Fascismo de la inseguridad

por Cándido Marquesán

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

En la sociedad actual  constatamos la generalización masiva de una vida plena de riesgo e incertidumbre, que produce grandes quebrantos psicológicos en la mayoría de la ciudadanía.  Ulrich Beck en La sociedad del riesgo de 1986 ya mostraba que en nuestro mundo construido en base al dogma de la seguridad tecnológicamente garantizada, los riesgos a nuestra existencia individual y colectiva, y sobre todo su percepción, han aumentado de una manera inquietante. Y en gran parte es fruto directo de las actividades humanas, en particular de los artilugios tecnológicos creados para “garantizarnos” un mayor control de la naturaleza. Este hecho supone un golpe mortal a la idea de progreso. La misma tecnología elaborada para dominar y transformar el medio natural, acaba transformándose en un factor de riesgo, que incluso amenaza la supervivencia de la especie. El peligro no proviene de la naturaleza insuficientemente domesticada, sino de los medios tecnológicos creados para someterla. Pruebas evidentes hay muchas: destrucción capa de ozono; amenazas atómicas; catástrofes ecológicas, terrorismo, etc. Y en el máximo de nuestra esquizofrenia colectiva, cuando la sociedad produce más tecnología de la que puede asimilar, se recurre a la guerra para darle salida. Según Walter Benjamin, cuando no somos capaces de utilizar los aviones para fecundar la tierra desde lo alto, la sembramos de fuego desde el cielo; y cuando somos incapaces de aplicar nuestros saberes al encauzamiento del curso de las aguas, llenamos las trincheras de sangre.

Mas hoy otro tipo de riesgos e incertidumbres relacionados con el factor trabajo, a los que se ven sometidos quienes se ven  privados de él,  circunstancia que beneficia al capital, ya que en una economía en el que todo se rige por la ley de la oferta y la demanda; el excedente de trabajo lo desvaloriza. Igualmente los que tienen trabajo, como consecuencia de las estrategias políticas urdidas por la patronal. Dos teóricos vinculados a la patronal francesa, François Ewald y Denis Kessler tras oponer dos tipos de hombres, los riesgófilos, dominantes y valientes, y los riesgófobos, temerosos y cobardes; sostenían que toda reconfiguración de la sociedad supone la transformación del mayor número de individuos en riesgófilos. Laurence Parisot, la responsable de la patronal francesa, afirmó: “la vida, la salud, el amor son precarios. ¿Por qué iba a escaparse el trabajo de esta norma? Así,  las leyes laborales se basan en la más estricta precariedad, con las subsiguientes secuelas de incertidumbres y de riesgos. Por otra parte, la precariedad no puede entenderse como una disfunción o una irregularidad coyuntural en el capitalismo actual,  que se corregirá en un futuro más o menos cercano, sino que por el contrario es un factor absolutamente esencial para su funcionamiento óptimo. Además, es una herramienta disciplinaria para garantizar el orden no solo en los centros de trabajo, sino también en la vida en general; actúa en un doble plano: sometiendo a los que tienen trabajo, creándoles un miedo atroz a perderlo; y al precario a la incertidumbre, a la desposesión de su tiempo, a la imposibilidad de construir un proyecto vital, y sobre todo a la esperanza, ya que la empresa presenta la precariedad como un estado transitorio y superable después de demostrar su valía, y nunca con fecha concreta para conseguir una situación estable. Boaventura de Sousa Santos habla incluso de fascismo de la inseguridad, que consiste en una manipulación de la inseguridad de las personas debilitadas por la precariedad laboral, que genera unos niveles de ansiedad e incertidumbre respecto al presente y al futuro tan elevados  que acaban rebajando el horizonte de expectativas y propiciando la disponibilidad  a soportar cualquier sacrificio para una reducción mínima de los riesgos.

Es evidente que estamos en una  sociedad del riesgo. El Estado social se basó en proporcionar una seguridad social obligatoria ante determinados riesgos profesionales vinculados a la condición del asalariado. Ahora la producción y la gestión de los riesgos obedecen a una lógica muy diferente. Se pretende sustituir al Estado social  por empresas que proporcionan servicios estrictamente individuales. El riesgo se ha convertido en un sector mercantil, en la medida en que se trata de producir individuos que contarán cada vez menos con formas de ayuda mutua, como los mecanismos públicos de solidaridad. Esta realidad es constatable ya que los gobiernos reducen la cobertura socializada de los gastos por enfermedad o pensiones, para transferir su gestión a empresas privadas.

En virtud del presupuesto de la responsabilidad ilimitada del individuo, al concebirse y conducirse como una empresa, una “empresa de sí mismo” como decía Michel Foucault, cada uno es responsable de su riesgo y de la elección del modo de cubrirlo. Para algunos teóricos, esta sociedad del riesgo individual supone una sociedad de la información: los poderes públicos  y las empresas deberían proporcionar informaciones viables sobre el mercado de trabajo, el sistema educativo, el derecho a la salud, etc. Y así suficientemente informado cada individuo asumirá la gestión de sus propios riesgos: el enfermo eligiendo un tratamiento; el parado una formación para el empleo; el futuro jubilado su modo de ahorro para su pensión; etc.

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