Rusia 2018: un mundial de fútbol geopolítico

por Andrés Ortega Klein

Rusia 2018: un mundial de fútbol geopolítico
Inauguración de la Copia Mundial de Fútbol de la FIFA Rusia 2018. Foto: Kremlin.ru (Wikimedia Commons / CC BY 4.0).
Andrés Ortega Klein
Andrés Ortega Klein, Investigador senior asociado del Real Instituto Elcano. Consultor independiente y director del Observatorio de las Ideas.

La Copa Mundial de Fútbol de la FIFA en Rusia, el acontecimiento deportivo más visto por la televisión, está ayudando a romper el aislamiento internacional, o al menos con Occidente, del régimen de Vladimir Putin. Es lo que el presidente perseguía con el segundo gran acontecimiento de carácter global de este tipo en Rusia en unos años, tras los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi en 2014. Ya organizar este Mundial es un éxito, y ha mejorado la imagen de Rusia y de Putin. Éste último ha parecido siempre centrarse más en el Mundial en sí que en su propio equipo nacional, aunque el inesperado relativo buen hacer de la selección rusa ha debido sorprender a muchos, comenzando por el propio Kremlin.

El póster oficial ya era indicativo de esta carga geopolítica del mundial, como bien lo diseccionó en su día Max de Haldelang. En estilo constructivista lleno de resonancias soviéticas de gran potencia, el protagonista es el gran portero Lev Yashin (1929-1990). Pero es también una alusión a la carrera espacial que Moscú llegó a liderar en una época en la Guerra Fría. El más de medio millón de visitantes extranjeros esperados en varias ciudades de Rusia dará a conocer mejor el país, aunque el acontecimiento en sí no tenga racionalidad económica, como ha señalado un análisis del Foro Económico Mundial

El momento es importante, con la quiebra de Occidente, manifestada últimamente en la ruptura de Donald Trump con sus aliados en la reciente cumbre del G7 en Canadá. La petición del presidente estadounidense de volver a incorporar a Rusia a esta formación, de la que fue expulsada en 2014 tras la ocupación y anexión de Crimea y la guerra en Ucrania oriental, favorece a Putin. La obsesión de Trump es China, no Rusia, a la que quiere a su lado en su pulso de largo alcance con Pekín. De hecho, Trump y Putin celebrarán un encuentro bilateral en territorio tercero, en Helsinki, el 16 de julio, un triunfo para el ruso días después de la cumbre de la OTAN, de incierto resultado. Incluso el presidente francés, Emmanuel Macron, se ha mostrado abierto a invitar a Putin a la siguiente cumbre del G7, bajo presidencia francesa, siempre que Moscú hiciera algunos gestos, como reafirmar el proceso de Minsk para una solución ucraniana. Entretanto, Putin se ha codeado con Xi Jinping en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, en Qingdao.

La ceremonia inaugural del Mundial fue austera. Y el discurso de Putin, comedido y con un llamamiento a que “el fútbol une”, aunque no es habitual que el presidente del país anfitrión tome la palabra en tal ocasión. En el partido inicial, entre las selecciones de Rusia y Arabia Saudí, junto a Putin se sentó el hombre actualmente más poderoso (y ¿transformador?) de ese país, el príncipe heredero Mohamed bin Salman (conocido como MbS). Todo ello a pesar de sus diferencias con Putin sobre Siria y otras cuestiones. Es verdad que Occidente hasta el momento ha estado escasamente representado en los palcos. Pero el boicot diplomático que Londres (Familia Real y Gobierno) decretó a raíz del intento de asesinato en Salisbury del agente ruso Sergei Skripal y su hija, no parece haber sido formalmente muy seguido. Veremos cuando se llegue –con qué equipos nacionales– a semifinales. En todo caso, una situación muy alejada del boicot a las olimpiadas en Moscú en 1980 tras la invasión soviética de Afganistán.

Según el analista francés Pascal Boniface, “el fútbol se ha desarrollado mucho más que la democracia; es un factor de influencia internacional por la vía suave”. Putin ha intentado lanzar algunos mensajes geopolíticos con esta competición. Para empezar, que las sanciones occidentales no han hecho tanta mella (aunque sí lo han hecho) en su país. Significativo es lo ocurrido con Kaliningrado, un enclave ruso militarizado entre Polonia y Lituania, anexionado por Rusia en 1945, y que Alemania no ha vuelto a reclamar. Era la antigua Königsberg prusiana de Emmanuel Kant, el filósofo con una idea muy diferente de la paz perpetua. Kaliningrado alberga hoy la base de la Flota Rusa del Báltico y de los misiles Iskander –con posibilidades nucleares– que apuntan a Europa. Allí Putin mandó construir un estadio con cabida para 35.000 espectadores, cuando el equipo local no suele atraer más de 4.000: en el mundial, sólo para cuatro partidos, entre ellos el España-Marruecos del pasado día 25 de junio. Este enclave es una señal de aguante frente a la OTAN.

El mundial ha servido, al menos temporalmente, para tapar las acusaciones de corrupción contra el comité ejecutivo de la FIFA tras la decisión de adjudicar los acontecimientos de 2018 y de 2022 a Rusia y a Qatar, dos regímenes autoritarios. Y en estas semanas el sistema Putin ha disimulado su rechazo a la comunidad LGBT.

El “deporte rey” es espejo de la economía global, como bien señala el economista Francesc Trillas en su libro Pan y Fútbol (2018). En el mundial se ven reflejados algunos aspectos de la globalización, si bien de una extraña manera. Pues faltan las dos mayores potencias, EEUU y China. El primero –azote de la corrupción en la FIFA– lleva años intentando que el futbol entrase en el gusto de sus gentes. Lo ha conseguido, de momento, más para el fútbol femenino que para el masculino. Y en este intento acogerá, junto a México y Canadá (la primera vez que será en tres países), el Mundial de 2026, y eso que el NAFTA (TLCAN, Tratado de Libre Comercio de América del Norte) está en tela de juicio. En cuanto a China, se propone entrar de lleno en este gran juego para 2030 y ganar en 2050.

Hay otro aspecto de la globalización en el fútbol, como puso de relieve un editorial del Financial Times: desde hace algunos lustros se ve, en general y pese a destellos individuales, peor fútbol de equipo en los mundiales que, por ejemplo, en la Champions europea. Desde que la sentencia Bosman del Tribunal de Justicia de la hoy UE acabó en 1994 con el proteccionismo en el deporte privado, en los equipos con renombre juegan en la Champions europea los mejores jugadores del mundo. En eso, Europa domina, aunque a menudo gracias a jugadores no europeos. Pero, claro, están siempre las emociones nacionales. En eso, la Copa del Mundo, con sus sorpresas y con sus nacionalismos bien entendidos, resulta imbatible.

Andrés Ortega Klein

Publicado con permiso del Real Instituto Elcano

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