Nacionalismo y Volkgeist

por José Luis Rodriguez García

José Luis Rodríguez García
José Luis Rodríguez García. Catedrático de Universidad

Algo bueno debían tener los tiempos convulsos para paliar el adocenamiento de la manada, que suele alcanzar niveles estratoféricos, y la vaga sonrisa producida por la creencia de que estamos conviviendo con el Mesías: y es que en tales momentos se procede a la revisión de palabras-conceptos, estrategia tan conveniente como necesaria, y así se lo sugería Syme a Winston en la más conocida novela de Orwell. Me parece aventurado establecer los parámetros de la vigencia-caducidad, a la manera como Ortega cifró la duración de una generación o Rawls la conveniente duración del orden legislativo de una sociedad, pero he estado atento a lo que ocurría a mi alrededor desde hace algunos años para reconocer que, como Chomsky ha escrito en numerosas intervenciones, la conciencia es fundamentalmente creadora lo que se traduce en la imperiosa necesidad de rearticular permanentemente la equivalencia entre las cosas-situaciones del mundo y el lenguaje que las representa.

Así ocurrió en los años sesenta, cuando comenzó a circular la jerga neomarxista y situacionista para júbilo de muchos –entre los que me encuentro-, así ocurrió en la España de los años setenta en aquel cruce de propuestas más o menos sibilinas que se intercambiaban la Junta Democrática, la Plataforma democrática y la gente de la calle, y así ha ocurrido con todos los movimientos con intención democrática surgidos en el siglo XXI. Y, al respecto, me llama poderosamente la atención la rápida acuñación de moneda lingüistico-conceptual que ha desatado el movimiento independentista catalán –y no me refiero, claro está, al revisionismo histórico aventado por el Instituto de Nueva Historia o a las declaraciones de señores como Josep Guardiola quien, por cierto, aventura hoy en la prensa que el parlamento catalán es más antiguo que el español, tan sereno el entrenador en una advertencia que hemos escuchado últimamente con machaconería porque ya vamos interiorizando que el Senado romano copió su modelo de las organizaciones democráticas de la antigua Cataluña, el primer estado libre del mundo conocido-. Se me excusará esta liberación de demonios interiores y retorno entonces al asunto sobre el que quiero reflexionar modestamente.

Desde hace meses sigo atentamente, como un cazador derrotado, las redeficiones que se están produciendo. Me he sentido un tanto sorprendido por los disparates provocados por las actuaciones que tuvieron lugar el 1-O centrados en la redefinición del concepto de “violencia”, preguntándome en días recientes si ha provocado más víctimas la actuación del ARE o la precisa enemistad pregonada desde los AIE y que, por ejemplo, en el comportamiento machista de nuestra Ciudad lleva camino de decenas de víctimas –más que la violencia directamente coercitiva ejercida en el 1-0 y, desde luego, en los arrebatados ataques que tuvieron lugar hace pocos meses en Hamburgo con motivo de la reunión del G20-. Por otra parte, me he sentido un tanto sorprendido con la consideración de “golpe de estado” a actuaciones de muy distinto alcance pero en piscina hedionda donde todos parecen buscar presas de calibre: el bibliotecario Naudé fue audaz al definir lo que es eso que llamamos “golpe de estado”, y, si hay algo que sustenta su argumentación, es la indicación de que la revocación de la legalidad vigente no tiene fecha de caducidad en el “golpe de estado”, esto es, si se lleva a cabo una tan deplorable acción no es para interrumpirla dentro, pongamos, de quince días, de un año o de un bienio… Dictador de pacotilla sería el que proclamara un “golpe de estado” para cuatro o cinco meses, porque el espíritu del Príncipe golpista en perpetuarse en el poder con el apoyo de los ensimismados por su astucia. En fin, no voy a insistir que acaso fuera conveniente que uno y otra perdiéramos algún tiempo en la lectura de las Consideraciones políticas sobre los golpes de estado de Naudé, amante de los libros y de los mágicos prohombres que perdieron su vida en la elucidación de los oscuros arcanos del mundo que no llegamos a entender.

Pero quisiera referirme en ésta nuestra conversación a algunos conceptos que proliferan en nuestro entorno y que viene a ser el más peligroso para nuestra convivencia y el orgullo de la ciudadanía y que hanse convertido en monedas de cambio, algo así como los céntimos de los euros vigentes. Creo que estamos atronados por la insistencia comunicativa sobre lo que sea el “nacionalismo” y el “patriotismo” –y dejo a un lado la reflexión sobre lo que signifique “populismo” porque mi salario no me da para facilitar la vida de un psiquiatra-, y a esto quisiera referirme en esta breve y un tanto deprimida consideración.

Poco puedo añadir, lo reconozco, cuando recuerdo algunas de las centrales consecuencias expuestas por Orwell en sus Notas sobre el nacionalismo –publicado allá por 1945-. De modo que me limito a recordar… Pues bien, en páginas memorables aborda el novelista el asunto de la diferencia entre nacionalismo y patriotismo. Ya sé en este segundo concepto no goza de mucha fortuna en España, algo natural dado el abuso que del mismo hiciera el autoritarismo franquista. Pero Orwell no podía tener en cuenta este asunto… Lo que venía a sentar muy claramente es que debía entender por “patriotismo” la actitud de querencia en relación al suelo geográfico en el que uno había nacido sin pretender otra cosa que dejar constancia de su singularidad sin pretender ni presentar ésta como superior a cualquier otra y, desde luego, por lo mismo, sin osar imponerla. Quien esto escribe nació en una geografía de nieves, trigo y cumbres, y reivindico este origen, pero jamás se me ocurrirá advertir a quienes me han recibido hospitalariamente –en Euskadi, en Madrid o en Aragón- que son cobardes, frioleros o cabezotas y que lo mejor que podían hacer era convertirse a los ideales y particularidades de “mi patria” –por seguir con la observación orwelliana-. El patriotismo no busca procesos de inútil conversión: se estima a sí mismo entendiendo paralelamente la pertinencia de otras “patrias” ajenas. Acaso merezca subrayar estas líneas de las citadas Notas… Escribe Orwell: “El nacionalismo no debe ser confundido con el patriotismo. Ambos términos son normalmente usados de forma tan vaga que cualquier definición está sujeta a cuestionamiento, pero uno debe diferenciar entre ellas, pues encierran dos ideas distintas y hasta opuestas. Por “patriotismo” me refiero a la devoción a un lugar en particular y a un particular estilo de vida, los cuales uno cree que son los mejores del mundo pero sin tener la menor intención de forzarlo a los demás. El patriotismo es por naturaleza defensivo, tanto militarmente como culturalmente. El nacionalismo, por otro lado, es inseparable del deseo de poder. El propósito perdurable de todo nacionalista es el de asegurar más poder y prestigio, no para sí mismo sino para la nación u otra unidad a la cual ha decidido someter su propia individualidad”. Me parece que la precisión es clara, contundente: el patriotismo define la calidad del amor por un lugar mientras que el nacionalismo define la necesidad de imponer su singularidad a diestra y siniestra, convencidos los nacionalistas que su peculiar patriotismo está amparada por la firma convicción de su superioridad y, por lo tanto, por la necesidad de convertir al infiel a sus propósitos y dogmas.

El siglo XX fue el siglo de la producción de un peculiar concepto de “nacionalismo”, de esa concepción que abona tal espíritu o vivencia. Porque, como es obvio, el nacionalismo no podia quedarse en una mera declaración de su singularidad. Orwell fue perspicaz: necesita expandirse. Y por esto mismo los teóricos del nacionalismo, llamémosles así, desarrollaron toda su reflexión a garantizar el éxito de un “expansionismo patriótico”. Y a su cabeza se puso un tipejo capaz de engañar al diablo, que confesaba en su archileída obra, fruto de la indignación ante las humillaciones sufridas por su “patria”, que ante la vivencia de las mismas “me convertí en un nacionalista”. Durante muchos años se creyó que el interesante texto, que tituló Mi lucha, fue el delirio de su megalómano, de un sargento reprimido que soñaba con ser el nuevo Bismarck, pero lo cierto es que abonó el pensamiento de toda una generación de intelectuales -ese numeroso grupo al que se refería Bourdieu en su sugerente y breve aproximación a Heidegger y en el que se incluyen Spengler, Sombart, Heidegger o Schmitt entre otros muchos-, encandiló a millones de ciudadanos hasta inocularles el vicio del martirio y la vergüenza de la masacre y, lo que es más grave, enterró una semilla que periódicamente retorna para amenazarnos. Y lo interesante del texto es que abunda con generosidad en la propuesta de estrategias para garantizar la expansión nacionalista. Ah, y no conviene marginar que la organización hitleriana eligió el sonoro nombre de Partido nacionalsocialista.

Tan sólo quiero referirme a dos…

La primera abunda en la consideración de que la “nación” vive apabullada por un exterior a la misma que busca su destrucción dado que ese exterior es consciente de su inferioridad o, si se quiere, de la prodigiosa superioridad de esa “nación” que conviene destruir. En el caso de la Alemania de los años 30, y a raíz, entre otros factores, de la credibilidad obtenida por ese esperpéntico texto titulado Los protocolos de los sabios de Sión que convirtió al pueblo judío en omnipresente en Europa y el mundo, lo que garantizaba la legitimidad de su eliminación y la conquista de toda “patria” donde camparan a sus anchas o simuladores astutos, atizándose las semillas del odio contra este Otro y cuyos resultados son de sobras conocidos. Pero es inocente pensar que este fácil esquema se vino abajo con la derrota de Alemania; ni mucho menos. Porque los nacionalismos que hemos podido vivir, y sufrimos, se han alimentado esencialmente de esta observación, de esta maniquea división… De más estaría recordar algunos insólitos textos de Sabino Arana –diseñador de la ikurriña y autor de numerosas obras poéticas y políticas que están al alcance de cualquiera puesto que la última edición de las mismas data del no muy lejano 1980 y puestas a nuestro alcance por la editorial donostiarra Sendoa-, pero entendamos la consideración de los militantes de la Liga Norte respecto a los italianos del Sur que establece una frontera entre la capacidad y entrega de Lombardía o el Véneto y la vagancia y desinterés de los napolitanos –pongamos por caso-, asunto que, dicho sea de paso resuena de forma muy parecida a las proclamas del actual nacionalismo catalán que considera a sus “patriotas” cultos, diligentes y productivos, y a los habitantes del Ebro hacia el sur ignorantes, consumidores pertinaces del anís El Chichón y más dados al elogio del botijo a la sombra que de la máquina productiva. En fin, que el “España nos roba” es el trasunto remozado del “cuidado con el judío usurero” que impulsó la eliminación del pueblo judío. Y sería igualmente inocente concluir que sólo eran imbéciles quienes se plantearon este asunto porque intelectuales considerados en muchos ámbitos se sumaron al jolgorio que me produce repugnancia. No quiero aludir al enigmático y esquivo Heidegger, personaje que grisea mi oficio, porque, excepto en el Discurso del Rectorado, de un hitlerianismo insultante, siempre quiso esquivar el problema, cobarde socialmente e intelectualmente estúpido –otros colaboradores reconocieron su error y basta-. Pero es imposible eludir el hecho de que intelectuales y escritores se sumaron al impresionante ejercicio de vilipendio emprendido por el PNS. Por ejemplo, Schmitt… No hay distancia entre este orgulloso profesor y la luminaria incendiaria del Führer, y basta con releer El concepto de lo político para tener que corroborar hasta qué límite su reflexión nacionalista esgrimía le necesidad de “crear” un enemigo para justificar que, siendo este inferior, todo estaba legitimado, hasta la violentación del orden democrático. Referencias de ese texto: orden democrático, qué importa, creación de un enemigo –proyección esencial…-, apertura de la guerra para liquidar a los inferiores… Terrible, pero es lo que entonces comenzó a pregonarse. Supremacismo nacionalista xxx y, en consecuencia, eliminación o marginación del Otro.

La segunda estrategia es más peligrosa y cercana. Ese tipejo al que me he referido sabía lo que había que hacer, qué mecanismo debía implementarse para alcanzar los objetivos del predominio nacional-racial. Y en el capítulo de Mi lucha, titulado El estado, abundará en la cuestión: el tema esencial radica en el proceso educativo. El austríaco es obsesivo porque, comenzando a diseccionar los diferentes tipos de “catedráticos” que pretenden enseñar en Alemania, recomienda empeñarse en una estrategia que impida la “bastardización de nuestra raza” y, desde luego, potenciar los esfuerzos para que los elementos nacionales que elevará a estos “lenta y seguramente a una posición de preeminencia”. Citas textuales de este texto fundamental de la teoría política del siglo XX que parecen haberse convertido en manjar de los altavoces mediáticos de los nuevos “nacionalistas”… La inmersión educacional no es, para Hitler, un mero proyecto pedagógico: es la garantía de la eliminación democrática.

Aquí es a donde se debía llegar. No hay otra salida en el horizonte del “nacionalismo”. Singularidad excluyente, guerra al Otro y pedagogía excluyente para los considerados inferiores… Orwell en el horizonte… Leo y releo sus textos, bueno, sus textos en verdad… Sabía mucho del fascismo español y de los sombríos vericuetos del “nacionalismo”. No era un teórico, es obvio. Orwell era simplemente un observador de lo real.

Espero no haberles cansado. Gracias y hasta otro día…

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