Una Europa de los ciudadanos. Por Antonio Domínguez

Firmas de opinión

Antonio Dominguez
Antonio Dominguez, Profesor de Universidad

Confieso, de entrada, que me invade  tanto la perplejidad como la confusión a la hora de escribir este texto. Europa, el Brexit, Gibraltar, España… Uno, en su ingenuidad, creía que Europa, con todos los problemas inherentes a ese nacionalismo torvo que a la postre únicamente sirvió y sirve para enfrentar a los humanos, era una hermosa idea susceptible de romper con todos los viejos fantasmas. Muy pronto entendí  que la cosa era más compleja. ¿Una Europa de las patrias? ¿Una Europa de las regiones? Pues ni lo uno ni lo otro, lo que se ha puesto en marcha es la Europa de los mercaderes, de los intereses espurios, del hombre una vez más lobo para el hombre, cuando al final de esta historia constructiva lo que debería aparecer es una Europa de los ciudadanos, un nacionalismo de los seres humanos más allá de razas, territorios, etc.

Y sin embargo, el camino abierto para desarrollar una Unión Europea, tan necesitado de la dimensión humana y social, tenía su atractivo. Lejos de los mandarinatos, de los grandes negocios, de los paraísos fiscales y de intereses más que bastardos, siempre me ha emocionado la capacidad ciudadana para romper fronteras y crear nexos comunes. Los ya cientos de miles de estudiantes de diferentes territorios que han gozado del programa Erasmus, los cientos de miles de estudiantes de EGB y Bachillerato que de la mano de generosos profesores realizan intercambios aquí y acullá, los cientos de miles de españolitos ganándose la vida en el Reino Unido, los cientos de miles de ciudadanos británicos gozando de su merecido retiro en España, no hacían pensar en la deriva a la que está sometida esa idea de construir una Europa de los ciudadanos. ¡Es el dinero, idiotas! Y nosotros pensando en los seres humanos…

Que si dos velocidades, que si los sureños, los centroeuropeos o Alemania, siempre el poso “nacionalista” presente y utilizado por los poderes reales para mantener y aumentar su estatus. Y de repente apareció el Brexit, el Reino Unido para los ingleses, y de ser posible,  lo del resto también. Más allá de un referéndum donde quienes decidieron irse de Europa no eran muchos más que los que optaron por la permanencia, la ciudadanía británica se ha visto abocada a adoptar una medida que en nada favorecerá a los ciudadanos británicos, muy al contrario, y no tardarán en percibir las consecuencias. Pero los viejos tics del Imperio y las ambiciones de la City se han salido con la suya.

Y en estas llegó Fidel, perdón, Gibraltar, y mandó parar. Ese territorio británico en suelo español, treinta y tantos mil ciudadanos, paraíso fiscal y espacio estratégico en el juego de la guerra (el poder de los poderosos para seguir con lo suyo) votó a favor de permanecer en la UE pero pertenece a un ámbito que decidió salir de ella. Parece lógico que España tenga el derecho a vetar la aplicación en el Peñón de los acuerdos que puedan producirse en el proceso de negociación entre la UE y Londres. ¡Anatema! Y los amables amos del cotarro lanzando soflamas guerreras, que si hay que embarcarse en una guerra con España para mantener Gibraltar( Lord Howard) rememorando las Malvinas, que si hay que llevar a la ONU la independencia de Cataluña (Norman Tebbit). En fin,  si Gibraltar pertenece al Reino Unido y el Reino Unido abandona Europa, ¿a quién puede sorprender que los miembros de la UE se pongan al lado de España? Lo que realmente sorprende es el ardor guerrero de los rancios jerifaltes del conservadurismo inglés (y digo inglés porque Escocia es también Reino Unido y como se sabe, está en otra onda).

La batalla se llama intereses económicos, dinero, opresión del hombre por el hombre. Ningún territorio vale una sola vida, aunque la triste realidad demuestra constantemente lo contrario. Un conflicto armado entre España y el Reino Unido parece impensable. Ambas naciones son socias en la OTAN y si los británicos son aliados tradicionales de USA, no es menos cierto que España mantiene una relación privilegiada con los americanos (véase las bases de Morón y Rota, por ejemplo). Es evidente que una confrontación se saldaría a favor de los británicos, más poderosos en todos los dominios (armamento nuclear, flota naval, aérea…). Y sagrado resulta lo ya dicho, un territorio no merece una sola muerte. España jamás entraría en conflicto, o no debería hacerlo. Y cabe pensar que las declaraciones de algunos ultraconservadores ingleses no serán tenidas en cuenta por las gentes sensatas, muchas, de Inglaterra. El órdago oculta el gran interés de algunos por las oscuras tramas e intereses que se realizan en Gibraltar, espacio donde, por cierto, trabajan 14.000 españoles.

Europa, esta Europa de meros intereses, pura economía, reino del dinero sin límites en manos de unos pocos. Esta no es la Europa que queremos, pero otra Europa es posible, la de los ciudadanos más allá de lenguas, razas, territorios e intereses. Una Europa social donde todos libres tratemos de ser cada día más iguales y fraternos. Que a estas alturas de la historia mentes enfermas llamen a rebato traduce perfectamente cuál es la idea que algunos tienen de la construcción europea.

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