¿Cómo es posible, entonces, no hacerle caso a Marx, quien profetizó y analizó esta devastación?

por Cándido Marquesán

Cómo es posible, entonces, no hacerle caso a Marx, quien profetizó y analizó esta devastación
Segundo Congreso de la Liga de los Comunistas, en Londres, recreado en este óleo de H. Mocznay. Museo Alemán de Historia, Berlín.
Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

“Marx puede haber sido un profeta fracasado y sus discípulos más exitosos una cuadrilla de tiranos, pero el pensamiento marxista y el proyecto socialista ejercieron un atractivo único sobre algunas de las mejores mentes del siglo XX”.

Entre los autores que considero uno de mis referentes, no solo desde el punto de vista historiográfico sino también desde la ética, es Tony Judt. Lamentablemente fallecido en el verano de 2010 a consecuencia de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) que le fue detectada en 2008. Catedrático de historia en la Universidad de Nueva York, en la que ingresó en 1987 tras pasar por la de California y Oxford. Tiene un conjunto de obras en el ámbito de la historia insuperables: Algo va mal; Pensar el siglo XX; Postguerra. Una historia de Europa desde 1945, uno de los estudios más completos, rigurosos y amenos sobre la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial; Pasado imperfecto. Los intelectuales franceses: 1944-1956; y Sobre el olvidado siglo XX. Sobre este último libro citado, el primero que me permitió conocer a Judt, versan una parte de las líneas siguientes.

El título Sobre el olvidado siglo XX es sugerente, ya que pretende sensibilizarnos de que hemos entrado en tromba en el siglo XXI, olvidando las guerras, desmanes, ideales, dogmas y temores del siglo XX. Afirma que de todas las transformaciones de las tres últimas décadas, la desaparición de los “intelectuales” quizá sea la más sintomática. El siglo XX fue el de los intelectuales, vocablo que empezó a usarse a inicios del XX, significando a personas del mundo de la cultura que se dedicaban a debatir y a influir en la opinión y la política pública, y que estaban comprometidos con un ideal, un dogma o un proyecto. Los primeros fueron los escritores que defendieron a Dreyfus de la acusación de traición, recurriendo para su defensa a valores como “justicia”, “verdad” y “derechos”. Considerando la trascendencia que los intelectuales tuvieron en el siglo XX, a ellos dedica una parte importante del libro: Arthur Koestler, Primo Levi, Manès Sperber, Hannah Arendt, Albert Camus, Althusser, Hobsbawn, Kolakowski, Juan Pablo II y Edgard Said. Todos estos tienen un capítulo específico. Es excepcional el dedicado a Leszek Kolakowski, titulado ¿Adiós a todo eso? Leszek Kolakowski y el legado marxista sobre el que reflejaré algunas reflexiones de Judt y mías propias.

Kolakowski fue un destacado filósofo marxista en la Polonia de la posguerra hasta su marcha en 1968. Durante esta época fue un claro disidente: ya en 1954, a los veintisiete años, se le acusó de desviarse de la ideología marxista-leninista. En 1966, en el décimo aniversario del “Octubre polaco” pronunció una conferencia crítica en la Universidad de Varsovia, lo que motivó que Gomulka le reprendiera oficialmente acusándole de ser el principal ideólogo del revisionismo. Obviamente tras ser expulsado de su cátedra, tuvo que exiliarse a Inglaterra y los Estados Unidos para ejercer la enseñanza, aunque sus preocupaciones intelectuales fueron, tras abandonar el marxismo, la historia de la religión y la filosofía europeas. Pero lo realmente importante, por lo que ha merecido la atención de Judt es que Kolakowski realizó la mejor obra en los últimos 50 años sobre la historia del marxismo Las principales corrientes del marxismo, en tres tomos: Los precursores, La edad de oro y La crisis.

Para Judt, a pesar de que en los últimos tiempos el marxismo parece eclipsado, conviene recordar el extraordinario influjo que ha ejercido en la imaginación del siglo XX. Marx puede haber sido un profeta fracasado y sus discípulos más exitosos una cuadrilla de tiranos, pero el pensamiento marxista y el proyecto socialista ejercieron un atractivo único sobre algunas de las mejores mentes del siglo XX. El marxismo está inextricablemente vinculado a la historia intelectual de la modernidad. Ignorar esta circunstancia significa desfigurar de una manera tendenciosa el pasado reciente. Hay tres razones por las que el marxismo duró tanto y ejerció tal magnetismo entre muchos y grandes intelectuales.

En primer lugar, el marxismo supone una idea muy ambiciosa. Su atrevimiento epistemológico de comprenderlo y explicarlo todo atrae a quienes manejan ideas. Además, una vez que sustituyes al proletariado por un partido que promete pensar en su nombre, has creado un intelectual orgánico colectivo, que aspira no solo a hablar por la clase revolucionaria sino también a sustituir a la antigua clase dirigente.

La segunda fuente del atractivo del marxismo es que su proyecto, lo mismo que el antiguo sueño socialista, al que desplazó y absorbió, era una línea en la narración progresista de nuestro tiempo; con el liberalismo clásico, su antitético gemelo histórico, tiene en común la visión racionalista y optimista de la sociedad moderna y sus posibilidades que caracterizan su narración. El giro distintivo del marxismo de que la futura sociedad sería sin clases y postcapitalista ya era difícilmente creíble en 1920. Pero los movimientos sociales de inspiración marxista siguieron hablando, como si todavía creyeran en el proyecto transformador. El SPD abandonó la revolución a todos los efectos antes de la Primera Guerra Mundial, pero no levantó oficialmente la hipoteca de la teoría marxista que pesaba sobre su lenguaje y sus metas hasta 1959, en el Congreso de Bad Godesberg. En 1981 en Francia, tras la elección de Mitterrand a la presidencia, todavía había socialistas franceses que hablaban de “grand soir” revolucionario y de la inminente transición al socialismo, como si estuvieran en 1936. En suma, el marxismo era la estructura profunda de la gran mayoría de la política progresista. El lenguaje marxista daba forma y una coherencia implícita a muchas clases de protesta política moderna. La pérdida del marxismo como forma de relacionarse críticamente con el presente ha dejado un espacio vacío. De ahí la confusión de la izquierda en Europa en los últimos años, lo que provoca inevitablemente a hacernos las siguientes preguntas: ¿Pero qué defiende? ¿Qué quiere?

Pero el atractivo del marxismo tiene una tercera razón, quienes en los últimos años se hayan apresurado a saltar sobre su cadáver, harían bien en reflexionar sobre ella. Si generaciones de hombres y mujeres inteligentes y de buena fe estuvieron dispuestas a dedicar su vida plenamente al proyecto comunista no fue solo porque un cuento seductor de revolución y redención les hubiera inducido un estupor ideológico. Fue porque les atraía irresistiblemente su mensaje ético: el poder de una idea y un movimiento dedicados firmemente a representar y defender los intereses de los parias de la tierra. Siempre, la baza más fuerte del marxismo fue la seriedad de la convicción de Marx de que el destino de nuestro proyecto está unido a la condición de sus miembros más pobres y desfavorecidos.

El marxismo fue la más influyente reacción a las múltiples insuficiencias de las sociedades capitalistas y la tradición liberal. Si el marxismo cayó en desgracia en el último tercio del siglo XX fue en buena parte porque los peores defectos del capitalismo parecían superados. Sin embargo, hoy las cosas estás cambiando. Lo que los contemporáneos de Marx en el XIX denominaban “la cuestión social” –cómo abordar las enormes disparidades de riqueza y pobreza, y las insultantes desigualdades en educación, salud y oportunidades- está aquí y ahora en nuestra propia Europa, y no digamos en otras latitudes. Críticos respetables actuales está desempolvando el lenguaje radical del siglo XIX y aplicándolo con gran éxito a las relaciones sociales del XXI. No hay que ser marxista para reconocer que lo que Marx denominaba “ejército de reserva de mano de obra” está resurgiendo en todo este mundo globalizado. Manteniendo el bajo coste del trabajo con la amenaza de la deslocalización, esta reserva global de trabajadores baratos, contribuye a mantener el crecimiento y los beneficios empresariales: igual que en la Europa industrial del siglo XIX, al menos hasta que los sindicatos organizados y los partidos de trabajadores fueron lo suficientemente fuertes como para conseguir mejoras salariales, un sistema tributario como instrumento de redistribución y un desplazamiento del equilibrio del poder en el siglo XX, lo que dejaba en entredicho las previsiones revolucionarias de sus líderes. Por todo ello cabe pensar que crecerá el atractivo moral de alguna versión renovada del marxismo. Tampoco es una locura, ya que tal atractivo se mantiene vivo entre intelectuales y políticos de Latinoamérica, y también en los movimientos antiglobalización. Y como nadie más parece tener nada muy convincente que ofrecer como estrategia para luchar contra las fuerzas desbocadas del mercado, que tantas injusticias están provocando, la iniciativa puede estar en manos de aquellos que tienen la historia más pulcra. Hasta aquí las reflexiones de Judt. Y personalmente digo pulcra con énfasis y con convicción.

Se ha extendido la opinión interesada de que las ideas de Marx fueron las que propiciaron todo un conjunto de calamidades para la humanidad, desde asesinatos en masa, hambrunas, los gulags, y un despotismo brutal con la pérdida de libertad para millones de hombres; e igualmente las figuras crueles de Stalin en la URSS, de Mao Tse Tung en China y de Pol Pot en Camboya. Responsabilizar a Marx de las monstruosidades de estos regímenes comunistas es tan descabellado como el hacerlo a Jesucristo de la Inquisición. De entrada, porque nunca Marx hubiera legitimado estos regímenes liberticidas y además porque nunca pensó que el socialismo pudiera triunfar en sociedades atrasadas como la Rusia zarista, la China imperial o una Camboya recién independizada. Muy al contrario, tuvo la convicción de que se implantaría en un país occidental, como Alemania o Inglaterra, con un determinado nivel de desarrollo económico e industrial. Los críticos de Marx no suelen recordar los crímenes genocidas del capitalismo: las hambrunas de finales del siglo XIX en Asia y África, el genocidio del Congo, de por lo menos 10 millones de sus súbditos africanos; la carnicería de la I Guerra Mundial y II Guerra Mundial; y los horrores del fascismo, un régimen al que el capitalismo tiende a recurrir cuando se ve acosado. Como señala Antoni Domenech “Se han olvidado interesadamente que, además de unos cuantos mamarrachos del partido nazi, en los juicios de Núremberg fue juzgada –y condenada—como responsable última y beneficiaria principal de los crímenes nacionalsocialistas la crema y la nata de la oligarquía industrial y financiera alemana: los Flick, los Siemens, los von Thyssen, los Krupp, etc., etc. Casi todos los seguidores actuales de Marx rechazan las villanías de Stalin y de Mao, mientras que muchos no-marxistas no hacen lo mismo con las del capitalismo. Marx estuvo allí para presenciarlo y lo denunció “El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza hasta los pies”.

Como señala, Terry Eagleton, el auténtico sentido de los escritos de Marx se pueden resumir en determinadas preguntas que se hizo y que hace ya bastante han dejado de plantearse: ¿Por qué el Occidente capitalista ha acumulado más recursos de los que jamás hemos visto en la historia humana y, sin embargo, parece incapaz de superar la pobreza, el hambre, la explotación y la desigualdad? ¿Cuáles son los mecanismos por los cuales la riqueza de una minoría parece engendrar miseria e indignidad para la mayoría? ¿Por qué la riqueza privada parece ir de la mano con la miseria pública?

Un concepto clave del marxismo cual es la lucha de clases, el auténtico motor de la historia, expuesto en 1848 en uno de los libros más influyentes de la historia contemporánea y que sigue reeditándose El Manifiesto Comunista, no ha perdido actualidad. Warren Buffet lo ha dicho “la lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando“. Esto deja abierta una posibilidad escalofriante: que Marx no sólo diagnosticara correctamente el comportamiento del capitalismo, sino también su resultado. Si los políticos no encuentran nuevos métodos para asegurar oportunidades económicas justas, acaso los trabajadores del mundo decidan, simplemente, unirse, como ya recomendó Marx en El Manifiesto Comunista “Proletarios del mundo uniros”. Puede que entonces Marx se tome su venganza.

Termino con unas palabras de John Berger, fallecido a inicios de 2017, extraídas de su texto Dónde hallar nuestro lugar (por qué sigo siendo marxista): “Alguien pregunta: ¿todavía eres marxista? La devastación que produce la obtención de beneficios, según la define el capitalismo, es hoy mucho mayor que nunca. Casi todo el mundo lo sabe. ¿Cómo es posible, entonces, no hacerle caso a Marx, quien profetizó y analizó esta devastación? Se podría responder que la gente, mucha gente, ha perdido sus coordenadas políticas. Sin mapa alguno, no saben a dónde se dirigen.”

Cándido Marquesán

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