Cataluña XXI

Editorial

Vivimos en una Nación, España, marcada por un pasado tormentoso tanto como el de otras Naciones. La especial idiosincrasia de los españoles todavía no ha conseguido cerrar heridas y de ahí los estériles debates sobre banderas, buenos y malos, montescos o capuletos y añadan lo que cada cual estime oportuno. Una guerra incivil, producto del fracaso de un felón golpe de Estado perpetrado por la caverna (esa conjunción de un conservadurismo cerril, unos industriales ávidos de dinero y poder, un clero montaraz y unos militares frustrados por su incompetencia –desastres tras desastres en todas las aventuras guerreras-  y al servicio de los intereses creados), marcó decisivamente el devenir de los españoles y dio lugar a la consolidación de “las dos Españas”, a una dictadura ominosa que pudo superarse muchos años después, tras la muerte del dictador Franco (en la cama, no de otro modo), con la llamada “Transición”, tan injustamente valorada hoy por quienes pueden hacerlo gracias a los valores que logró imponer. Algo era algo y es un hermoso legado que otros deberán mejorar.

La Transición no fue el maná redentor. Pero posibilitó  la aprobación de una Constitución que permitió la instauración de la democracia burguesa, las libertades democráticas, y más, aunque no supo, o pudo, dar soluciones a cuestiones de tanto calado como la conformación del Estado, una Monarquía en un contexto que no podía permitir otra cosa frente al ideal republicano de tantos; o un Estado de las Autonomías que no ha sabido solventar la cuestión territorial ni cerrar el oprobio de los vencidos en aquella confrontación entre propios, todavía miles y miles de personas durmiendo el sueño en cunetas y páramos. Y tampoco, más allá de palabras huecas, dotarse de contenidos auténticamente progresistas en lo social y económico.

Si, ha llegado la hora de reformar la Constitución y de que la ciudadanía hable al respecto. Pero lamentablemente no es así, porque el único problema que parece tener España se llama Cataluña. Y claro que Cataluña es un problema, aunque para muchos lo sea más el paro, las pensiones, la problemática de la juventud, la sanidad o la enseñanza. Todo es importante, y no habría que olvidar que el individuo, la persona, hable la lengua que sea o goce con las tradiciones que mejor le vayan, es más importante que el territorio, que “la nación”.

En este conacento.info se ha escrito mucho, con absoluta libertad, sobre la cuestión catalana. Todos los pareceres serios, respetables y muy bien argumentados, y deliberadamente no se ha querido editorializar al respecto. Es el momento ya de hacerlo, para fijar solamente  puntos de arranque. En los últimos comicios el independentismo ganó en escaños y perdió en votos. Los llamados constitucionalistas perdieron en escaños y ganaron en votos. Primera consideración, extrapolable al conjunto del Estado español: es imprescindible reformar el sistema electoral para que el voto valga lo mismo en todas partes, una persona un voto con idéntica repercusión en Barcelona, Gerona, Teruel o Zaragoza. Un sistema viciado, genera incongruencias como la que se comenta. Segunda consideración: el famoso “procés”, que ha terminado como una astracanada más propia de las que se representaban en el Molino que en el Liceú, lejos de beneficiar a Cataluña y a España, ha significado lo contrario.  La Cataluña moderna, la del siglo XXI está conformada por la suma de sociedades plurales que huyen de los discursos tradicionales y, consecuentemente, de los conceptos clásicos del nacionalismo. Y no sirven pues las cifras, trucadas por un sistema electoral como el señalado. Barcelona y Tarragona frente a Gerona y Lérida, el mundo urbano frente al rural. De ahí que pareciera interesante que el nacionalismo, los nacionalistas, abrieran un debate en profundidad sobre su propia realidad y se posicionaran en función de las conclusiones a que llegaran. Tercera consideración: el derecho a decidir. Pues, si, todo el mundo tiene derecho a decidir pero ¿qué? ¿cómo? ¿por qué? Es bello pensar en ese poder cumplir los deseos propios que atañen a conceptos como nacionalidad, forma de gobierno, ideología, etc…  con unas reglas de juego consensuadas, racionales, sin trampas. ¿Qué se diría, llevando el ejemplo a la bufonada, si los aragoneses votaran convertirse en el 51 Estado de USA? ¿Por qué no? Claro que por ahí andan las leyes de USA y de España, por algo existe el Estado de Derecho.

Finalmente está la realidad de ya mismo. Setenta diputados independentistas, dieciocho de ellos imputados por su participación en el fallido procés, que de ser condenados podrían ser inhabilitados para ejercer su cargo, andan en dimes y diretes para formar un gobierno estable, que aspiraría a presidir un prófugo cuya vuelta a España significaría su prendimiento e ingreso en prisión. ¿Dónde está la Cataluña moderna y el respeto a la Ley? El expresidente Puigdemont ha perdido el norte, y Cataluña no merece que tal personaje aspire a regir sus destinos. Erró en el primer intento, cometiendo errores de bulto y está errando ahora con sus aspavientos y propuestas sin sentido. Con todos los peros que se quiera, y con las rectificaciones necesarias que el sentido común debe imponer para abordar el futuro entre todos, debe asumir la gobernabilidad la colación que más diputados aporte, a saber JxCat, ERC y la CUP. Eso llama al independentismo, a un independentismo que no puede plantearse bloquear el Parlamento y que debe comenzar a poner coto a los desmanes del exprediente.  Afortunadamente, parece que las vías de razón se está abriendo y el mismísimo Artur Mas ha advertido a sus gentes de que el secesionismo no tiene fuerza “para imponer nada”, de que es necesario conformar un gobierno fuerte que permita una legislatura larga. Tiempo de la esperanza, tiempo para el diálogo y la razón, para encontrar nuevos espacios. Es lo que Cataluña y España necesitan.

Únete a nuestro Telegram

4 Comments

  1. Siempre poniendo Aragón en el escenario de la bufonada. El autor no se merece participar de lo bueno de la historia y el legado de los Aragoneses

    • Seguro Carles. Menos mal que el bufón está en Bruselas ¿Tienen derecho todos a opinar o solo vosotros.? POBRE AUSIAS MARCH.

    • No iba mi comentario por Puigdemont, yo personalmente me alineo con las posiciones de Oltra i Colau.Todos tenemos derecho a opinar y tambkén a ofendernos de opiniones pasadas de frenada que, por huecas, recurren a imágenes absurdas y ofensivas. Quizás el Autor estaría más realizado en la Villa de la Corte.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.