Los momentos más creativos de la democracia rara vez ocurrieron en las sedes de los parlamentos. Por Cándido Marquesán

Firmas de opinión

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de Instituto

Nuestros dirigentes políticos, en connivencia con los medios de comunicación, pretenden convencernos de que estamos disfrutando de un sistema democrático pleno, instaurado tras un modélico y exportable proceso de transición, basado en: una Carta Magna producto del consenso de las principales fuerzas políticas, que reconoce la soberanía del pueblo español, e instaura un Estado social y democrático de derecho con una amplísima declaración de derechos civiles, políticos, sociales y económicos; además de elecciones libres con sufragio universal, libertad de expresión y de información,  y pluralismo político. Mas la realidad actual es muy diferente.

El gobierno nos está imponiendo irresponsablemente unas políticas sin consulta alguna, que estuvieron ocultas en su programa electoral y que están produciendo un gravísimo daño a la gran mayoría de la ciudadanía española, para  beneficio de una minoría. Existe una explicación. Susan George avisa que «lo importante no es el coche oficial de los políticos, sino que el Estado gobierne para el mercado». Y como su voracidad es inagotable  “Los españoles son ratas de laboratorio para ver cuánto castigo toleran sin rebelarse”. “Eso puede alentar al fascismo.”

Es evidente que  las decisiones no surgen del pueblo soberano, muy al contrario, provienen de las élites financieras y empresariales, que al seguirlas a rajatabla los gobiernos, se convierten en sus mayordomos. Por ello, están más atentos a los mandatos de los banqueros que a los de los ciudadanos.   Siendo ministro de Fomento, José Blanco, dijo  “Aceptar la dación de viviendas en pago de las hipotecas pondría en dificultades el sistema financiero”.   La  reforma laboral y de las pensiones han sido impuestas desde determinados poderes económicos y financieros. Con estas actuaciones los gobiernos pierden la legitimidad de las urnas.

Tal como señala Juan J. Linz en su libro La quiebra de las democracias, la legitimidad de un régimen democrático está dada por la creencia y confianza de la ciudadanía en él, y supone dos dimensiones: eficacia, que es la capacidad de un régimen para encontrar soluciones a problemas básicos y efectividad, que es la capacidad para poner en práctica las medidas políticas formuladas con el resultado deseado. Legitimidad  es igual a eficacia más efectividad. Existe una relación constante entre estas tres variables, influyendo sobre la estabilidad y el rendimiento del régimen. Vistas la eficacia y la efectividad de las políticas del gobierno actual, desaparece su legitimidad. Tal carencia provoca un grave problema: ¿quién es responsable? Si una de las cualidades de la democracia es la capacidad ciudadana de exigir cuentas a quien ostenta el poder, actualmente hay un vacío de responsabilidad ya que las medidas se imponen desde esferas donde la voz ciudadana no tiene acceso. Y así es muy factible la quiebra total de nuestro sistema democrático. Por ello, son lógicos determinados juicios emitidos por expertos filósofos, sociólogos, historiadores que califican nuestro sistema político actual de un auténtico fascismo o cuando menos en proceso de advenimiento. Para Boaventura de Sousa Santos  se está produciendo la emergencia del fascismo societal. No es  el fascismo de los años treinta y cuarenta. No se trata  de un régimen político sino de un régimen social y de civilización. Es un fascismo pluralista. Las principales formas de la sociabilidad fascista son las siguientes.

El fascismo del apartheid social implica la segregación de los excluidos dentro de una cartografía urbana dividida en zonas salvajes y zonas civilizadas. Estas viven bajo la amenaza constante de aquellas y para defenderse se transforman en castillos neofeudales, en  urbanizaciones privadas. El fascismo del Estado paralelo que actúa con una doble vara, una para las zonas salvajes otra para las civilizadas. En estas últimas, el Estado actúa democráticamente, como Estado protector; en las salvajes de modo fascista, como Estado predador. El fascismo paraestatal resultante de la usurpación por parte de poderosos actores sociales, de las prerrogativas estatales de la coerción y de la regulación social, en connivencia del Estado.    El fascismo de la inseguridad, que se sirve de la inseguridad de las personas debilitadas por la precariedad del trabajo o por acontecimientos desestabilizadores. Tales niveles de ansiedad y de incertidumbre respecto al presente y al futuro rebajan el horizonte de expectativas y crean la disponibilidad a soportar cualquier sacrificio. Y el fascismo financiero el de los mercados de valores y divisas, de la especulación financiera. Es el más pluralista: los movimientos financieros son el resultado de las decisiones de unos inversores individuales e institucionales mundiales y que, de hecho, no comparten otra cosa que el deseo de rentabilizar sus activos. Es el más virulento ya que su espacio-tiempo es el más refractario a cualquier intervención democrática.

Es urgente luchar por recuperar la democracia y así embridar un capitalismo que mantenga el Estado del bienestar. La izquierda, la de verdad, tiene que reaccionar y organizarse para evitar estos retrocesos y seguir avanzando. Tarea no fácil. Las conquistas políticas y sociales han llegado  tras luchas colectivas y mucho sufrimiento, ya que las clases privilegiadas solo hacen concesiones movidas por el miedo. Y  ahora no lo tienen. Al respecto   me parecen muy ilustrativas y esclarecedoras las palabras del gran historiador Josep Fontana: “Desde 1789 hasta el hundimiento del sistema soviético las clases dominantes europeas han convivido con unos fantasmas que atormentaban frecuentemente su sueño: jacobinos, carbonarios, anarquistas, bolcheviques…, revolucionarios capaces de ponerse al frente de las masas para destruir el orden social vigente. Este miedo les llevó a hacer concesiones que hoy, cuando no hay ninguna amenaza que les desvele-todo lo que puede suceder son explosiones puntuales de descontento, fáciles de controlar—, no necesitan mantener.” Por ello, estimo que si las instituciones políticas existentes no sirven para dar respuesta a las aspiraciones de amplios sectores de la ciudadanía, es necesario reformarlas o crear otras. ¿Para qué sirve el Senado? Hasta que esto ocurra, es legítimo y democrático actuar pacíficamente al margen de ellas en la calle. Una sociedad democráticamente sana puede y debe mostrar su protesta y su indignación en la calle. Cuando la gente pacíficamente toma la calle, para hacerse oír, es porque quiere cambiar las políticas públicas. Y esta actuación es otra forma de democracia; la democracia de movilización que está cuestionando, sin querer suprimirla, la democracia representativa de los gobiernos, parlamentos y partidos políticos. Así lo hizo el 15-M, manifestándose pacíficamente y en pro de más democracia.

Como ha escrito Luis I. Sandoval “Para Eric Hobsbawm ‘las marchas callejeras son votos con los pies que equivalen a los votos que depositamos en las urnas con las manos’. Y es así, porque los que se manifiestan eligen una opción, protestan contra algo y proponen alternativas. La acción colectiva en la calle, como acto de multitud o de construcción de un discurso, expresa una diferencia u oposición, muestra una identidad, y se transforma de lo particular a algo más general y cuando se mantiene en el tiempo se convierte en un movimiento social. La historia nos enseña que si en la sociedad democrática no se produjeran estas oleadas de movilización por causas justas no habría democratización, es decir, no habría la presión necesaria para hacer efectivos derechos reconocidos constitucionalmente, ni la fuerza e imaginación para crear otros nuevos”.

Todo esto les resulta difícil de entender a nuestros representantes políticos. Con frecuencia, las sociedades se incomodan con los movimientos y aún los consideran peligrosos y nocivos. Solo cuando triunfan reconocen sus bondades e integran sus conquistas a la cultura e institucionalidad vigentes. Ardua tarea, a veces se necesitan siglos para alcanzar algunos derechos: jornada laboral de 8 horas, descanso dominical, sufragio universal, igualdad entre hombre mujer. En definitiva, con movilizaciones se han civilizado y avanzado las sociedades que hoy conocemos como modernas y democráticas. Según de Sousa Santos “Los momentos más creativos de la democracia rara vez ocurrieron en las sedes de los parlamentos”. Ocurrieron en las calles, donde los ciudadanos indignados forzaron los cambios de régimen o la ampliación de las agendas políticas.

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