A propósito del Arte y su Libertad, digamos…

por José Luis Rodríguez García

José Luis Rodríguez García
José Luis Rodríguez García. Catedrático de Universidad

…tertulianos, y por qué no hablamos de Guta

El admirable Adam Zagajewski incluye en Asimetría unos versos que aseguran “sabemos qué es el arte, conocemos bien la sensación de felicidad que nos aporta” para finalizar el poema, después de haber planteado problemas y vacilaciones que “no sabemos qué es el arte”. Las preguntas que plantea el poeta polaco son todas ellas reverberantes… Y uno podría alinearse con facilidad en su mundo reflexivo y emocionante. Yo mismo, que he trabajado desde hace mucho tiempo con la pregunta ¿qué es el arte?, me he encontrado con frecuencia en el dilema de Zagajewski, creyendo saber lo que sea el arte y a un tiempo sintiéndome incómodo con la impresión de no saber qué es el arte. Y no hay bicho viviente que te saque del atolladero: Ni Hegel, ni Schopenhauer, ni Croce, ni Lukács o Adorno, Gallard o Deleuze… Recorrido ímprobo, sensación de fracaso…

Pero si algo he aprendido –y espero que no vanamente- es que ni todo lo que el artista ampara bajo el nombre de “arte” -que suele ser “su” arte- es arte, lo que permitiría que la ocurrencia de un estúpido que se autodenomina artista debiera ser respetada como obra de arte.  Ahora escribo estupefacto y sorprendido, importunado por las contundentes declaraciones que leo sobre el estado del Arte que han abundado en los últimos días, aceleradas a propósito de la retirada del montaje de S. Sierra de ARCO y de la condena al inefable rapero Valtònyc e insistentes por lo general en que las canciones del citado son arte –lo repitió machaconamente en el programa de S. Griso mientras se rascaba el cogote para animar su circulación neuronal, supongo- y que en arte todo está permitido porque el arte es, ante todo, subversión e incendio –pobres e inocentes Hegel o Lukács-, argumentación manida cuando parece reflexionarse sobre la catedralicia obra de Sierra, semejante –pensarán algunos- a los galdosianos Episodios nacionales, qué digo, a la versión hispana de La comedia humana del cercano Balzac. Querría reflexionar mínimamente sobre las dos cuestiones citadas, reconociendo que están íntimamente vinculadas…

La primera se refiere a las afirmaciones del tenor siguiente: en el arte todo esté permitido…  Esta ocurrencia se la he escuchado a Valtònic, a  quien le agrada el gasosil encendido, los secuestros, tipo Ortega Lara, matar a la pobrecilla Esperanza Aguirre que no tiene la mínima culpa de su escasa capacidad de discernimiento, y un largo etcétera de gustos y sarcasmos que me ahorro relatar. Sus únicas gracietas las he podido encontrar en algunas deshilvanadas frases referidas a los Borbones, apuntes nada subversivos si tenemos en cuenta las viñetas y comentarios ya publicitados hace más de cien años y recuperados no hace mucho por el poeta aragonés Martínez Forega.  En cuanto a la obra del inteligente Sierra, qué decir. Señor mío, no entiendo, por ejemplo, que quienes colocaron un artefacto explosivo en la zaragozana basílica del Pilar puedan ser considerados presos políticos –y lo confieso como militante ateo que aspira a irse al otro mundo sin encender velas en claustro alguno-. Allá quien piense lo contrario: me parece bien en honor a la libertad de expresión que defiendo. Y me provoca una pequeña compasión el desastre que le han causado a sus polaroids, aunque debiera estar acostumbrado si se recuerda que hace años, en 2006, el municipio alemán de Pulheim exigió retirar la exhibición de su 245 metros cúbicos, una instalación de una cámara de gas en el interior de una sinagoga, prueba de inteligencia que no agradó lo más mínimo a la comunidad judía ni en general a la muy sensata ciudadanía de la pequeña localidad con poco más de 50.000 habitantes. ¡Qué poco sentido del humor tienen los judíos! ¡Qué preclara inteligencia la del laureado Sierra –que ya la había organizado morrocotuda en México año antes en otra instalación en la que los personajes se masturbaban en público-¡

Me permitirán observar algo ejerciendo mi libertad de expresión. El señor éste del Este dice que el arte no tiene límites. Estaría de acuerdo con el aludido si estableciera lo siguiente de acuerdo con algunas de las proposiciones marcadas por Sánchez Ferlosio en Las semanas del Jardín… Este señor del Este dice que como artista puede decir lo que le salga de los cojones porque el Arte no tiene límites expresivos. Pudiera ser verdad. Es consideración semejante a la que invoca el gran rapero que muy pronto escribirá sobre la maravilla de encontrarse con una niñita en la casona. He intervenido en alguna otra ocasión al respecto de este asunto… La verdad, y lo confieso, es que no me agrada la personalidad de un tipo que cantara una letra animando a violar a adolescentes o dar un tiro en la nuca a un adversario político, qué les voy a decir, y, abundando, intervendría para impedir que tal homenaje se llevara a cabo… Hace semanas, el gran Gallimard decidió no editar los textos rabiosamente antisemitas de Céline, que visitaba a Jünger preocupado porque las bayonetas nazi-francas no liquidaran a más judíos y, abundo, para fortuna de la juventud alemana, que la distribución de Mi Lucha, la magna obra hitleriana de los ángeles negros, ha estado prohibida hasta hace cuatro días. Claro, uno se pregunta, escuchando a artistas de aquí y allá, a la reaparecida como catedrática Inés Arrimadas o a los contertulios televisivos –que convierten a España en el país mundial donde hay más gentes preparadas en todo, en astronáutica, trigonometría y paleontología- por qué no ha de estar permitido todo en las relaciones sexuales o en el comportamiento político a no ser que se entienda que la expresión artística tiene bula. Según mi modesto entender, la expresión artística no debiera tener más privilegios que la maravilla sexual o las gloriosas expresiones cuando se contempla una peli de J. Ford, esto es, quiero decir, que lla actividad artística tiene sus limitaciones –como las hay, me parece, en las relaciones sexuales y en los comportamientos ciudadanos-. Particularmente, me desagradaría profundamente que un artista invitara al rapto de adolescentes a la salida de la escuela para mostrar la indefensión en que se encuentran o que animara a la pornografía infantil para cuantificar el número de morbosos hijos de puta que habitan a nuestro lado.

Es cierto que el Arte ha sido una de la actividades corrosivas y activas en los procesos transformadores del mundo moderno. Pero hay un tanto de exageración en tales afirmaciones por cuanto creo que las embestidas de los siervos o las exigencias de las mujeres han cambiado el mundo más que Delacroix o Picasso. Opinión personal, como es obvio –diría mi admirado García Calvo-, que reescribo en loor a la libertad de expresión. Pero, en fin, a lo que vamos… La segunda ocurrencia de unos y otras ha sido la de afirmar que “todo es arte”, proposición falsamente inclusiva por cuanto lo que exactamente se quiere decir es que un sujeto que se califica como artista asegura que lo que produce es Arte y que quien no lo comprenda así es un autoritario, retrógrado o simplemente imbécil. Es un argumentario que tuvo fortuna entre 1915 y 1940 y, en tales circunstancias, todo era muy coherente. El buenísimo Duchamp les fastidió la vida a muchos marchantes con su urinario, pero, como ustedes pueden adivinar, un Urinario en una sala de arte es “objeto de arte” solamente una vez: la repetición en el arte es imbecilidad que merece largo otoño en el purgatorio. Pero, he de confesarlo con rapidez, la cohorte de artistas –que posiblemente sea el oficio en el que un sujeto se bautiza a sí mismo como artista, lo que no me parece inadecuado- se lanzaron a editar tarjetas de Artista. Les hay que enlatan sus defecaciones, les hay que inmortalizan en formol a sorprendidos escualos, en fin, y no habría que sorprenderse que cualquier día a un Artista se le ocurra presentar en una exposición mundial el cadáver de un homeless para denunciar a la posteridad lo macabros que somos en el XXI –y ya veremos, porque vamos encaminados a la antropofagia-.

Y a lo que iba, retornando a mi admirado Zagajewski, a quien he conocido gracias a la amabilidad de mi querido David Mayor. Pues no sé lo que es el arte. Pero no por las razones que el poeta explica en su sesudo poema, sino porque me enternece o irrita, que ya no lo sé, no saber si esto que me presenta un Artista es epílogo de un desaguisado de Van Gogh o una tomadura de pelo. Señores y señoras, no todo es Arte, aunque es preciso comprender que todo intitulado artista afirme que su tesoro debiera ser preciado –y, a ser posible, subvencionada su actividad-. Debiera entenderse, y esto se explica en las Escuelas de Bellas Artes y se debate de cientos de encuentros y reuniones, que no todo es Arte porque no todo lo que los artistas producen es Arte, aunque no haya artista que no considere su ocurrencia como la genialidad que va a cambiar el mundo, la sociedad y las relaciones humanas.

Me excusarán la extensión de este texto… La verdad es que intuyo lo que es el Arte. Desde luego no es insulto, desde luego no es intención de dinamitar la convivencia, desde luego no es gramática para vejaciones, desde luego… Y, claro está, no olvido el infortunio de Buonarroti, de Baudelaire o de Verlaine –perseguidos porque eran, efectivamente, dinamita en la umbría melancolía de las sucesivas decadencias –mas no quiero seguir por esta linde porque a lo mejor provoco que alguien se autodenomine heredero de Chautebriand o Rimbaud y, ya puestos, tenderé entonces a emular a Mafalda: me bajo-… Ciudadanía, un esfuerzo más… Quienes atribuyeron dinamita mental a la expresión artística no producían gilipolleces –véase el Rae-…

El Arte, desde luego, es, en fin, un poema de Adam Zagajewski.

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