Einstein y Cataluña (y III)

por José Luis Alonso Gajón

“La mente es como un paracaídas… Solo funciona si la tenemos abierta”. Albert Einstein

José Luis Alonso Gajón
José Luis Alonso, Ingeniero agrónomo, fue presidente de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) del 2003 al 2008

En los dos artículos anteriores hemos hablado de pautas mentales necesarias para restablecer el dialogo entre todas las partes y de la forma en que el Supremo canadiense las aplicó, en nuestra interpretación, al caso de Quebec. Nos toca en este articulo bajar a la arena política actual española e intentar aplicarlas a nosotros mismos.

En primer lugar, advertir que escribo desde mi forma de ver la realidad, que no es universal, pero entiendo que sería falso el pretender estar por encima de la realidad dividida de nuestras Españas (se empleaba así, en plural, en la época de Felipe II). Así ruego un poco de comprensión a los nacionalistas, (catalanistas, españolistas, aragonesistas, etc.) por mi animadversión a esa legitima opción política. Me siento ciudadano del mundo en primer lugar y en segundo lugar localista de la tierra en que vivo. Machado decía que se es de donde se nace al amor y lo comparto ampliándolo: se es de aquella tierra que amas pero, a mi juicio tal vez equivocado, ello implica que me alegra que otros amen también otras tierras tan preciosas como la mía si ambas partes admitimos que por encima esta el amor a las personas, hayan nacido donde hayan nacido.

Hemos vuelto a la casilla de salida

Algunos seguimos pensando que Rajoy ¡por una vez!, tuvo una buena y Política (con P mayúscula) idea al unir el 155 con la convocatoria de elecciones en el plazo más breve posible. Sin embargo, los resultados de las mismas, pasados por la Ley D’Hondt, nos devuelven a la casilla de salida: más escaños para los independentistas, más votos para los no independentistas. Los primeros tienen el derecho a formar gobierno, pero están muy lejos de representar a una mayoría cualificada (dos tercios, tres quintos o similar), que les legitime para empezar a negociar una independencia. Estamos igual que en las últimas elecciones autonómicas, pero con una brecha social muchísimo más profunda.

Analicemos un poco más la situación después de las elecciones.

El partido más votado ha sido Ciudadanos, pero no puede llegar a formar gobierno, ni aún con la ayuda de otros partidos. Su discurso ha sido más nacionalista (español) y más partidario de la ley y el orden que el de Rajoy al que ha fagocitado parte su electorado.

Los segundos más votados no son un partido sino un movimiento personalista alrededor del anterior “President”, hoy en el exilio y, tal vez, futuro presidente de la Generalitat. Es una persona que actúa como se creyese imbuido de la misión histórica de llevar a Cataluña a la independencia. No parece sopesar los costes: división social, salida del mercado europeo y del resto de España, etc. que ello llevaría consigo. Tampoco da mucha importancia a mantener las formas democráticas en el proceso parlamentario. Asimismo, pide referéndums, pero no tiene en cuenta que, en dos elecciones consecutivas, la mayoría de los votos han optado por opciones no independentistas.

El tercer partido más votado es preso de sus contradicciones. Llevando la izquierda en su nombre antepone los pactos con la derecha oligárquica catalana a las políticas sociales. No siendo corrupto se ha visto en la necesidad de no dejar caer a sus socios ante las acusaciones de corrupción. Pese a que las encuestas le daban por ganador, se opuso a la convocatoria de elecciones, por el anterior gobierno de la Generalitat a principios de octubre. Se siente traicionado por Puigdemont, una persona a la que siempre apoyo que le ha robado la victoria electoral “exiliándose” a Bruselas desde donde ha realizado “por plasma” una campaña electoral presidencialista que ha dado un vuelco a las encuestas previas. Mientras tanto su líder está en la cárcel por asumir la responsabilidad de sus actos.

¿Cómo explicar estos resultados? Tal vez admitiendo que todos los nacionalismos son movimientos identitarios, con componentes emocionales muy fuertes y que, habitualmente, se canalizan en un discurso simplista de buenos=nosotros malos=ellos. La identidad nacionalista se suele vivir de forma excluyente, hasta el punto de que los próximos que no comulgan totalmente con esa identidad pasan a formar parte del bando de los enemigos. ¿Cómo explicar sino aquellos gritos de “¡A por ellos!” con que se despedía a las fuerzas de orden público que iban hacia Cataluña si, en teoría, lo que se quería es que esos “ellos” siguieran siendo conciudadanos? ¿O el “olvido” por parte de muchos votantes de una formación próxima a la extinta CiU a su corrupción y apoyo a las políticas “austericidas” del PP?

Esta emoción ha sido muy bien empleada durante la campaña por Puigdemont y por Ciudadanos. El primero envolviéndose en la bandera del agravio contra Cataluña que, según una de las partes, constituía el 155. En la campaña nunca ha explicado su gestión, ni realizado propuestas para el futuro y, sin embargo, es el segundo más votado. Ciudadanos jugando el juego del nacionalismo españolista y culpando al PP de haber gestionado mal la crisis con su “blandura”.

Son argumentos difíciles de creer para los que no formamos parte de esa identidad pero, admitámoslo, cuando los nacionalismos entran por la puerta la racionalidad, la historia y ¡las preocupaciones sociales! salen expulsadas por la ventana. Un cínico proverbio dice “Dale un pez a uno y comerá un día, dale una bandera y se olvidará del hambre”. (Ya advertí al principio del artículo que el que esto escribe no es nacionalista).

Decía nuestro guía Albert Einstein que “locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados“. Pues por desgracia ese es el caso de nuestros principales líderes.

Unos buscando la solución en la judicialización de la política y la interpretación legalista de la Constitución, realizada por el Constitucional en las últimas décadas, que solo ha servido para alimentar el victimismo y el independentismo de los otros. Admitámoslo las emociones y las identidades no tienen solución por la vía de la Justicia. Mucho menos por un Código Penal que engloba en el delito de sedición el oponerse a la legalidad vigente “por la fuerza o fuera de las vías legales”, es decir no distingue entre utilizar armas de fuego o la resistencia pasiva de un Gandhi. Ante un movimiento nacionalista la absurda judicialización de acciones políticas, y la encarcelación de relevantes figuras del “procés” que se realizó, ha sido cosechada, en votos, por los dos principales partidos independentistas. En efecto sus votantes parece que les han “perdonado” como “victimas” su mala gestión de la cosa pública, incluyendo actuaciones no democráticas en el propio “Parlament”.

Además, los partidos “constitucionalistas” (salvo el PSOE) han optado por enarbolar la Constitución como un garrote, en lugar de como un paraguas que nos ampara a todos, independientemente de nuestras ideas políticas y proyectos.

Por su parte los partidarios de la independencia optaron por la vía unilateral olvidándose de tres realidades: la administración del estado no es débil y puede imponerse con facilidad; las empresas son muy sensibles al miedo, a la inestabilidad y a la incertidumbre; y, por último, pero no lo último, la Unión Europea no es una unión de regiones sino de estados y a casi ninguno de ellos le interesa que haya ejemplos de separatismo dentro de ella.

También se han olvidado de que el fin no justifica los medios y que una independencia ilegal y con métodos no democráticos generaría una república de las mismas características reales.

Por más que lo repita la CUP, la vía unilateral no es materialmente posible y crea problemas muy graves y no deseados de estancamiento económico, brechas sociales y políticos como por ejemplo el repunte del nacionalismo españolista.

Si este análisis fuera más o menos ajustado a la realidad de la campaña ¿deberíamos extrañarnos de que los resultados electorales sean tan similares a los de las anteriores autonómicas?

¿Qué hacer? ¿Cómo salir de este agujero?

En los cursillos de gestión hay un ejercicio clásico que plantea la situación de 20 mineros que atrapados en el fondo de un profundo agujero que están cavando. La pregunta es “¿Qué es lo primero que debemos hacer?” La respuesta es: “Convencerles que dejen de cavar mientras buscamos una solución.”

Aunque no sea tarea fácil ese el primer paso: convencer a las partes de que cambien de estrategia. Unos deben de asumir que más del cincuenta por ciento de los votantes no quieren la independencia y que no se les puede imponer aplicando métodos no democráticos y en contra de toda la normativa nacional e internacional. Los otros no pueden quedarse a la espera del primer movimiento ilegal del futuro “Govern” independentista para volver a aplicar un 155 que, se ha demostrado, no resuelve nada.

Entonces ¿no hay salida? Sí: más política, más democracia y, sobre todo, trabajar para las personas y no para entes abstractos como la Unidad, la Soberanía o “el derecho a decidir”.

Para salir del bloqueo mental planteémonos nosotros mismos algunas preguntas.

Si en un futuro una mayoría de tres quintos o dos tercios de la población, en cualquier nacionalidad, llega a ser independentista

– ¿estaríamos a favor del empleo de la fuerza para mantener la unidad de España?

– ¿sería constitucional dar más preponderancia al artículo 2 de la Constitución (el de la unidad) que al 1 “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”?

– ¿se podría seguir definiendo como un estado democrático y social basado en la libertad?

Francamente creemos que en una “sociedad democrática avanzada” en la que la ley es “expresión de la voluntad popular”, (como establece nuestra Constitución) no se puede coaccionar así a una parte de la sociedad.

Por el lado contrario, si esa mayoría existiese en un futuro ¿tendría derecho imponer la independencia unilateral a la minoría catalana que no la quisiese y a los ciudadanos del resto de España? Creemos que ningún demócrata puede dar una respuesta positiva. Claro salvo para aquellos que, en ambos lados, creen en que los rodillos democráticos, en contra de los derechos fundamentales son una expresión genuina de la democracia.

Ello nos lleva a la necesidad de regular ese posible derecho a través de una Ley de Claridad que establezca los requisitos, formas, condiciones, aspectos a tratar etc. de la negociación si se llegase a dar esa mayoría continuada secesionista en alguna de nuestras autonomías o nacionalidades.

Negociación “de buena fe” para salvaguardar los derechos de las personas, ¡de todas! O en palabras de nuestra Constitución: “Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones”.

Esta puede ser la clave para encontrar solución a los conflictos territoriales, darles una salida legal negociada y enfocarlos desde la protección de los derechos humanos de todas las personas.

Porque no podemos ignorar que el resurgir de los nacionalismos tiene que ver, también, con las sensaciones muy profundas de miedo y desesperanza que la crisis, y su desafortunada gestión, han creado en amplísimas capas de la población.

Una vez superada oficialmente la crisis hay que poner en marcha un proyecto colectivo de atención a las clases más desfavorecidas y de desarrollo de esa sociedad democrática avanzada de que habla nuestra Constitución. Claro que lo hace en preámbulos o títulos preliminares que indican su espíritu, pero, por desgracia, no son exigibles.

Planteemos un consenso político, social y económico alrededor de un Plan para lograr, de verdad, que en diez años España consiga “un orden económico y social justo” en el que “toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general.” Un país en el que “las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social”. En el que “el derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo” vaya unido al “deber de trabajar y el derecho al trabajo, (a cambio de) una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo” junto con el “derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada (para lo cual) los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.

Pero para permitir iniciar el dialogo el Estado central, que ya ha demostrado su fortaleza, tiene que ser flexible y desatascar la actual situación de prisión o de encausamiento judicial, de algunos políticos o líderes sociales del “proces”. ¿Cómo? Mediante la modificación de algunos artículos del Código Penal, no homologables en muchos estados europeos y que son restos de la anterior legislación represiva. No es fácil admitir que por actuaciones políticas haya políticos en la cárcel. En cambio, la reforma podría incluir penas de inhabilitación fuertes para todas las autoridades que, con medios pacíficos, se hubiesen saltado la legalidad o creado normativa manifiestamente inconstitucional sea del tipo que sea (incluidas las leyes de amnistía fiscal anticonstitucionales).

Cuando las aguas hayan vuelto a su cauce el Estado central tampoco debe tener miedo a realizar consultas simultaneas a toda la ciudadanía, para conocer su opinión sobre una posible independencia de su comunidad autónoma. Eso sí, desde la convocatoria a su realización debería haber un periodo de seis meses de campaña para que dé tiempo a la información y debate sobre las consecuencias de las diferentes y legítimas opciones.

También sería necesario en la reforma de la Constitución el dar salida a todas las identidades en el estado y responsabilizar a las autonomías en todo el sistema fiscal (recaudación y gasto) para evitar la situación actual demagógica de yo bajo mis impuestos cedidos y me quejo de que la administración central no me da los recursos que necesito..

Ese cambio de rumbo hacia las personas de nuestra política debería escenificarse consensuando, entre todas las administraciones del Estado, una serie de medidas a corto plazo para resolver, de una vez, el problema de la pobreza extrema en toda España. A mi juicio, y el de muchos otros, a través de una Renta Básica Universal.

En definitiva, es necesario seguir dos caminos simultáneos:

-abrir caminos legales para una solución negociada entre las partes sobre una nueva ordenación territorial del estado que nos permita seguir conviviendo juntos y afrontar juntos dentro de Europa (aunque tal vez no de la Unión Europea) los tremendos retos de futuro que se nos vienen encima, y

volver a ilusionar a toda la ciudadanía poniendo a la persona, su dignidad y sus derechos en el centro de la acción pública. Y para ello transformar el Estado (central, autonómico y municipal) en una herramienta al servicio de las personas. Como planteo nuestra Constitución ¡hace ya cuarenta años!

Pero ¿quién tendrá la prudencia o valor para ponerle el cascabel al gato? Ya lo decía en el s XIX el poeta inglés Walter Savage en sus “Conversaciones imaginarias: del General Lang con el cura Merino” “Cuan pocos tienen la prudencia o valor bastante para establecer la distinción entre el retractarse de un error y el desertar de una causa.”.

Necesitamos un estadista pues Von Bismarck tenía razón cuando decía “El político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación”. Y si no hay ningún estadista entre nuestros políticos será la sociedad civil la que tendrá que intervenir para hallar una solución dialogada y pactada. Recordemos que a los islandeses ya les toco hacerlo.

Resumen final: las soluciones existen, pero exigen MAS POLÍTICA, MAS DEMOCRACIA Y UN PROYECTO COLECTIVO DE FUTURO.

Ya lo dijo Einstein. “la medida de la inteligencia es la capacidad de cambiar”. (Fin de la serie).

Nota: por error una versión borrador de este articulo fue publicado durante unas horas en nuestro periódico, lamentamos si ha podido causar alguna confusión a algún lector al faltar el anterior artículo de la serie.

1 Comment

  1. Se ha de reconocer el esfuerzo del artículo(s) por generar una alternativa. Nuestra generación de políticos del exilio llegaron en el año 47 y ss. a unos fórmulas consensuadas de soberanias concertadas que ponían la solución en la doble S plebiscitaria. Es una pena el olvido de la generación actual de políticos sobre lo que desde el exilio se construyó. En ese consensus, al que le debemos la democracia que hoy somos, la ponencia vasco catalana del 42 y el pacto de Munich del 67 hoy deberían ser el referente para un futuro juntos que dé confianza a Europa.Ellos nos abrieron el camino para la integración en el Mercado Europeo, por Ellos tuvimos el aval internacional para el flujo de la inversión, el apoyo a los Planes de Sostenibilidad, la presión sobre los tecnócratas para la democratizacion, el trato preferencial de mercancías, el pacto con la Monarquía. Normal que medio mundo nos mire atónitos e incrédulos de ver cómo los líderes actuales padecen de amnesia histórica y desmontan con estravagantes medidas las bases que construyó aquella generación del exilio para todo nosotros, hijos y nietos. La respuesta está en Ellos, en Ellos la solución

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