En el día de la Constitución española aprobada en 1978.

por Manuel Delgado

Manuel Delgado
Manuel Delgado, Profesor de Instituto

Como hasta los treinta años no pude celebrar “la fiesta nacional” a la manera de Brassens, en estos treintayocho me he empleado a fondo, y raro es que me quite el pijama antes del mediodía. Así, entre otras cosas, me aseguro de enterarme al día siguiente, y por escrito, de las acartonadas palabras que brotan de boca de nuestros políticos, de los de la capital como de los de provincias. Todavía no he leído en aspa las de este año que me parece van a ser todavía más feroces que ningún año (sí, he escrito palabras feroces). Porque seguro que le acechan a la Constitución peligros terribles de los que los padres de la patria la van a ir salvando por el cinco, o con el cinco. Ignoro completamente si los tales salvapatrias se creen una palabra de las que sueltan. De lo que sí estoy seguro es de que ni por un momento están pensando en las personas que con esta Constitución tienen la obligación de cuidar.

Hasta ahora nos tenía ya malacostumbrados a oírles ignorar artículos que jamás cumplieron, y de los que en los últimos diez años más grave ha sido su incumplimiento. Esos artículos que aluden al derecho a la igualdad sin discriminación de sexo, o a una vivienda digna, a la salud o a la educación, o al respeto del derecho a la dignidad de cualquier ser humano sin distinción de color u origen. Hoy, además, la están utilizando para destruir la convivencia. Gentes estas, los políticos de ley y orden, que, deliberadamente o no, han dejado crecer, cuando no han alimentado, la disensión entre las personas. Y lo han hecho, o lo han permitido, a sabiendas de que así nos hurtaban de la vista el agujero que nos estaban haciendo en nuestros bolsillos y, por tanto, de que nos estaban haciendo más pobres a casi todos, mientras se enriquecían y hacían más ricos a los más ricos.

Sin embargo, a quien me diga que el régimen del 78 no es más que una fachada nueva del Régimen, le digo que no. El Régimen murió con el dictador y, cierto, no hubo revolución ni ruptura: la sociedad (la organización social) siguió siendo la que era, los cambios en la policía y el ejército se hicieron muy despacio y por gentes que habían “ascendido” en los años ominosos; los jueces siguieron con sus togas y los oligarcas no pisaron la calle; eta siguió matando más aún. Los instrumentos de control social cambiaron: censura, torturas, fusilamientos, delaciones, despidos y cárceles fueron quedando atrás, y pasó a primera línea la ideología del consumo, el ya somos libres … para consumir, y entraron también el caballo y la cocaína para consumir; ya podíamos confiar en los partidos, y en la televisión libre para vendernos telebasuras –en especial desde los 90’.

Cierto que del Régimen heredamos una jefatura de Estado ungida por aquel general perjuro y asesino, y de quien nació un vástago que no nos ha servido de mediador y sólo ha hablado para conminar a los díscolos sumándose a los de ley y orden; unos jefes de policía bregados en la BPS poco a poco jubilados con honores de demócratas, jueces del TOP, funcionarios que de verdad juraron los principios de su Movimiento Nacional … aquellos también fueron instructores de los siguientes; heredamos también el respeto a las fortunas que se hicieron desde el expolio y la corrupción más extremas. Fueron tan crueles aquellos primeros años que hasta se apoderaron de la amnistía decretada desde el Régimen y antes de la Constitución para permitir la “legalidad” de los vencidos. De manera que sus crímenes, los del Régimen, quedaron impunes.

Y, sí, todavía no ha llegado el día en que dejen de gritarnos tanto y tantas gentes desde las cunetas en que las dejaron ocultas, sin que podamos sentirnos reconciliados con ellas, con nuestra historia. Y todavía no podemos alejarnos de los versos de León Felipe:

España… ¡es el hacha!

¡Y el hacha es la que gana!

Cobraremos todos en arena,

todos, hasta los muertos,

que esperan bajo tierra

la gloria y el rosal.

Esta vez pierden todos…

¡obispos buhoneros!,

volved las baratijas a su sitio:

los ídolos a su polvo

y la esperanza al mar.

No, todavía no podemos alejarnos aquella tristeza, y de aquella España mientras haya muertos que esperan la gloria y el rosal.

De ahí que los nostálgicos del Régimen hayan vuelto a crecer conforme ellos mismos se saltan con poderío las leyes de la democracia. Como partidarios de ley y orden se descaran sin vergüenza legitimándose en la historia: carlistones frente a liberales, legitimistas rechazando una y otra vez abrazos de Bergara [por favor, miremos esa historia para entender (y no para condenarnos unos a otros) conflictos o no conflictos nacionalistas de vascos y catalanes, y de cartageneros hoy ya mudos cantonalistas, aunque haya muchas cartagenas]. De nuevo nos secuestran nuestra historia. Mientras países que eran de los bárbaros del norte enseñan en sus escuelas su historia cainita que nunca ha de repetirse, de nuestras escuelas se hurta lo más abominable de nuestra historia. Y si leer en voz alta a León Felipe en la escuela de los 60’ era rebeldía, su voz ahora es de “mal gusto”; sí, como tantas otras voces del pasado. Y, sin pasado, cómo ser en presente, cómo encaramos futuro.

Bien, miremos más cerca, desde 2009. El expolio de los recursos públicos –los extraídos del trabajo de millones de personas- desde la instituciones estatales, autonómicas o locales ha sido tan salvaje en las dos últimas décadas que ya no quedan para mantener infraestructuras sociales básicas. Las organizaciones sociales (sindicatos en particular) o se han adocenado o han quedado tocadas por privilegios, y el 15M irrumpe como protesta social por todo el país: convulsión, estupor, la PAH, las mareas, … unos jóvenes sacan a la luz un podemos que a los bien instalados se les antoja enemigo a batir. Contra aquel podemos vale todo porque reclama lo básico para las vidas dignas de la mayoría, y exige el cumplimiento de leyes que se pudren sin cumplir. Y entonces el Rey abdica (que no dimite, vaya; que no es un ex rey, sino un rey “emérito” y esto no lo dicen por burla), sacan banderas rojigualdas tri o cuatri barradas, confunden, persiguen twitteres o a titiriteros y rapeadores, llueven de multas a manifestantes de las PAH, algunos subdelegados gubernativos de provincias, y de la misma capital, pasan de administradores a caciques autoritarios. Los demonios de nuestra historia, esos que duermen cuando ”los suyos ganan” y se agitaron cuando La Pepa salió a la calle, esos que no durmieron tampoco cuando aprobamos la Constitución de 1978, esos demonios vuelven a removerse ante la mera presencia de unos pocos eurodiputados podemitas. Su despertar reciente se debe, quiero pensar, a la debilidad de “los suyos” y la acritud del ataque a que han quedado sus vergüenzas al aire; de nuevo obispos, jueces, mandos policiales embarcados en las telebasuras para defender España (la suya).

A quien me diga que el régimen del 78 sólo es fachada del Régimen ominoso le recordaré lo que me puso ante los ojos un periodista: que la democracia es como ir en bicicleta: si dejamos de pedalear, se cae, nos caemos. Y sí, entre unos y otros consiguieron que dejáramos de pelear, empezaron con lo del “desencanto” y hasta el 14 parece que no hayamos espabilado. Así que esas comparativas de peor, mejor, igual que el franquismo no nos sirve. Necesitamos mejores análisis y mejores palabras; como siempre, los humanos necesitamos palabras para orientarnos, palabras que nos precisen dónde estamos, para no errar de nuevo, para no buscar en los soviets el 17 de un siglo después. Llamándoles franquistas sucumbimos a su nostalgia y al fatalismo de nuestra derrota. Y lo saben. Cuando ningunean a republicanos y antifranquistas, redoblan su fuerza con el recuerdo de que ya estamos vencidos.

Hasta aquí he escrito usando ese masculino agenérico heredado porque no puedo olvidar tampoco el vergonzoso episodio de la acampada de Sol el año 11: en un pequeño cartel se leía “la revolución será feminista o no será”; y fue eliminado votación mediante. Yo no sé de revoluciones con o sin mujeres. Sí sé que no puede haber algo parecido a democracia si la mitad de la población vive sometida a la otra mitad, en desigualdad.

Y por eso esta democracia tan deficiente es débil y fácil de desbaratar, porque los machos de la especie, aquí y ahora, seguimos sin entender que la política en democracia no es cosa de machos. Miremos el conflicto catalán: han sido hombres los que lo han gestado y gestionado y, veamos también cómo han fracasado mientras se empeñan en seguir desde políticas de machos. Ni palabra del sufrimiento de las gentes, ni palabra de buscar comunidad, sólo fuerza policial, extorsión económica, coerción civil, soflamas patrioteras; toda la panoplia de herramientas de la “política” de gallos en corral para ocultar y casi justificar el saqueo de los bienes públicos.

En estos días he oído argumentos inacabables contra ellos –lea cada quien qué ellos- y, voces derrotadas con el “no hay solución”. También he oído el ¡a por ellos! o el ¡que se vayan! –lea cada quién qué ellos-. Y ante tantos argumentos y soflamas o ante el aparentemente equilibrado: “no es un problema –gesto de listillo- … porque no tiene solución; sólo hay que aplicar la ley”, me digo que tendremos que poner otras palabras, otras políticas, otras actuaciones; y me digo que no sé cuáles, que por algo decía que la política no es, no debe ser, cosa de machos, y, lo reconozco, yo soy uno de ellos y, por tanto, parte del problema. Y ahora sé que si para mí la palabra de una mujer no vale la de un hombre, entonces no habrá salida para nuestros conflictos; porque posiblemente y durante mucho tiempo seguirá habiendo quienes llevan sus vidas como cruces para el sacrificio en el altar de sus dioses o de sus patrias o de sus riquezas, y otros que no soportamos esas cruces porque importa la vida, y eso es lo único que tenemos: vida: un tiempo de convivencia. Pero si todos vivimos un tiempo en este país que llamamos España, tenemos la obligación de hacernos sitio a todas las personas entre todas las personas.

Por ello, pienso que necesitamos políticas feministas, es decir, políticas de negociación entre iguales y de empatía. Políticas para convivir sin condenar al otro. Y eso para que aquel “Payaso de las bofetadas” (el personaje de León Felipe) pueda, ¡por fin!, desvanecerse en el polvo a la vez que su hacha, y aquí entremos en la política de comunidades entre iguales que, sin duda, seguirán gestando conflictos a encarar y vivir. Que no nos vuelvan la esperanza al mar, esta vez no.

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1 Comment

  1. Magnifico trabajo de Manuel Delgado Es mas que un articulo de opinion,y parece que transmite melancolia ,pero es simplemente su verdad .Que al 99% es tambien la mia

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