Meditación sobre la feria de las vanidades. Por José Luis Rodríguez García

Firmas de opinión

Jose Luis Rodriguez García
José Luis Rodriguez Garcia, Catedrático de Universidad

Puede parecer desalmado que confiese mi coyuntural descreimiento de la política porque, como muchas otras personas, estoy irritado contra los procedimientos que se han convertido en usuales en la praxis social. Casi todos los dirigentes que parlotean lo hacen, por lo que me parece, sometidos a argumentarios que no se creen y que les dificulta razonar en consecuencia. La política se ha convertido en el basurero de las mediocradidades. Es terrible: la potente argamasa de la corrupción nos sepulta, las declaraciones de unos y otros nos arrojan al abismo del estupor, Rajoy se mantiene y en alza, el proyecto de una transformación medianamente orientada por el ideario socio-comunista acepta su hundimiento, los estúpidos que se han reivindicado como frontera para detener a la insultante e impresentable M. Le Pen desde posiciones de izquierda se encogen de hombros, al socialismo se le ha agotado el diesel…

Ahora bien, no me parece inoportuno plantear lo siguiente: ¿es sólo propia de los políticos esta indecencia que he relatado con brochazos exagerados? Por lo que leo, casi todos los actores de esta comedia –que a mí me parece más bien un sainete- entienden que se mueven en una feria de mascaradas y guiñoles. Bien, convertimos nuestra vida social en una Feria. La vida socio-política como Feria. ¿Sólo en el oscuro universo de la política?

Quiero reflexionar con ustedes sobre el mundo de la cultura donde también nos encontramos con rajoys, con hernandos, con sáncheces, con riveritos, con inevitables garzones que se multiplican… Y es que te tengo la impresión de que también en este mundo que parece vacunado contra la desidia, la vagancia y el engaño se reproduce aquello que nos provoca la irritación cuando hablamos de los personajes que  nos roban diariamente. En fin, no quiero recordar lo que ya dijeron hace décadas Bénichou, Escarpit o mi inolvidable y juvenil Lukács. Porque lo revelador es que exista un nefasto mimetismo entre políticos e intelectuales…  No digo entre política y cultura –dedicaciones ambas que debieran provocar al menos respeto-, sino entre políticos e intelectuales, concediendo aventuradamente que unos y otros parecen empeñados en aliviar nuestras congojas-. En fin, me voy a arrojar al mar encrespado y que el Diablo me proponga un pacto…

Sabemos que el universo de la cultura es tan complejo como el de la política. En éste existen gentes abnegadas, casi heroicas, grupos de canallas y multitud de personas entregadas a buscar soluciones a los problemas de la ciudadanía. Y en el horizonte de la cultura se reproduce un cercano esquema, si no peligrosamente similar. Es de lo que me gustaría conversar con ustedes.

Y entonces, cuando me aproximo al problema, reconozco que hay al menos tres grupos de agentes de la cultura, empeñados en transformar el mundo –a su antojo-. Me atrevo a proponer que un primer grupo está inspirado por el antojo de elaborar una obra sobre cuya duración ellos mismos ponen en cuestión: debo confesar mi admiración sin límites por estos navegantes que vivieron entre la conciencia de su limitación y la alegría de su esfuerzo. Acaso sea preciso fotografiar identidades y podría dictarme decenas de sombras amigables. Cito dos: Spinoza, Blanchot… Renunciando a merecidos oropeles nuestro compatriota, silencioso y esquivo en su casita holandesa, esperando, y se permitirá la licencia, la aventura que fabulara De Quincey… Blanchot: inolvidable para mí, agreste, indomesticable, desaparecido, una especie de astronauta en el mundo de la elegancia estúpida de la intelectualidad grosera –y que movilizó desde su deshabitado claustro a la inletectualidad francesa para la firma del Manifiesto de los 121 a propósito de la insumisión contra la guerra de Argelia-. Un segundo grupo –y no pretendo establecer, lo repito, una sociología de la conciencia y actividad intelectuales- estaría marcada por quienes pretendieron favorecer su prestigio para apoyar opciones políticas. ¿Nombres…? Claro, Sartre, Foucault, y, entre nosotros, españoles, Unamuno y Ortega… Intervinieron en los avatares de sus patrias: pero jamás aseguraron que eran los más listos del mundo, nunca usaron su notable grandeza para asegurar que sus dictámenes tenían carácter vaticanal. Las más de las veces hablaban como ciudadanos, aunque, es cierto, amparados en su prestigio intelectual. No decían ni escribían que tenían razón: se limitaron a provocar a la ciudadanía para que se exaltara.

Pues bien, estos dos grupos aludidos han sido sepultados por el eficaz vampirismo del tercer grupo de la prolífica intelectualidad, asunto al que me quiero referir ahora. En verdad que tenemos ahora instrumentos que nos facilitan el análisis… Hace siglos o décadas quien quisiera acercarse al análisis de lo que ahora me ocupa se encontraba con monumentos auto o biográficos que eran ciertamente maravillosos. Liszt resucitando a Chopin para la inmortalidad, Chautebriand brindándonos una de las obras más estremecedoras del XIX y, en fin, dietaristas sin número que dejaban huellas para caracterizar ese mundo al que pertenecían… Pero era en verdad escasos, aunque algunos pretendieran una pétrea monumentalidad: me pregunto por qué no releemos una y otra vez a Giorgio Vassari. La situación es en estos momentos sumamente distinta. ¿Por qué? Acaso es que haya ocurrido verdaderamente un cataclismo socio-cultural que nos costará calibrar porque la hegemonía de las redes sociales y las posibilidades que ofrecen a unos y otros, a unas y otras, de opinar sobre lo divino y lo humano, ha venido a alterar los parámetros de la consideración cultural y del rigor requerido o supuesto a las ofertas culturales.

Así, lo que era tradicionalmente un mundo revisado por criterios asentados, aunque discutibles –como nos recordaba hace bastante años Bourdieu en Las reglas del arte-, se ha transformado en un pandemonium de griteríos o susurros. Y al silencio meticuloso de muchos y a la oferta paciente de otros muchos le ha sucedido una soberbia e insoportable feria de las vanidades. Ya sé que no conviene generalizar, pero permítanme ustedes que lo haga un tanto lejana y socarronamente.

Y es que, en primer lugar, la atención a las redes, donde se prodigan escritores, filósofos, pintores, articulistas y, en fin, toda la trama del zoológico cultural, pone de relieve algo que no puede por menos de llamar la atención. Se trata de la infinita proliferación de genios creadores: si comparamos nuestro horizonte actual y la etapa de los Renacimientos o de las Ilustraciones pareciera que hay que reconocer que hemos llegado a la realización del Parnaso. Innumerables navegantes hablan de sus virtudes, bien porque ellos mismos lo destacan, bien porque en lugares remotos o cercanos gentes de muy distinta procedencia les han confesado la admiración que sienten por su último libro, por la magnífica conferencia pronunciada… Resulta estomagante que toda la profusión adjetivadora suela ir acompañada de comentarios sobre su última aparición pública o intervención del remitente, que, como resulta esperable, provocó aplausos y lágrimas contenidas al público asistente. Poco podría objetarse porque hay que reconocer que los medios de propaganda cultural abundan hasta la extenuación en el saludo a la decenas de genios que surgen cada semana del humus terrenal y que con tantísima frecuencia son saludados como la gran promesa del siglo, cuya influencia perdurará hasta la desaparición de la humanidad como luminaria que indica cuál deba ser el camino para superar la pasada mediocridad… De modo que el destino del activista cultural no es otro que el de convertirse en un vanidoso de platino que, durante algunos meses, observará desde su atalaya al resto de mortales y compadres hasta que surja del abismo otro Genio que le destronará de inmediato y sin piedad. Fue hace años cuando V. Moreno publicó un libro desopilante que bordeaba con muchísimo acierto este asunto –se titulada De brumas y de veras y siempre lo que recomendado encarecidamente…

Así ocurre en una dinámica muy semejante como se me ocurría sugerir al principio de estas líneas al mundo de la política. Al menos al mundo de la política que yo he vivido: he asistido al nacimiento programado de tantos líderes y al ocaso de los mismos que podría calibrar la ligera frontera que discurre entre el euforia desmedida y el doloroso bacatazo. Pero lo dejaré para otro día si hay ocasión…

Segundo asunto… No me parece mal que alguien se presente como Genio. Dalí lo hizo durante casi toda su vida y es un pintor que tan solo merece aprobado. Goethe no lo hizo jamás, aunque ejerciera de orientador. A Buñuel, que yo sepa, nunca se le ocurrió adocenarse en semejante estupidez y a Sartre, eterno y curioso polemista, jamás se le ocurrió compararse con Gide. Corto la pobre retahíla de referencias… He de reconocer que el activista cultural necesita una mecánica para proyectar lo que entiende que es su vida. Hay una mecánica sociológica de lo cultural muy semejante a la de la política –cercanías, complicidades-. Me parece aceptable. Lo que me sorprende, siguiendo con esta modesta meditación, es el funcionamiento de oficinas de valoración que consagran una Obra desde púlpitos menores que, sin embargo, resultan suma-multiplicados gracias a las redes. La cristiana multiplicación de panes y peces se convierte en multiplicación de mensajes sobre los elogios merecidos por este verso, por esta composición, por esta incomparable demostración… No es inoportuno que se aireen las glorias de uno mismo o de quien pasaba por mi lado: pero lo que me resulta extraño es que jamás se agregue la razón por la que Yo soy muy bueno –que debe ser una valoración de Cristiano- o el motivo por el que se supone que los habitantes del XXII me seguirán admirando. Acaso es que ya no existan criterios de valoración… El gran Tacqueray sospechaba algo de esto hace casi dos siglos: el criterio de genialidad debiera concederlo la presencia de un ánimo socio-moral de la obra considerada –lo que es discutible, pero un motivo al fin y al cabo-, pero nada de esto sucede, ni lejanamente, en el caso que me ocupa.

Entonces, ¿por qué consideramos la grandeza de una obra? Considerando multitud de críticas, y algunos libros, y los telegramas vomitados por las redes sociales, he de reconocer que la carencia de indicaciones sobre valores estéticos o morales resulta reveladora. ¿Qué predomina entonces? El principio inquebrantable de la amistad –ahora se denomina cuñadismo -según voy entendiendo-, comprimiendo el mundo de lo cultural al microbarrio de mis apetencias y familiaridades, la supuesta valentía para exhibir mi intimidad, ese auténtico delito que le sublevaba a Bauman, la osadía para situarse en la cumbre del Olimpo sin temor ninguno a la ridiculez de nombrarse mariscal del ejército de la cultura… Ahora, la validez de una obra parece ser evaluada según los kilómetros recorridos por el autor o autora, por los aplausos merecidos en un encuentro del que se transmiten fotografías por alguna red social, por la reiteración de selfies con un fondo culinario o callejero cono frecuencia, por la remultiplicación de breves panegíricos en cartas al director o en mensajes recibidos por el Genio que se encarga de multiplicar en un ejercicio que le debe costar horas de insomnio… Nada que oponer a la irrupción de nuevos cauces de orientación crítica. Pero mucho que opinar sobre la validez y consistencia de las  flechas de selección en este en verdad micromundo informático que parece transmitir la impresión de una opulencia democrática cuando acaso no sea sino la parafernalia de la banalidad… A propósito de esto que digo, como  modesto voyeur de la vida cultural, acaso debiéramos solicitar una muy breve meditación a Murakami: seguro que se encogería de hombros…

Feliz estaría de que se me contrariara oportunamente… De que se observara que el objeto de mi meditación es tan viejo como nuestra Cultura –eurocéntrica y mortecina-. Nada que objetar: la egolatría del Genio sólo es comparable a la del iluso político que desfila al sonido de la exuberancia de Beethoven cuando mejor sería que lo hiciera con algunos sones del trágico Berlioz-. Cierto. Siempre existió un imperial Platón. Pero también es preciso reconocer que siempre anduvo por los andurriales de los barrios un Diógenes harto de la política, puesto que su padre fuera un corrupto, y de la Feria de las vanidades. Acaso Sanonarola lo entendiera cuando a comienzos de 1497 convocó a la hoguera de las vanidades en su amada y contrita Florencia: en aquel martes de carnaval el pueblo y los artistas –y por allí andaba Botticelli- se vengaron de los vanidosos. Creo que se trató de un error, de un exceso monumental. Pero no puede negarse que pretendían alterar la conciencia misma del Genio, desescombrar su soberbia. Difícil tarea. Lo comprobamos hoy… Pero, como decía aquel, habrá un día…

Saludos y buena suerte.

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