tantos han aprendido tan poco de nuestra historia.

Por eso es tan significativa la anécdota a la que me refiero. Resulta que mi amigo se encontraba en Mostar trabajando en un reportaje sobre la labor de los militares españoles que, bajo bandera de las Naciones Unidas, actuaban en esa histórica ciudad como fuerza de interposición entre los contendientes, serbios, croatas y musulmanes, que pocos años antes se habían masacrado entre sí. Un convoy de vehículos militares españoles atravesaba el centro de la ciudad y él iba en uno de ellos con otras personas, entre las que estaba el entonces Jefe del Estado Mayor de la Defensa, general Luis Alejandre. Para facilitar el movimiento del convoy militar, otros soldados españoles se ocupaban de cortar el tráfico civil tanto en las vías por las que pasaba como por las adyacentes, lo que significaba la paralización absoluta del centro de Mostar. El general Alejandre, en un momento dado, hizo una reflexión en voz alta: Así acaban todos los nacionalismos, no me digáis que no es absurdo.

Mi amigo preguntó al general qué había querido decir y su respuesta fue, más o menos, la que sigue. “Los serbios quisieron dominar esta ciudad, creyendo en la superioridad de su causa, y fueron rechazados por la alianza entre croatas y musulmanes. Después los croatas quisieron exterminar a los musulmanes, creyendo también en la superioridad de la suya. Y ahora todos, serbios, croatas y musulmanes, tienen que soportar la terrible humillación de detenerse al paso de un ejército extranjero y casi dar gracias por ello. Así es como suelen acabar los nacionalismos extremos, agachando la cabeza delante de la bandera de otro país”.

O de otros países y otros ejércitos, no de uno solo, como les sucedió a los alemanes después de la pesadilla nazi, o como a los italianos, invadidos por el ejército estadounidense. Así terminan a menudo los sueños supremacistas y eso es lo que la Historia se empeña en recordarnos una vez tras otra. Bueno, pues como si no. Los europeos, por lo menos los europeos, deberíamos tener tan buena memoria como el general en Mostar y recordar en qué concluyeron los sueños de grandeza de nuestros Napoleones, Adolfos, Benitos y tantos otros: en guerras, pobreza, sufrimientos de las poblaciones y, a la postre, en países invasores invadidos a su vez.

Pero deberíamos recordar también la otra cara de la moneda en estos días en los que celebramos el sexagésimo aniversario de la firma del Tratado de Roma que dio lugar a la Unión Europea y, con ello, a la más larga etapa de paz y prosperidad que nuestro viejo continente ha disfrutado a lo largo de su historia. No, no han sido desvaríos grandilocuentes de patriotas de hojalata los que han proporcionado seguridad, riqueza y bienestar a cientos de millones de europeos, sino cooperación, acuerdos, abolición de fronteras y aranceles. Ha sido la fijación de objetivos alcanzables, y no de metas a las que nunca se puede llegar, la que nos ha permitido gozar de unos niveles de libertad y de igualdad que nos eran desconocidos.

Es posible que, como dicen algunos, esto de la democracia y las instituciones sea bastante aburrido, y que cíclicamente la gente tienda a escuchar las estúpidas soflamas de los demagogos, tan excitantes siempre, y a hinchar el pecho ante la bandera propia flameando al viento como promesa de futuras grandezas patrias. Es posible, sí, pero también demuestra un grado de ignorancia alarmante. Y uno de necedad aún más peligroso. Podemos y debemos plantear muchas dudas acerca del funcionamiento de esta Europa neoliberal que tiende a perpetuar y a aumentar las desigualdades sociales, podemos y debemos hacer muchos cambios en las instituciones, pero no destruirlas alegremente en busca de un ensueño nacionalista.

Cuando alguien se emociona demasiado viendo ondear la rojigualda (o la cuatribarrada, o la estelada, que tanto da), convendría que recuerde la imagen que pudo ver mi amigo: coches detenidos en su propia ciudad, peatones obligados a parar por soldados de otro país, y un convoy militar extranjero sobre el que campean banderas ajenas atravesando sus calles sin ser molestado. Y convendría también que recuerde las palabras del general que tenía buena memoria.

“Así acaban todos los nacionalismos, no me digáis que no es absurdo”.

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