Profesionalización de la política igual a perversión. Por Cándido Marquesán

Firmas de opinión

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de Instituto

En muchos partidos políticos, podemos observar unas trayectorias biográficas muy parecidas. Empiezan colocando carteles en las elecciones, llenando los pabellones deportivos en los mítines de los líderes del partido, unos cuantos son colocados estratégicamente detrás o alrededor de la tribuna para dar sensación de que es un partido intergeneracional.  Por supuesto, dicen  amén a todo lo que se les ordena desde arriba. Aquel que discrepa, que tiene criterio, ideología, lo tiene difícil de prosperar en un partido. Prospera el de amén y vota en los congresos lo que le dicen jerárquicamente desde arriba. Si le dicen que es de noche a las doce de un día soleado de agosto, no tiene problemas lo dice y además con tanta vehemencia que hasta parece convencido. Así pronto en la lista municipal. Sale concejal. Al poco dirige las Juventudes Socialistas   o las del PP de su pueblo, con suerte vocal en las de la provincia. Y entra en la ejecutiva provincial.  Va adquiriendo curriculum. Si sabe moverse, por supuesto con el susodicho amén, amén, amén a todo lo que se le diga de arriba, es factible que le pongan en la lista para las elecciones autonómicas. Si es elegido, sigue escalando en ejecutivas e incluso accede a alguna dirección general o consejero a nivel autonómico, Más adelante, si sabe moverse entre bambalinas, lo que significa haber eliminado a contrincantes de sus propias filas con medios no muy éticos, entra en las listas para diputado nacional. Si es electo, ya está instalado de por vida. Les recomiendo analicen la trayectoria del que fue portavoz de la Gestora del PSOE.  O García-Page o Susana Díaz, o algunos concejales del PSOE actual en el Ayuntamiento de Zaragoza. Lo mismo puede decirse del campo de los populares: Rafael Hernando, Ramón Moreno o Jorge Azcón.  No han hecho otra cosa en su vida que dedicarse a la política. No sé si es porque no saben hacer otra cosa.  Viene muy bien la siguiente anécdota. Felipe González, estando en la bodeguilla comentó que le estaba pasando por la cabeza disolver las Juventudes Socialistas. Le replicaron extrañados. Y contestó. “Muy sencillo. Cualquier joven se apunta a las Juventudes Socialistas de su pueblo, se presenta a las elecciones municipales, sale concejal, a la siguiente diputado autonómico, a la ejecutiva provincial o autonómica; a la siguiente diputado nacional, y vida resuelta.”

Insisto que esta experiencia descrita es extrapolable a la mayoría de los partidos políticos españoles. Esto es extraordinariamente grave para la política, una de las actividades más importantes del espíritu humano. De aquellos antiguos partidos ideológicos, que eran a la vez partidos de clase y sectoriales, con el tiempo se evaporó toda huella de vida, la figura del líder del partido desapareció y paulatinamente fue sustituido por el nuevo prototipo del político de carrera profesional. Todos los políticos profesionales componían el campo de la política y sus referentes eran los políticos profesionales de los otros partidos políticos. Formaban todos una especie de mundo aparte muy bien relacionados entre sí, aunque que para salvar las apariencias mostraba algunas disputas, tampoco muy significativas.

Lo grave, es que la gente empezó a tener la conciencia de que todos los miembros de este establishment político intentaban, y lo conseguían, amoldarse a la nueva élite financiera local, autonómica, nacional o mundial. Un pequeño inciso. ¡Qué buenas relaciones han mantenido todos los ayuntamientos de Zaragoza desde la Transición., con las grandes familias zaragozanas!  Hoy son muy tensas con el actual ayuntamiento, al que califican desde algún influyente medio de comunicación en secreto como unos esgarramantas,  según señala J.M. Martí Font en su libro La España de las ciudades. El Estado frente a la sociedad urbana. Prosigamos. Los políticos profesionales mantenían un estrecho contacto con estas élites, mientras que perdían el contacto con los ciudadanos. Para colmo, diseñaron un lenguaje hermético para justificar sus políticas, solo accesible para expertos, por lo que la gente normal dejó de escucharles.

Además cabe añadir que los trabajadores y las clases medias bajas llevan un par de décadas estancados o disminuidos sus ingresos y pasando grandes dificultades; situación que resulta irrelevante para la clase política, y por supuesto, a las élites. Aquí tenemos algunos de los ingredientes del brexit, del triunfo de Donald Trump, y del incremento de los populismos de derechas en Europa.

La profesionalización de la política ha pervertido completamente lo que debería ser la Política auténtica, un servicio a la comunidad. Por ello, me parecen muy pertinentes las palabras de Manuel Azaña en un extraordinario discurso, no muy conocido, pronunciado el 21 de abril de 1934  en la Sociedad del Sitio de Bilbao, titulado  Un Quijote sin celada, en el que brinda unas hondas reflexiones de su conciencia como hombre político, sin preocuparle el orden, tal como le vienen a la mente.

Considera la política como la aplicación más completa de las capacidades del espíritu, donde juegan más las dotes del ser humano, tanto las del entendimiento como del carácter. La política, como el arte, como el amor, no es una profesión, es una facultad, que no tiene nada que ver con la elocuencia. La facultad política se tiene o no se tiene, y el que no la tenga, inútil será que se disfrace con todos los afeites exteriores del hombre político, y el que la tiene, tarde o temprano es prisionero de ella. Un hombre político tiene que sentir emoción delante de la materia política. La emoción política es el signo de la vocación, y la vocación es el signo de la aptitud.

Los móviles que llevan a los hombres a la política pueden ser: el deseo de medrar, el instinto adquisitivo, el gusto de lucirse, el afán de mando, la necesidad de vivir como se pueda y hasta un cierto donjuanismo. Mas, estos móviles no son los auténticos de la verdadera emoción política. Los auténticos, los de verdad son la percepción de la continuidad histórica, de la duración, es la observación directa y personal del ambiente que nos circunda, observación respaldada por el sentimiento de justicia, que es el gran motor de todas las innovaciones de las sociedades humanas. De la composición y combinación de los tres elementos sale determinado el ser de un político. He aquí la emoción política. Con ella el ánimo del político se enardece como el ánimo de un artista al contemplar una concepción bella, y dice: vamos a dirigirnos a esta obra, a mejorar esto, a elevar a este pueblo, y si es posible a engrandecerlo.

El problema de la política  es el acertar a designar los más aptos, los más dignos, los más capaces. Tarea ardua. Se fracasaba en los regímenes cuando el llamado a elegir el más apto era o la voluntad de un príncipe, o su querida, o su barbero. La democracia es probablemente y en teoría el mejor sistema para elegir a los más dignos. Aunque nunca es perfecta esta elección. Tristemente lo estamos constatando en la España actual.

La profesión política es tarea sublime e importante, pero tiene sus servidumbres. Un político sufre en su actuación, algo que podríamos llamar una minoración, una mengua de su personalidad moral, y, en cierto modo una pérdida de su libertad. Esta circunstancia se da igual entre sus congéneres que entre los que no lo son. Delante  o en pugna con sus congéneres políticos, si le son adversos está aminorado y reducido y un poco esclavizado: o por la emulación que es en su origen legítima, pero perversa en sus modos; o por la aversión, porque se traslada al orden personal la inconciliable hostilidad de las tesis políticas; o por ser un estorbo, porque a primera vista lo primero que se dice de un político es que estorba, y siempre un político estorba a alguien o a algo. Y si se trata de congéneres adictos también sufre la misma mengua porque, por grande que sea su voluntad, es imposible que un político llegue a ajustarse exactamente a la línea media resultante del sentir, del pensamiento o de las esperanzas de las muchedumbres que le siguen. Cuando se muestra ante los indiferentes, la situación se agrava. Aquí  es hostilidad. Y si estos indiferentes son de alguna manera distinguidos en cualquier disciplina o aplicación del espíritu, entonces el político padece esta mengua: pasa por ser un hombre fanático. Y si estos indiferentes pertenecen a la masa no distinguida, la posición del político es todavía peor, ya que provocará temor o aversión. Lo menos que se preguntaran es qué querrá este individuo de nosotros. Esta experiencia la tienen todos los políticos; es el ser más espiado, más juzgado, más escrutado, mas sometido a una crítica implacable. El político está siempre al borde del precipicio. Y si se cae, la gente dice: “Se le está bien empleado, era un majadero”. Esta situación del político les engendra un complejo de inferioridad, y por ello muchos políticos dicen que son otra cosa e insisten en que ellos a la política no le han dedicado sino los ratos perdidos de la ociosidad; y también se da el fenómeno inverso: que el que es otra cosa, o ha sido otra cosa, o sigue siéndolo, parece que no tenga derecho abandonarla para dedicarse íntegramente a la política. La política no admite experiencias de laboratorio, no se puede ensayar, es un caudal de realidades incontenibles, no admite ensayo, es irrevocable, es irreversible, no se puede volver a empezar. Además un hombre poseído de la emoción política necesita justificarse ante su conciencia y ante la historia. Ambas son relativamente fáciles. Pero hay otra justificación casi imposible, que es la actual, la cotidiana, frente a frente a las masas que esperan del político siempre algo. Y para justificarse ante ellas debe sacrificar frecuentemente su justificación ante su conciencia o la historia.

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