Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes

por Cándido Marquesán

Odio a los indiferentes
Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

Estoy observando hace ya tiempo que cuanto más trabajado y elaborado es un artículo mío, menos lo lee y lo comenta la gente. Eso sí, alguno tiene la deferencia de darle al ratón para decir “me gusta”. Al respecto quiero hacer una referencia. A un amigo, al que tuve la deferencia, insisto deferencia, de colgarle en su muro o en Whatsapp  un artículo mío, que me contestó el consabido “me gusta”, le pregunté qué era lo que más le había gustado. Y me contestó que la primera parte. Y le repliqué qué le había gustado de la primera parte. Todavía estoy esperando la respuesta. Creo que en estas respuestas hay mucha hipocresía. Si no se lee, no pasa nada por decirlo.

¿Por qué no se leen los artículos largos y trabajados? Muy sencillo. La gran mayoría solo lee los titulares. Como mucho se lee en diagonal. Leer todo un artículo requiere esfuerzo, subrayarlo, volver a leer de nuevo un párrafo complicado, reflexionarlo, etc. Hoy tenemos mucha prisa. Las prisas solo son buenas para los ladrones y los malos toreros.

Además se está produciendo un hecho en las redes que a mí empieza a preocuparme. A algunos les molesta que alguien les cuelgue en su muro o remita por Whatsapp  un artículo, como si fuera un atentado a su intimidad. ¡Qué sensibilidad! Yo pienso de otra manera, cuando alguien me envía un artículo personal, obviamente no un insulto, lo entiendo como una deferencia, ya que supone que se acuerda de mí. Y procuro darles las gracias ¡Qué menos!  Hoy los comportamientos vinculados con el uso de las redes sociales son totalmente contrarios a lo que hasta hace poco se consideraba una buena educación. La mayoría de las críticas en este mundo virtual van dirigidas hacia el emisor, que al no tener una persona delante, se envalentona y aprovechándose del anonimato virtual, se siente con el pleno derecho de insultar a todo lo que se mueva alrededor. Facebook, Twitter, Whatsapp se han convertido mitad urinario público mitad patíbulo privado, donde bastantes dan rienda suelta a muchos de sus prejuicios y frustraciones. Sin embargo, hay otra parte que no está libre de culpa, cual es el receptor. Resulta llamativo en este mundo virtual que cuanto más instantáneos, rápidos y seguros son los envíos de los mensajes, más lentas son las respuestas. Y frecuentemente, incluso, se vuelven inciertas. Desconocemos cuánto se demorará el otro en responder a nuestro mensaje, si lo hace; ni tampoco sabemos cuánto nos demoraremos nosotros en contestarlo. Todavía más, parece que se ha consolidado un pacto tácito en este mundo virtual de que no es necesario responder inmediatamente o, a veces, nunca. Se ha convertido en normal enviar un artículo o un mensaje y no recibir ni un «listo», «gracias», o «perfecto». Son normas reñidas con lo que por lo menos hasta ahora hemos considerado como «buena educación». Cuando el camarero nos sirve un café, es de buena educación, darle las «gracias» o desearle buen día, aderezado con una sonrisa. Cuando recibimos un mensaje, entiendo que deberíamos contestarle con un «gracias», «recibido», o «que pases un buen día». Por lo que vemos el mundo virtual se rige como otras normas. Es otra subjetividad.

Pero además de estas reflexiones quiero reflejar un hecho, que comienza a preocuparme. Muchos de mis compañeros y amigos de profesión empiezan a manifestar una especie de hartazgo, desencanto y desilusión sobre los acontecimientos políticos actuales. Y hasta indiferencia. Algunos así me lo han manifestado personalmente. “Yo paso de política”. Y se retiran a los cuarteles de invierno. Entiendo que esas palabras son fingidas. Y si no lo son es para preocuparse profundamente.   E incluso me dicen que me tranquilice, que me ven muy preocupado por la política. Como si el  preocuparse en profundidad por la res publica fuera algo nocivo. Todo ello me recuerda aquella frase de triste recuerdo “No te metas en política”.  No sé si se dan cuenta, que si ellos pasan de política, otros la harán por ellos. De ello pueden estar seguros. Por ello, hay que seguir mojándose en la cosa pública; como lo hicimos en nuestros tiempos jóvenes y en tiempos no tan lejanos. No podemos refugiarnos exclusivamente en nuestros intereses particulares. No toda nuestra preocupación debe reducirse a revalorizar nuestras pensiones, a cuidar a nuestros nietos o preparar nuestras vacaciones. Para todos esos compañeros con mucho cariño les dedico estos dos textos, que para mí han sido siempre mis referentes. Naturalmente si han sido audaces de haber llegado hasta aquí.

El primero es de Gramcsi:

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes”.

El segundo de Bertolt Brecht:

“El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de las judías, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”. 

Dispuesto para abusar de la paciencia de mis lectores, quiero acabar con un cuento.

EL CUENTO DEL COLIBRI

“Cuentan los guaraníes que un día hubo un enorme incendio en la selva.
Todos los animales huían despavoridos, pues era un fuego terrible.
De pronto, el jaguar vio pasar sobre su cabeza al colibrí… en dirección contraria, es decir, hacia el fuego. Le extrañó sobremanera, pero no quiso detenerse.
Al instante, lo vio pasar de nuevo, esta vez en su misma dirección.
Pudo observar este ir y venir repetidas veces, hasta que decidió preguntar al pajarillo, pues le parecía un comportamiento harto estrafalario: ¿Qué haces colibrí?, le preguntó: Voy al lago -respondió el ave- tomo agua con el pico y la  echo en el fuego para apagar el incendio. ¿Estás loco?- le dijo. ¿Crees que vas a conseguir apagar lo con tu pequeño pico tú solo? Bueno- respondió, el colibrí- yo hago mi parte…Y tras decir esto, se marchó a por más agua al lago”.

Cándido Marquesán

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1 Comment

  1. Muchas gracias por su articulo; me ha encantado , especialmente las citas y el cuentecillo aunque ya lo conocía.y el análisis de la situación es muy certero.
    Gracias.
    Me he visto reconocido y espero que me ayude a cambiar.

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