El proyecto Castor, un proyecto empresarial que se fue al garete

por Antonio Piazuelo Plou

El proyecto Castor un proyecto empresarial que se fue al garete
Antonio Piazuelo Plou
Antonio Piazuelo Plou, Ingeniero Técnico Industrial, ex diputado del PSOE

El proyecto Castor, un proyecto empresarial que se fue al garete… pero que nos afecta a todos directamente, aunque no se hable de él, porque se puede llevar 3.300 millones de euros salidos de nuestros bolsillos con destino a los de “personas tan necesitadas” como Florentino Pérez

Es curioso observar lo sencillo que les resulta hoy a los poderosos desviar la atención de las multitudes hacia asuntos de poca o ninguna relevancia colectiva y hacer que pasen desapercibidos otros que sí la tienen y en grandes cantidades. A veces pienso que, si Goebbels hubiese dispuesto de unas pocas cadenas de televisión dedicadas a eso que ahora llaman infoentretenimiento y de un instrumento como las redes sociales, Hitler habría muerto en la cama. ¿Para qué iba a haberse puesto a invadir territorios tan escandalosamente, con lo fácil y discreto que es invadir cerebros?

En estos días tenemos un ejemplo palmario de lo que acabo de decir. Por un lado está la muerte del pequeño almeriense, de Gabriel, el Pescaíto, a manos de la actual pareja de su padre, una mujer inmigrante, negra y con un pasado sentimental más bien abigarrado, amén de la extraña muerte de una hija hace años, que vuelve a investigarse ahora. Súmese a ello la presencia de unos padres destrozados por el dolor y que, encima se expresan formidablemente ante las cámaras, y tendremos todos los ingredientes necesarios para montar un show mediático de los que se recordarán. Tanto, por lo menos como los de las niñas de Alcásser, Marta del Castillo, Diana Quer y una lista interminable.

Me sumo desde ya, ¿cómo no?, al dolor de la familia del pequeño Gabriel, como al de todas las víctimas de estas tragedias que se producen de vez en cuando. Pero me sumo también al de todos los padres de los niños que mueren a diario en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa, y al de los que mueren de hambre y miseria en todo el mundo, o bombardeados en Siria, o por enfermedades sencillas de curar si hubieran tenido acceso a las medicinas.

En fin, no quiero desviarme. Quiero decir que la tragedia que está viviendo la familia del Pescaíto es digna de respeto, de solidaridad, de ayuda si es que la necesitan… pero es una tragedia privada, que afecta solo a un limitado número de personas y de la que es difícil extraer consecuencias de importancia para la comunidad. Bueno, pues aquí está lo tremendo del caso: la muerte de Gabriel sirve a las mil maravillas para plantear restricciones a la inmigración, para recelar de las personas de color, para aumentar los supuestos de nuestra peculiar cadena perpetua, para agitar como palmeros políticos a otros padres dolidos y comprensiblemente deseosos de acrecer el castigo para los que mataron a sus hijos. En una palabra, le viene de perlas al poder político, para quitarse de encima otros asuntos más desagradables y para que la gente esté entretenida discutiendo los mil y un detalles de la diaria ración de morbo que reciben a través de los medios y de las redes.

Así pues, haga usted la prueba. Salga a la calle e interésese por lo que cada cual sabe acerca del Pescaíto y su espantoso final. Todo, lo saben todo y de todo opinan. A continuación, deje a un lado al pobre pececillo y pregunte por un roedor mucho menos simpático: el castor. ¿Qué sabe la gente de la calle acerca del Proyecto Castor? No hace falta ser adivino para decir que un altísimo porcentaje lo ignorará todo sobre este bicho de mal agüero y otros con mejor memoria recordarán un proyecto de almacén submarino de gas que, hace unos diez años, se intentó construir cerca de la costa mediterránea. Poco más. Los medios no abrieron sus informativos con ello en su momento, las redes sociales no se incendiaron y el olvido cayó sobre él. Un proyecto empresarial que se fue al garete… pero que nos afecta a todos directamente, aunque no se hable de él, porque se puede llevar 3.300 millones de euros salidos de nuestros bolsillos con destino a los de personas tan necesitadas como Florentino Pérez (¿a que todos saben quién es este?).

Las noticias sobre el Castor han vuelto a aparecer en días pasados, claro que lo hicieron sin bombo y platillo y hay que buscarlas con lupa en páginas interiores. Pero el caso parece serio: en la Audiencia Nacional hay una querella criminal contra ex ministros, altos cargos y empresarios de ringorrango por nada menos que prevaricación, fraude a la Administración y malversación de caudales públicos. Una suma que, ya digo, se sitúa por encima de los 3.000 millonazos.

La querella, presentada por una organización denominada Observatorio de la Deuda en la Globalización (ODG), responsabiliza a Florentino Pérez de haber tramado un plan delictivo para obtener gigantescos beneficios de la construcción del almacén, su explotación y su financiación. Lo que lo hace presuntamente delictivo es que, antes de acometerlo, todos estaban avisados de que las inyecciones de gas podrían causar importantes movimientos sísmicos que pondrían en riesgo zonas costeras muy alejadas de la plataforma. Que fue lo que sucedió. Que se lo digan a los vecinos de Lorca, en Murcia, o de las costas de Tarragona y Castellón.

Pues bien, a pesar de advertencias tan bien fundadas, el ministerio de Medio Ambiente, dirigido entonces por Elena Espinosa, aprobó positivamente la evaluación de impacto ambiental sin exigir el menor estudio de riesgo sísmico. Y los sucesivos ministros de Industria (Clos y Sebastián, del PSOE, y Soria, del PP) aprobaron todos los trámites del controvertido proyecto sin rechistar, a sabiendas también de que los científicos auguraban las catástrofes que produciría.

Era un proyecto destinado a fracasar, una inversión multimillonaria que no serviría para nada (bueno, sí que sirvió para causar muertos, heridos y destrozos mayúsculos antes de que se le diera carpetazo). ¿Por qué, entonces, siguieron adelante con el Castor de los demonios? Muy simple: porque el beneficio de la empresa de Florentino Pérez quedó blindado por la Administración. Porque, de una forma inexplicable, el decreto de concesión que aprobó el gobierno socialista en 2008 preveía indemnizar a la empresa en caso de que el Proyecto Castor naufragase… ¡incluso si se demostraba que había actuado de forma dolosa o negligente! Algo que sucedía por primera vez en una infraestructura así. Por encima de los 3.000 millones, repito, nos van a costar a todos los terremotos, los muertos y los heridos… porque el almacén submarino de gas se quedó en el limbo.

Súmenle las radiales, los 63.000 millones del rescate bancario, varios casos más que todos sabemos, y díganme luego si asuntos como el del Castor no deberían estar en primer plano del debate.

La trágica muerte del Pescaíto nos conmueve, y es lógico que así sea. Pero debemos prestar mucha atención a los Castores, que muerden. Y se llevan unos bocados enormes de ese dinero que luego lamentamos no tener para cumplir con las obligaciones sociales del Estado. Y lo lamentamos derramando en el Parlamento lágrimas de otro animal. Este, un reptil conocido como Cocodrilo.

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