Del pensamiento binario. Por Manuel Delgado

Firmas de opinión

Manuel Delgado
Manuel Delgado, Profesor de Instituto

Al comenzar el otoño cerré la cuenta en el Facebook un poco por mis aprensiones conspirenaicas, vaya, conspiranoicas, o como quiera que les llamen, y otro mucho porque me producía cierto malestar que no supe definir. Una amiga me lo recriminó “porque esto es para saber unas de otros” pero, aún así, sólo encontré motivo para abrir nueva cuenta hace un mes al comprobar que si no tienes cuenta no puedes leer escritos de gentes que te interesan y usan su muro a modo de blog. Y, ahora sí puedo decir qué me produce esa desazón que no supe definir.

¡Hay tantos mensajes unidimensionales! Tal y como aparecen o, por mejor decir, tal y como los redactamos o presentamos, requieren adhesión o rechazo; dan por supuesto que lector sabe, conoce o comparte y le pedimos un sí, un difúndelo, un busca más cómplices. Son mensajes que no admiten otra perspectiva que la del que los escribe, pero en plano y excluyente: se refieren a un asunto puntual y sólo me dejan la adhesión emocional…  A ver si con un ejemplo me explico mejor (y espero que no se ofenda nadie): “ayer recogí este gatito en la carretera, aterido, asustado.. me haría cargo de él pero ya tengo a mi cargo tantos otros, etc” Quien pone el mensaje requiere tu implicación inmediata y, supone la compasión debida a todas las criaturas. Otros, un poco más bellacos, suponen que, como todos estamos indignados por las malas acciones de alguien, también tenemos que sentirnos contentos porque ese alguien haya sufrido una desgracia que en nada aclara sus delitos ni permite que la justicia actúe para compensarlos, y evitar los de otros en el futuro. Esa trampa, tan voraz de nuestras conciencias, la que desde las teles, las radios o la prensa,  se expande como peste bubónica, se acrecienta en ese Facebook aunque pueda parecer que la combate por inversión de los términos (quiero decir porque atribuye los papeles de nobles y villanos especularmente). La trampa que muchas han denunciado con mejores palabras que las mías está en que no hay argumento, sólo la emoción de estar dentro o fuera del grupo.

¡Uff, ya sé por qué me desazonaba esa red! Me recordaba aquél desasosiego que me cerró la perspectiva optimista, ingenua tal vez, de la posibilidad de compartir adhesión con discrepancia; poder sentirme parte de un grupo a la vez de percibir personas singulares en él y, como singulares y únicas, cada una con sus bien diferentes maneras de explicar lo que entre todas proyectábamos hacia fuera del grupo; lo obvio eran nuestras diferencias y el esfuerzo quedaba para encontrar lo que nos unía. Y sí, aquello era en el ámbito de la política y, sí, me duró no sé si mas de cuatro años. También he de decir que sólo por juntarnos ya éramos un objetivo de caza para la Brigada político-social que doy fé de que existió en este país y de ella no he sabido nunca si se extinguió. Porque en el 85 quien fuera uno de sus comisarios se convirtió con el Presidente González en el principal jefe del Ministerio del Interior, y hasta el mismísimo presidente defendió sus convicciones democráticas, las del Comisario Martínez. Y hasta aquí de recuerdos desasosegantes…

Decía que en aquel pequeño entorno de los llamados “carrillistas” (¡toma ya, etiqueta!) el debate era de sí o sí, y pasó a ser lisa y llanamente exégesis y entusiasmo por la verdad revelada, sin tan siquiera los matices que permitía ya la iglesia romana en la exégesis bíblica. Fue cuando lo de la monarquía democrática o la democracia monárquica y, después, los pactos de la Moncloa. Los mencheviques de entonces quedamos como en el 17 soviético: condenados sin posibilidad de defensa. Con la paradoja de que los bolcheviques del 77 nos habían pasado por la derecha un montón de pueblos.

Ahora, al parecer, todos sabemos dónde están los cuarteles de la derecha, y, algunos, saben dónde está la izquierda, la verdadera, mientras otros saben que son la izquierda, y muchas otras gentes nos preguntamos si eso es de algún interés. Pero unos y otros nos reclaman su adhesión, demostrada con un clik en el “me gusta” y, mejor si añades comentario y escribes, ¡fenomenal!, o “así sí”, “contigo para siempre” y, naturalmente compartes enlace para que aquél aparezca en tu muro. En la jerga de entonces, es evidente que mi desasosiego me viene de ser un “pequeñoburgués” fracasado en mis intentos por trepar en la escala del poder, o para troskistas lacanianos -que los hubo- pudiera ser una deconversión de los sentimientos de culpa por mi nacimiento proyectados contra etc. , eso sí: de carácter autodestructivo. Pero de estos últimos me libré pronto gracias a la prolija y emocionante literatura de Foucault. De los primeros me costó más, aunque venía vacunado de casa con pequeñas lecturas de Marx, de Gramsci, o del mismísimo Vladimir Illich Ulianov (Lenin para abreviar) y otras anteriores que me guardo. El asomarme a los escritos de aquellos gigantes me había permitido sortear las trampas, por no decir la trampa, de catecismos como el de Marta Harneker y sus secuelas escolásticas de corte althuseriano entre nosotros. Escritos que proliferaron en medios universitarios y en grupos de izquierda-izquierda que producían el mismo efecto que muchos de los muros del Facebook ahora: sí o véte. Debe ser la maldición bíblica contra los tibios, vaya contra los que nos consideramos con derecho a ser personas singulares y únicas que coincidimos en algo con otras igual de singulares y únicas, y menos con aquéllas.

Con todo pienso seguir con el Facebook por tener noticia de amigas, o de gentes que no conozco más que de sus escritos de dentro y fuera de la aplicación. Eso sí, cada vez que me asomo a mirar busco a las personas que hay detrás de esos mensajes tan, a veces, imperativos y cuido de evitar mensajes autoadhesivos. Con todo, más de una vez me estrello contra mensajes que me piden un aquiescencia que rebasa el motivo particular; lo vivo como si me dijeran: hazlo o ya no eres mi amigo.  Aunque peor que eso es recibir ese tipo de mensajes en la asamblea ciudadana o en la barra del bar, donde no haya cristal de pantalla que pueda disimular tu gesto de contrariedad ante la extorsión que estás sufriendo, y se acrecienta al comprobar que la otra persona considera normal proponerte así cualquier asunto. Ignoro si el Facebook tiene poder conformativo, y confío que los millenials, esos que nacieron con el ratón en la mano, dispongan de vacunas y no vivan ese brutal juego del sí o no a todo y nos ayuden a los anteriores a proponer mensajes sin adhesivos, porque estas redes virtuales son, o pueden ser, herramientas de acercamiento y disenso entre iguales, enriquecer nuestras miradas y sentirnos en un mundo habitable.

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