Aragón, en un verano italiano

Por Margarita Barbáchano. Periodista y escritora

Margarita Barbáchano
Margarita Barbáchano: Jefa de Redacción:

Hacía muchos años que no regresaba a Italia, y reconozco que ha sido una agradable sorpresa volver a encontrarme con las curiosidades del sur de esa península alargada, elegante y sofisticada. Desde el ojo de pez del avión me sorprendió de entrada lo montañosa y verde que es. Con el imponente Vesubio reinando en el horizonte y las cordilleras altivas que se suceden sin interrupción de los Apeninos a los Alpes. Un país fértil, mimado por los dioses con unos paisajes espectaculares. Y la presencia siempre constante del mar con sus bahías inmensas y sus cabos defensivos.

En Nápoles, con un calor vertical que ablandaba el cerebro, decidimos meternos en el impresionante Castell Nuovo para huir del sol y buscar la sombra fresca de sus muros medievales, plenos de historias, leyendas y traiciones. Nos dejamos llevar por las explicaciones de un joven guía italiano, pero con un español perfecto, que se alegró de que fuéramos aragoneses: “Este enorme castillo lo construyeron los aragoneses durante el reinado de Alfonso V de Aragón, y luego de su único hijo Fernando I”, nos dijo para que lo admirásemos con orgullo. En esa época fue reforzado para resistir el embate de la nueva artillería, y también se construyó el arco triunfal que adorna la puerta principal, integrado en dos espectaculares torres almenadas y cilíndricas. Construido en 1470, es todo de mármol blanco de un solo lado, para conmemorar la entrada triunfal de Alfonso V de Aragón en la ciudad de Nápoles. La escena está flanqueada por columnas corintias, mientras que la escultura de primer nivel representa una cuadriga triunfal que conduce a Alfonso en el desfile. El centro tiene un escudo con los símbolos del reino de Aragon. El friso de debajo dice: ALFONSVS REX HISPANVS SICULVS ITALICUS PIVS CLEMENS INVICTUS.

Y como los reyes eran muy chulos, en uno de estos frisos está representada su concubina, de frente y mostrando coqueta su vestido, entre los nobles de la corte. Su hijo Fernando I está en el friso contrario de la mano de nodrizas y caminando al lado de la carroza de su padre. Entre las cosas curiosas que nos contó el guía llama la atención la modernidad de las medidas recaudatorias del rey aragonés. Se necesitaba dinero para abordar ampliaciones en el castillo y para no esquilmar más al pueblo ni a los nobles (la iglesia no se tocaba, como siempre) dio orden de que todas las prostitutas de Nápoles pagaran un nuevo impuesto que suponía los tres cuartos de sus ganancias. Las arcas reales parece que se llenaron.

En la parte baja del castillo, en habitaciones enormes, sobresalían unos pozos cerrados en el suelo con celosías de hierro y allí echaban a los nobles traidores o que conspiraban contra su hijo Fernando. El método era expeditivo: los hacinaban en lo más hondo sin comida y sin agua hasta que murieran; pero pasó algo extraordinario; y es que como el castillo está rodeado del mar por alguna grieta se colaban unos cocodrilos que las mareas oceánicas habían arrastrado hasta la bahía de Nápoles. Así que en poco tiempo los cuerpos desaparecían sin dejar rastro y los cocodrilos volvían a su escondite. El Rey presumía siempre de que no había cadáveres en sus mazmorras ni en su reino.

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