Impertinencias (1): La justicia y la calle

por José Luis Rodríguez García

La justicia y la calle
El abogado Agustín Martínez Becerra, defensor de cuatro miembros de La Manada
José Luis Rodríguez García
José Luis Rodríguez García. Catedrático de Universidad

Esta historia sucedió en 1953. Merleau-Ponty y Sartre estaban a punto de iniciar un distanciamiento que no se disolvería jamás. Sartre se confiesa a ese amigo que le había llevado de la mano hacia el compromiso político. Merleau-Ponty había elogiado la brillantez filosófica de El ser y la nada. Pero en 1953 todo se vino abajo… El motivo no fue otro que la renuncia de Merleau-Ponty a comentar temas de actualidad porque estimaba que es precisa una relativa distancia temporal para estar en disposición de emitir un juicio sustentado. Y Sartre se lo reprocha: hay tareas urgentes que acometer, señala en una de las cartas que intercambian y que nos permiten reconstruir el fin de un idilio afectivo e intelectual –la condena de los Rosemberg, Indochina, la guerra de Corea… Podemos preguntarnos inocentemente quién tenía razón… No me atrevería a responder con rotundidad porque es cierto que las tareas de los servicios secretos durante la Guerra fría, las tergiversaciones dirigidas desde las cúpulas partidarias podían transmitir versiones sumamente sesgadas, invenciones teñidas todas ellas, de un lado y de otro, de odio y miseria moral. Ambos lo sabían porque recordaban toda la indignidad que alimentó el intento de convertir a Nizan en un traidor a partir de una sesgada interpretación de su novela La conspiración: de hecho, ambos firmarían un breve texto, que fue publicado en el número 22 de Les temps modernes, para reivindicar la memoria del amigo muerto y demoler el sectarismo de quienes habían inspirado la acusación, entre quienes se encontraban, por cierto, Lefebvre y el poeta Aragon. Pero, por otro lado, el mundo estaba tan incendiado que parecía innoble y cobarde no salir al paso de tanta inmundicia, aún a riesgo de equivocarse… Así, Merleau-Ponty recomendaba paciencia mientras Sartre urgía a opinar. Creo que nadie está en condiciones de apostar decididamente en favor de una decisión u otra… Es más, creo que todos podemos compartir un día una opinión y otra semana otra opinión… B-H. Lévy confesaba que era preferible equivocarse con Sartre, está bien. Otros piensan que es preferible tener una distancia prudencial para hablar, está bien.

Viene a cuento este recordatorio, que pretende ilustrar una confesión personal, porque he revivido durante las últimas semanas una situación comparable –aunque de forma lejana, ya lo sé- a la de las figuras evocadas. Pensar en lo que ocurre, pero garantizar una documentación creíble porque tengo la sensación, y creo haberlo escrito en alguna parte, de que la tarea meticulosa y obscena de los Servicios de Inteligencia, que continúan actuando a gran escala, ha sido sustituida adecuadamente por las redes sociales, capaces de crear fake news con desvergüenza memorable. Es posible que muchos de nosotros hayamos compartido la impresión de estar errando continuamente porque, a raíz de la publicación de un artículo o de la expresión de una opinión en una entrevista, por ejemplo, se reciben decenas de mensajes con el titulado “lamento que no te hayas enterado de que…” o “tengo que descubrirte que…”, triquiñuelas que esconden lo que de verdad se quiere comunicar: te han engañado, eres un iluso, no sabes de qué va la cosa y Yo te voy a deslumbrar… Y uno no tiene más remedio que quedar, en efecto, cegado y dudando si uno mismo no es un descerebrado oportunista… Pero junto a esta circunstancia, que describo con brevedad, se mantiene la necesidad de librar un cierto coraje ciudadano. Hemos vivido tal acumulación de ofensas en los últimos meses que sería cobarde no expresar una opinión, rechazar el juicio sobre los sucesos, invocar una prudencia que puede ser tan a veces necesaria como con frecuencia lejanamente cómplice. De modo que quiero comenzar estas Impertinencias con la valoración del último gran y penoso acontecimiento que nos ha desolado como ciudadanía. Me refiero a la sentencia del llamado caso Manada, ese juicio contra cinco homínidos machos que sembraron el terror en una acosada adolescente, nocturna y alevosamente.

Quiero considerar, en primer lugar, el texto de la condena en sí… Ojeada precipitadamente, dominando el asco que me producían las elucubraciones de los jueces y de la jueza –tan imaginativos que parecían a veces estar inspirados por alguna desinhibición irreparable-, me he detenido en las palabras de ese aparente orate que es don Ricardo González: ahí es nada, más de cien folios. Puede comprobarse que su fantasía es genial, aunque sea una fantasía grosera y barriobajera, propia de alguien que aspira al título de Míster Oligofrenia. Supongo que estarán de acuerdo conmigo. Pues el señor juez, muy sesudamente, afirma que observa en el vídeo, que no hemos visto, gozo en el rostro de la muchacha que está siendo violada, es más, que se agita como si estuvieran entrando en trance, suponemos, poniéndonos en su mente un tanto caliente a estas horas de la redacción, que debido al tamaño de las tuberías de los desalmados. Pero lo más alucinante de su novelaza es la valoración del comportamiento de los maduritos que pasaban por ahí: el tal don Ricardo González asegura que detecta comportamiento delicado en los delincuentes. Y se queda tan ufano ahogándose en la propia mierda que distribuye. ¿Delicadeza? Veamos, y solicito disculpas por si se produce un espontáneo vómito. Don Ricardo González, muy estimado en el palacio navarro de Justicia, entiende que es delicadeza abandonar a una adolescente después de haberla penetrado más de una decena de veces y que es delicadeza largarse robándola el móvil: imagino que lo primero porque, ciertamente, podrían haberla rapado al cero o dejarla el móvil, lo que, sin embargo, a juicio del imaginativo juez, habría impedido que la agredida continuara su refocile sexual. Supongo que el texto se incorporará de inmediato a las múltiples evidencias de la infamia humana y su autor reconocido como una de las mentes más perversas de este siglo que iniciamos entre hiperventilaciones de basura y coraje ciudadano.

Pero en este horizonte de despropósitos no parece generoso olvidar a don Agustín Martínez, muy televisivo últimamente, que conferenció la pasada semana en Zaragoza para dar su visión y versión de la condena aprovechando la circunstancia para impartir una lección de jurisprudencia a la ciudadanía y al universo en general basada dicha lección magistral en indicar que vamos a acabar siendo todos abogados y magistrados si se impone el adoctrinamiento del tuit, que de eso nada, que para formación la suya que casi alcanza el nivel de Wikipedia. No se inquiete, donde Agustín, que con ocupantes cono usted en el escalafón todos saldríamos corriendo. El verdadero problema es que el interfecto parece creerse lo que dice, jura con su rostro inmune al desaliento que sus defendidos son inocentes, que los pobrecillos simplemente aceptaron la invitación de la adolescente al improvisado guateque, añadiendo siempre, una y otra vez, como si no hubiera entendido la película, que él está al tanto de la técnica jurídica y que los cientos de miles de manifestantes que andan por ahí fastidiando más ganarían si se pusieran a cocinar. Ay, amigo fontanero, ni se le ocurra opinar sobre la última de Almodóvar, ay, amiga librera, si se le pase por la imaginación valorar la Capilla Sixtina. Y lo repito, don Agustín González perorando como si se creyera lo que dice que le dicta su sabiduría –que da para lo que da: insultar a media humanidad y a otra casi media-. Menos mal que ha habido alguien capaz de sacarle los colores –bueno, me equivoco, de hacerle palidecer-: ocurrió el domingo en el programa de Cristina Pardo, que, siempre incisiva y sin perder los papeles, le preguntó qué pensaría del leve acoso de los Manadas´boys si la víctima hubiera sido su hija. Embarazoso silencio, demudada la color, juro que el tipo palideció porque si dice que igual es comprensible que su hija no volviera a comer en su despreciable compañía y si dice que no toda su argumentación se va al carajo. Cosas de la vida, don Agustín, que más cornadas da el hambre –o, en este caso, el hombre-.

Pues bien, habría que recordarle a don Agustín algo que sabe todo quisque que haya leído alguna página más allá de las fotocopias de apuntes que usted compraba a precio de saldo. Se lo voy a ilustrar a la altura de sus prodigiosas entendederas. Resulta que, siendo catedrático de Filosofía en la Universidad de Zaragoza, entiendo que no estoy capacitado para valorar un empeño arquitectónico, ingenieril o médico, aunque no renunciaré jamás a mi derecho a expresar una opinión civil sobre lo que veo, siento y padezco. Parte como soy de la Multitud o de la Calle reconozco que, aunque no puedo hablar mucho de las razones biológicas de la ecología, nadie me va a suprimir el derecho a defender la supervivencia de las ballenas. Le voy a ofrecer un ejemplo, que no sé si es muy oportuno… Sabe usted que el ínclito Calatrava, nuestro gran arquitecto ha diseñado o proyectado algunas de las grandes aventuras arquitectónicas de las últimas décadas. Un genio, vamos. No puedo opinar de la oportunidad técnica de sus ofertas. Debían ser geniales. Pero, conociendo algunas, certifico como ciudadano que en algunos de sus puentes la gente resbalábamos, y en otras, también cercanas de mi querida patria adoptiva, los recubrimientos cerámicos se caían sobre los transeúntes que caminaban por allí para hacer rouning y no esquivar satélites caídos del cielo. Lo que inoportunamente me trae al recuerdo una vieja consideración de Popper que leí en El París a comienzos de agosto de 1987 en la que el filósofo nos planteaba la conveniencia de que la Calle –claro, entonces no se denominaba así- pusiera en entredicho las emisiones de los políticos y los técnicos. ¿Su tesis, su oferta…? En verdad, decía Popper, las proyecciones democráticas estaban devaluadas cuando Tú podías opinar sobre economía, relaciones internacionales, biología molecular, etcétera… Exagero. Entonces, reafirmación de una élite que estuviera un peldaño más allá de la Calle. Pero Popper hubiera silenciado su altavoz, estoy seguro, si se hubiera situado en el mundo que él no vivió: un horizonte en el que la Calle, ignorante acaso, pero alimentada de un profundo sentido moral, dice No, repite No, dice Nosotros.

Cambiamos de tercio… Todo esto, lo relativo a la relación Magistrados-Calle lo sabía, lo reconocía Platón en uno de sus diálogos. No supongo que don Agustín, protagonista de nuestro esperpento, lo conozca –imagino que no ha leído una página en su vida más allá de las fotocopias de los apuntes que le revendían sus amigos-. Pero lo que me sorprende en verdad es que las corporaciones de Jueces, magistrados y adlátelres hayan salido en tromba a defender la interpretación de esta memorable sentencia que, al menos, servirá para que estos servidores públicos entren en la historia de nuestro siglo. ¿Argumentaciones…? Pues, claro, una muy fuerte. Ellos tienen en sus manos el código penal y su interpretación. El rostro de sus portavoces me recuerda a los personajes que recordaba Hegel en uno de sus escritos de juventud cuando escribía, sin ninguna ironía, muy realista, que los sacerdotes se disfrazaban cuando querían convencer a sus feligreses que ellos poseían la verdad, que interpretaban bien lo que sucedía a su alrededor. ¿Quién se levanta ante el cura revestido con casulla dorada, quién ante el magistrado togado? Nadie, sólo un perro despistado y hambriento. Y no quiero hablar de perros y gatos: lo que me pone la carne de gallina, y no estoy en plan Orwell, es que no ha escuchado ninguna declaración de nuestros próceres jurídicos referida a la víctima, manifestando la mínima compasión, nada, ellos a lo suyo, limpiando el sillón de su nómina no sea que llegue la Calle a martirizarlos.

Y la modesta consideración del texto que nos ocupa, y con el recuerdo de la víctima, he de recordar algo a la jefatura intocable de los magistrados. Que existe una inviolable dialéctica entre Institución y Calle y que ésta se resuelve en la vida, no en las audiencias, no en los pasillos ministeriales, sino en la Calle. Parece haberse interpretado una prueba –el vídeo invisible para la ciudadanía…-, el silencio de la víctima como una evidencia de su consentimiento. Se ajusta al derecho, decís, Señorías… Genial. Durante muchos años he leído testimonios de supervivientes del Holocausto, de compañeros de fusilados durante el franquismo, de confesiones aletargadas de muchos otros: nadie acudía al asesinato previsto esperando gritar. La muerte y la tortura impiden el grito. Es obvio que don Ricardo González desconoce esto. Es obvio que don Ricardo González es, también, un homínido machista. Lo que resulta sorprendente, y retomo el hilo torcido mi argumentación, es que nuestro aparato jurídico se ampare en su conocimiento del Código y que, entonces, parezca resolver que están en al ámbito de la normalidad social. Impresionante… ¿Pero en qué manos estamos la ciudadanía? Tengo la impresión de que en manos de obedientes que ni siquiera son capaces de poner en cuestión sus principios… Cómo es posible poner en cuestión aquello por lo que hemos sido entronizados a esta sacristía privilegiada, dicen, alejada del murmullo de la Calle, limpia con el botafumeiro del diploma que asegura que mi palabra es sumamente genial y el tuya, Ciudadano, vana, escorada, ignara… Lo que quieren desconocer los Ilustrísimos e Ilustrísimas es que en la intrahistoria de su aventura intelectual y social encontramos protagonistas que decidieron cuestionar su aclamada ciencia jurídica para apoyar lo moral y político frente a la opacidad pétrea del derecho vigente. Esto sucedió, por ejemplo, durante los años de la reivindicación de la igualdad en EEUU, antes incluso de la Gran Marcha liderada por Luther King: hubo valientes que desafiaron al Poder para defender la dignidad de la ciudadanía y de los imbéciles negros que no sabían leer pero que aspiraban a comprar wiskie en los mismos supermercados que los emigrantes caucásicos provenientes de la depauperada Europa. Y, en rigor argumentativo contrario, he de recordarles que conocemos la identidad de obra y actuación de muy ilustres jurídicos que, más allá de su brillantez, eran unos auténticos verdugos de las libertades individuales… Ay, me viene a la memoria un ilustre rostro: ¿recuerdan ustedes a C. Schmitt? Era aclamado, y ha venido a seguir siéndolo… Lo sabía todo del derecho, del código de su impatria. ¿Y qué era? Me parece que no se lo descubro a sus Señorías, capitanes de la interpretación de nuestros comportamientos: el sabio Schmitt era un redomado nazi, lo que no quita que fuera un reconocido jurista que recomendaba aplicar el derecho vigente.

He sentido vergüenza y asco en los últimos días. No lo lamento: es el video de mi vida. Lo que lamento es haber descubierto en los laberintos del aparato judicial tanta miseria, falta de empatía y, sobre todo, corporativismo que busca la amalgama de una miel podrida antes que el corazón y racionalidad tendida hacia las víctimas. Ya lo sé, el caso de la víctima de la Manada es exclusivo… Pero yo diría que es ejemplar: evidencia de la podredumbre de una sociedad de cloacas donde sobreviven bestias que se ríen cuando alguien es asediado, violado, despreciado.

No me atrevería a sugerir un tiempo de internamiento en un cómodo frenopático a muchos de los que han hecho alardes de su soberbia y de patronialismo jurídico. Nada, porque no soy policía del pensamiento, tan apenas soy un animal que recorre la Calle. Pero me siento en el derecho y obligación de calificarles como lo que me parece que son: estúpidos e ignorantes, prepotentes y lisiados mentales. ¿Una recomendación? En fin, como lector de filosofía sugeriría que se incluyera en los planes de estudio de las Facultades de Derecho , y en otras, claro está, la lectura y consideración de la conferencia que Musil leyó en la Viena orgullosa ante un público estupefacto -era marzo de 1937-: se titulaba Sobre la estupidez. Si desconocen quien era Musil abran Wikipedia

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