España no puede tratar al catalán, el gallego y el euskera como lenguas de un rincón. Son tan españolas como el castellano.

por Cándido Marquesán

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

Soy plenamente consciente de que estas líneas provocarán malestar en alguno. Pues qué le vamos hacer.

Cada vez veo más lejana una solución razonable, basada en el diálogo, al problema gravísimo de vertebración de Cataluña en el Estado español. El tiempo que sirve para atemperar las diferencias, en este caso no se cumple. Muy al contrario, cuanto más tiempo trascurre más se agrava.

Me fijaré en la cuestión lingüística muy importante. Desde la derecha, representada por PP y Cs e incluso algunos dirigentes del PSOE,  se pretende dinamitar el sistema de “inmersión lingüística” aprobado hace unos 30 años, que no es un proyecto del nacionalismo de Jordi Pujol, el gobernante que lo desarrolló inicialmente, sino del socialismo catalán y, en concreto, del movimiento de renovación escolar Rosa Sensat, en la vanguardia pedagógica en los momentos de la Transición. Un periódico, como La Vanguardia, no de izquierdas, y que se ha manifestado en contra del independentismo, en una editorial del sábado, 17 de febrero  titulada No usar las lenguas como gasolina se expresa así “La revisión de una ley tan delicada no puede venir impuesta desde el exterior de la sociedad catalana, que tiene competencias exclusivas en educación. Entrar en la cristalería de la educación catalana por la puerta falsa del 155 es una irresponsabilidad. Equivale a rociar con gasolina un incendio que puede quedar definitivamente fuera de control”.

El tema lingüístico está ya tan envenenado política y mediáticamente, y que ha calado lamentablemente en la mayoría de la sociedad española, por lo  que soy plenamente consciente que lo que voy a reflejar a continuación es irrelevante. Mas nunca es tarde.

Entre las diversas Comisiones que funcionan en el Congreso de los Diputados, una de ellas es la Comisión de Educación y Deporte, y a su vez dentro de ella una Subcomisión para la elaboración de un gran Pacto de Estado Social y Político sobre la Educación. Me pareció interesantísima la intervención de la Profesora Asociada de Sociología en la Universidad de Lleida, experta en Política Lingüística, Directora del Centro  de Normalización Lingüística, Paquita Sanvicén i Torne que expresó la necesidad imperiosa de llegar a un Pacto en el tema del plurilingüismo del Estado español, y no utilizar el tema de las lenguas como arma arrojadiza en la lucha política, tal como se ha hecho hasta ahora. Me limitaré a reflejar algunas ideas, que comparto plenamente, de la profesora Sanvicén i Torne. Entre otras señala: “El tratamiento de los idiomas debe adecuarse a la realidad de España y superar desde el Estado esa mirada de barrera de la compartición, educar en el plurilingüismo como bien común y como oportunidad común…” “Nuestra sociedad es heterogénea y nuestra competencia plurilingüe, de momento es inexistente, como objetivo educativo de Estado. Quizá algunos piensen que eso ya lo tenemos en cuenta y que lo hacemos bien: castellano para todos y cada cual la suya en su comunidad, como debe ser”. Pero la profesora lo considera insuficiente: “No es solo eso lo que debe hacerse, si el enfoque que queremos dar a la educación de las personas es una educación para la sociedad real y no para la artificial, la que existe de verdad, la compleja, la heterogénea, una educación para convivir y desarrollar una sociedad educada en los valores democráticos, con la ciudadanía implicada, etcétera. Lo que plantea es innovador, como mínimo diferente de lo que se ha hecho hasta ahora, posible, necesario, apremiante; sería injustificable, les advierte a los miembros de la Subcomisión, que tampoco ahora se adoptase este pacto político lingüístico interterritorial, si el mismo quiere ser un pacto educativo y social en el sentido más profundo de los conceptos.”

Manifiesta su asombro ante el hecho “De que en España, en general, se conocen más los idiomas extranjeros, sobre todo el inglés; somos más capaces de entenderlos, hablarlos o situarlos en el mapa que los idiomas de nuestro país. ¿Cuál es la causa? Para la profesora, “Es fruto de la educación formal en las escuelas, pero también de la informal, que es mucho más potente. O sea, la influencia del valor y el reconocimiento social y político que se hace de los idiomas y de las lenguas. El Estado elogia la pluralidad lingüística y la necesidad del conocimiento de idiomas como elemento innovador de excelencia para trabajar, conocer culturas, etcétera, pero siempre que se trate de los idiomas de los demás países. Conocer idiomas —se dice— nos hace más capaces y competitivos y estar más preparados. Es un valor potenciado, cierto, seguro; sin embargo, dicho valor parece que solo se promulga con los idiomas de los demás. Los idiomas que hablamos los españoles representan igualmente mundos complejos. Las lenguas lo son, los idiomas lo son. Paradójicamente, el fenómeno del plurilingüismo es visto como no deseado cuando se trata de nuestro plurilingüismo, o sea, del conocimiento en toda España de nuestras lenguas, las de España como conjunto que construyen España. Pensemos un segundo. Sin ellas España no sería lo que es. Son unos cuantos idiomas y muchas las lenguas y modalidades que conforman nuestro capital cultural y social, hasta ahora como conjunto, inexplicablemente, desaprovechado y demasiado a menudo —eso le duele más— origen de batallas que desde luego no son educativas. Esas batallas no educan porque no configuran cosmovisiones en positivo, como deberían, sino en negativo.”

Prosigue la profesora con grandes dosis de sentido común, algo poco frecuente en nuestra clase política. “La realidad lingüística de España no es solo que se habla castellano, catalán, vasco o gallego. Es aragonés, asturiano-leonés, pallarés, ribagorzano, castúo, árabe, tamazight, portugués, la lengua de signos. Somos un país en el que prácticamente el 50 % vivimos en comunidades donde hay más de una lengua oficial además del castellano; un territorio amplio y complejo que ha desarrollado legislación a favor de las lenguas propias de las comunidades autónomas y otras más que tienen reconocida en diferentes ámbitos legislativos. Es cierto que ese amparo y reconocimiento ha sido desarrollado sobre todo por las propias comunidades, pero, para ella, mucho más interesante aún es ver que la realidad lingüística es que en Extremadura hay personas que hablan, leen, comercian y aman en castellano, castúo o portugués; que en el Valle de Arán se hace lo mismo en aranés, catalán, castellano o francés; que también lo hacen en gallego en Castilla y León, en El Bierzo; y que en cualquier zona del país seguro que podemos encontrar catalanes, aragoneses, navarros, vascos… Podría continuar. Vamos a dar una vuelta por el país, si les apetece. Ahora, además, tenemos la suerte de tener un capital lingüístico añadido con los idiomas y las lenguas de los llegados en esta década y media. Cientos de lenguas conviven en estos momentos en nuestro país. Es un capital enorme si lo sabemos utilizar.”

“En este sentido, seguro que conocen los trabajos del Seminario Multidisciplinar sobre el Plurilingüismo en España, un grupo del que formo parte. Más de 300 personas relevantes de todas las comunidades firmaron en febrero de 2016 el Manifiesto para el reconocimiento y el desarrollo de la pluralidad lingüística de España. Es una necesidad apremiante mirar de una vez por todas cara a cara nuestra realidad histórica y social, nuestro ADN —si me permiten decirlo así—, no solo para normalizarla, sino especialmente para estar orgullosos de ella y convertirla en oportunidades de ciudadanía, sociales, económicas, convivenciales y cohesionadoras. En todas las universidades hay investigadores y hay entidades que velan por mantener capitales lingüísticos propios para que no desaparezcan del mundo. Ciertamente la investigación rompe tabúes y creencias. No pasa nada —y lo digo con cariño— por descubrir que, de hecho, los territorios de España que se creen monolingües no lo son tanto en el fondo, gracias a Dios. Eso nos da riqueza seguro. Cuantas más lenguas tengamos, mejor, pero las nuestras también. Por lo tanto, el papel del Estado es absolutamente imprescindible para poner en valor lo que con larga trayectoria histórica, con literatura, con tradiciones, con canciones y con mundos de sentido inmensos que deberíamos conocer, aprender e incorporar desde la educación primaria para entender estos textos en la lengua original.”

A veces viene bien recurrir a voces foráneas, al no estar aquejadas de los prejuicios de los de aquí, para tratar de buscar algo de luz a nuestros problemas políticos.  El portugués Gabriel Magalhâes tiene un librito muy interesante Los españoles. Un viaje desde el pasado hacia el futuro de un país apasionante y problemático. Recomiendo su lectura. Y entre otras ideas señala lo siguiente: “El grupo dirigente que fuera capaz en el ámbito de la lengua de llevar un cambio legislativo modificaría la historia del país y garantizaría la unidad de la nación para mucho tiempo. Este cambio legislativo sería: el aprendizaje en la escuela, además de la materna, de otra lengua peninsular. No habría mejor disolvente para la crispación. “Una fuente de tolerancia” que contrasta con una visión política que se obstina en definir Babel como un anuncio apocalíptico del fin de la unidad de España. Magalhâes  en una entrevista propuso para el problema territorial, pero que suena a sacrilegio, aunque esté en las leyes vigentes: “Es un drama que el catalán no sea sentido por todos como una lengua de todos. En Cataluña (en la sociedad) existe una enorme generosidad con el castellano, que no es recíproca, y que sería muy útil. No hay español que no sienta la Sagrada Familia o Gaudí como propios, ¿por qué no la lengua?”. Sugiere que las escuelas españolas añadan a su currículum la enseñanza de catalán, euskera o gallego. Cuando se entienda que las lenguas son de todos el problema se acabó. La política de inmersión lingüística fue necesaria en aquel momento, pero ahora convendría diseñar una fase distinta de la política lingüística para que las lenguas de las autonomías estén presentes en toda España y, al mismo tiempo, que el castellano esté más presente en esas comunidades. España no puede tratar al catalán, el gallego y el euskera como lenguas de un rincón.

Termino con otra valoración foránea, del libro La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (1996-2011) de la profesora de literatura española de la Universidad de Illinois, venezolana y de origen español, Luisa Elena Delgado. Cuenta dos hechos, que me han servido de motivo de reflexión. En su Departamento de Español se estudian las 4 lenguas peninsulares. Y muestra su agradecimiento a Juan María Ribera Llopis que en los años ochenta del siglo XX preguntara a los alumnos de 4° de Filología Hispánica de la Universidad Complutense de Madrid si querían dar la clase optativa de Introducción a la Literatura Catalana en catalán, aclarando que se traduciría lo que fuera necesario. Que los alumnos dijeran mayoritariamente que sí, a pesar de no tener conocimiento previo del catalán ni ser, en la mayoría de los casos, de origen catalán, da la medida de cómo han cambiado las cosas a peor en España. Si hoy estamos así, son responsables la clase política estatal y la periférica, al haber utilizado la lengua como arma arrojadiza con fines electorales. Aquí, despreciando el gallego, el catalán o euskera, al imposibilitar su uso en el Senado, cámara de representación territorial; denominándola el LAPAO, o hablando el catalán en la intimidad. Allá, forzando la máquina, con leyes  de normalización lingüística con el pretexto de que sus lenguas debían ser potenciadas por su situación de inferioridad respecto al castellano heredada de la dictadura Hoy esta ley debería ser corregida dando mayor presencia al castellano y no dejarlo en una simple asignatura. Por supuesto, los medios de comunicación de aquí y de allá han contribuido a incrementar la tensión lingüística, en lugar de atenuarla. Y nosotros, los españoles, la hemos asumido e interiorizado, ya que como señaló Azaña: Un cartelón truculento es más poderoso que el raciocinio. Por ello, nos conducimos como gente sin razón, sin caletre. Somos extremosos en nuestros juicios. Pedro es alto o bajo… Los segundos términos, la gradación de matices no son de nuestra moral, de nuestra política, de nuestra estética. Cara o cruz, muerte o vida.

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2 Comments

  1. En absoluto puedo estar de acuerdo con semejante reflexión, al margen de la cantidad de sentencias condenatorias que ni se han respetado y menos obligado.
    La prostituida Constitución ya reconoce la “cooficialidad” de las lenguas, las lenguas son para unir y no para desunir que es lo que se ha estado haciendo desde que Pujol empezó que por cierto ya Vidal Cuadras le gano todos los pleitos juridiscionales, pero que nadie aún les ha obligado a cumplir.
    El momento el 155 quizás no sea el más idóneo desde luego. tenemos una lengua en común que todos entendemos, pero en lo que nunca estaré de acuerdo es que una lengua comunitaria este por encima de la nuestra común.

    • LLamar Lapao al catalán de Fraga, eso es unir, concordia. Y creo que no has leído, lo que he escrito. No obstante, te lo repito.“El grupo dirigente que fuera capaz en el ámbito de la lengua de llevar un cambio legislativo modificaría la historia del país y garantizaría la unidad de la nación para mucho tiempo. Este cambio legislativo sería: el aprendizaje en la escuela, además de la materna, de otra lengua peninsular. No habría mejor disolvente para la crispación. “Una fuente de tolerancia” que contrasta con una visión política que se obstina en definir Babel como un anuncio apocalíptico del fin de la unidad de España. Magalhâes en una entrevista propuso para el problema territorial, pero que suena a sacrilegio, aunque esté en las leyes vigentes: “Es un drama que el catalán no sea sentido por todos como una lengua de todos. En Cataluña (en la sociedad) existe una enorme generosidad con el castellano, que no es recíproca, y que sería muy útil. No hay español que no sienta la Sagrada Familia o Gaudí como propios, ¿por qué no la lengua?”. Sugiere que las escuelas españolas añadan a su currículum la enseñanza de catalán, euskera o gallego. Cuando se entienda que las lenguas son de todos el problema se acabó. La política de inmersión lingüística fue necesaria en aquel momento, pero ahora convendría diseñar una fase distinta de la política lingüística para que las lenguas de las autonomías estén presentes en toda España y, al mismo tiempo, que el castellano esté más presente en esas comunidades. España no puede tratar al catalán, el gallego y el euskera como lenguas de un rincón. Lee esto, por favor, y lo reflexionas. Sabes lo que te digo Jose M. que lo que necesitamos son ingenieros de puentes, para unir las dos orillas, no retroexcavadoras de trincheras. Quienes tratamos de tender puentes, l grave, es que se nos acuse de marcianos. Un saludo cordial

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