La fe

Por Rufino Olmos

Reconozco mi distancia intelectual de todos aquellos que centran su vida en creencias en seres superiores. Pido perdón por ello, pero mi nivel de razonamiento no llega a comprender que los destinos universales sean guiados por divinidades invisibles ¿Qué es ese don del que carezco? ¿Qué es ese don que me impide resolver mis dudas a través de dogmas implacables, indiscutibles, indemostrables? Creo que le llaman fe, una de esas tres virtudes teologales, las otras, la esperanza y la caridad, me convencen más, son más reales. Esperanza para la justicia, el amor y la paz. Caridad para acabar con la miseria, la pobreza y el hambre.

No acierto a comprender el significado del discurso de unos predicadores disfrazados de espíritus santificados, que presumen de representar poderes extraterrenales. Una prédica basada en un supuesto mensaje revelado, un sermón adaptado a un interés bastante mundano, una arenga para cautivar y motivar a sus más fieles seguidores.

Me acuso de no estar en esa dimensión, de no alcanzar a comprender ciertos misterios. Me acuso de creer en la ciencia, en los datos objetivos, en los hechos demostrables. Me confieso por no participar en adoraciones a reyes proclamados a través de ocultos designios.

Me acuso de creer en los derechos de los seres humanos por encima de cualquier ley supuestamente divina. Pido perdón por seguir los dictados de mi conciencia en la búsqueda de un mundo mas justo y solidario, por creer que esa justicia debe llegar a todas las personas mientras están vivas. Me acuso por condenar el mensaje del sufrimiento para alcanzar la felicidad eterna. Me confieso por intentar defender a los más desfavorecidos y ayudarles a buscar su bienestar en este mundo y no en paraísos inventados.

Me acuso de despreciar la hipocresía. De rechazar las lecciones de amor fraternal de los explotadores, de los que los defienden y de los que los protegen.

Me acuso de acusar, porque no quiero caer en la arrogancia de creer que yo sí poseo la verdad.

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