La exhumación del dictador Francisco Franco

por Cándido Marquesán

La exhumación del dictador Francisco Franco
Valle de los Caídos situado en el valle de Cuelgamuros, en el municipio de San Lorenzo de El Escorial, en la Comunidad de Madrid.

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

Que el símbolo de la Victoria, de su victoria, permanezca, esa es la explicación de la oposición a la exhumación del Dictador

El mantenimiento de los restos del dictador, Francisco Franco, en la basílica del Valle de los Caídos es una anomalía democrática. Como también lo es, que el cuidado de las tumbas de Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera dependa del Estado; que la Fundación Nacional Francisco Franco tenga permiso para reponer, semanalmente, las flores que adornan dichas tumbas; que los religiosos que ofician la misa, en que se conmemora el 20 de noviembre, se dediquen a exaltar a ambos personajes históricos y a lanzar diatribas contra la democracia; que partidos políticos “democráticos” estén en contra de la exhumación- Del Partido Popular es comprensible, ya sabemos cuál es su matriz, pero en cuanto al partido de Albert Rivera, ¿No era un partido que traía aire fresco a la política española-; que el BOE de 4 de julio de 2018 publique la concesión del título de duquesa de Franco. Y también es una anomalía democrática el comunicado de un sector del ejército manifestándose en contra de la exhumación de Franco. Tampoco debería sorprendernos tal manifiesto, si tenemos en cuenta que  Juan Carlos I, como Jefe de las FFAA, en su discurso de proclamación como Rey de 22 de noviembre de 1975 emitió las siguientes palabras: «Una figura excepcional entra en la Historia, con respeto y gratitud quiero recordar su figura. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda su vida a su servicio». Y de momento, que yo sepa no ha rectificado tales palabras.

Afortunadamente esta anomalía democrática va a ser subsanada ya que en el Consejo de Ministros de 24-8-2018 se ha aprobado el  REAL DECRETO-LEY por el que se modifica la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y dictadura conocida como Ley de Memoria Histórica, para permitir la exhumación y traslado del dictador Franco del Valle de los Caídos. Ya era hora. ¿Lo veremos? Tengo mis dudas. Ojo se ponga en marcha la maquinaria judicial.

Y no es menor otra anomalía democrática, el que para amplios sectores de la sociedad española la exhumación del dictador les resulta irrelevante; y  a otros incluso se muestran en contra.  Es una prueba incuestionable de que en una parte importante de nuestra sociedad no ha llegado a calar en profundidad lo que significa una democracia auténtica. Para ciudadanos demócratas tiene que resultar éticamente intolerable una dictadura, como la de Franco. Y por ello igualmente intolerable, el mantenimiento del cuerpo del dictador en un Mausoleo público para su exaltación y desprecio de sus víctimas. Me preocupan extraordinariamente estas actitudes de la ciudadanía. Algo hemos hecho mal en el ámbito educativo.  De ello como docente me siento en parte responsable. No hemos sido capaces de inculcar en nuestros alumnos determinados valores democráticos.  Una democracia debe condenar sin paliativos una dictadura.

La gran mayoría de los españoles, que superan los 18 años, han estudiado el Bachillerato, en cuya etapa educativa  han cursado como asignatura obligatoria Historia de España. Dentro de su currículo están incluidos como temas, el franquismo y la Transición. A través de tal asignatura, según establece el currículo, los alumnos deberán adquirir determinados valores y hábitos de comportamiento, como la actitud crítica hacia las fuentes, el reconocimiento de la diversidad de España, o la valoración del patrimonio cultural e histórico recibido. Así mismo, tal estudio deberá contribuir a fomentar una especial sensibilidad hacia los problemas del presente, que anime a adoptar una actitud responsable y solidaria con la defensa de la libertad, los derechos humanos y los valores democráticos. Trabajar estos valores es una obligación del profesorado. Si me he referido a la asignatura de Historia de España es porque como profesor de Historia  la he impartido en diferentes cursos. Pero inculcar los valores comentados tiene un carácter trasversal, que deben ser transmitidos, trabajados e inculcados en todas las asignaturas. La conclusión de lo dicho tiene que ser clara. Tal como se manifiesta la sociedad sobre la exhumación, a los docentes nos debería servir de motivo de reflexión. No quiero llegar a pensar que muchos compañeros de la disciplina de Historia, no hayan explicado y mostrado las características reales o hayan pasado de puntillas sobre la dictadura de Franco. No ha sido mi caso. Yo me he mojado.  En cierta ocasión, el Director del Instituto me dijo que dos padres se habían quejado del tratamiento de la asignatura de Historia de España. Le pregunté por los motivos de la queja. Me contestó “Es que has dicho que Franco ha sido el mayor genocida de la Historia de España”. Ah, le repliqué ya más tranquilizado, que si querían podían venir ambos padres a hablar conmigo, y que les daría  más detalles sobre lo que significa la palabra genocidio. Por cierto, no vinieron.

A la hora de sembrar, sensibilizar e inculcar los valores democráticos en la ciudadanía obviamente no es tarea única de la educación, ya que  existen otros ámbitos que deben contribuir: la familia, los partidos políticos, los sindicatos, los medios de comunicación, iglesias, etc. Valores que no está mal recordar, y que según el catedrático de la Universidad de Zaragoza, Manuel Ramírez, fundamentalmente son: la verdad política absoluta no existe, fomento de la capacidad crítica de los ciudadanos, valoración de la existencia de una sociedad pluralista, comprensión de la democracia como valor e incluso como utopía, personalidad democrática caracterizada por la comprensión y el diálogo, fomento de las virtudes públicas en detrimento de las privadas, asimilación del valor positivo del conflicto, estimulación de la participación y de su utilidad; y conciencia de la responsabilidad y ejercicio del control.

Por otra parte, la democracia no es un regalo del cielo, que viene sin más ni más. Hay que cultivarla y mimarla, para hacerla cada vez mejor. Hay que socializarla en diferentes ámbitos, como he comentado, pero como docente considero fundamental  la escuela, tal como señalaba Aristóteles en la Política, al analizar las causas de la inestabilidad de los regímenes y abordar las medidas para su permanencia:

          “Pero entre todas las medidas mencionadas para asegurar la permanencia de los regímenes políticos es de la máxima importancia la educación de acuerdo con el régimen, que ahora todos descuidan. Porque de nada sirven las leyes más útiles, aun ratificadas unánimemente por todo el cuerpo civil, si los ciudadanos no son educados y entrenados en el régimen, democráticamente si la legislación es democrática, y oligárquicamente si es oligárquica…

Como a estos caballeros que se oponen a la exhumación, por favor, que no son franquistas, no se les puede convencer, porque ya están convencidos de lo que sabemos todos y no queremos decir por cortesía, y que buscan todo tipo de argumentos; que si el procedimiento del Decreto-Ley no es el adecuado, mira que les importa a estos lo del Decreto-Ley; que si se abrirán heridas de la guerra civil, ¿Se han cerrado alguna vez? Que si hace falta consenso…bla. bla  bla. Lo que no quieren es que desaparezca es el símbolo de su victoria. Este es el meollo de la cuestión.De todos estos, lo mejor es pasar de ellos.

Me parece muy pertinente el artículo publicado en El Periódico de Aragón de 26-8-2018 de José Ramón Villanueva, titulado El verdadero significado de Cuelgamuros. En el se refleja que se inauguró el 1º de abril de 1959, el «día de la Victoria», y que su significado reflejado en el discurso del dictador, lejos de cualquier sentido de reconciliación, tenía dos ideas fuerzas: homenaje a nuestros Caídos, militares y civiles; y la segunda idea esencial era la de la reafirmación de «la Victoria» (con «V» mayúscula) y la calificación de ésta como «Cruzada», por lo que la guerra era, para el dictador, un ejemplo de «heroísmo» y «santidad».

La idea de Victoria es clave. Y si hay Victoria, hay vencedores; como también Derrota, y por ello derrotados. Sorprende en España el desinterés, cuando no el desprecio por todo lo relacionado con la memoria histórica. La memoria debería ser un pacto de Estado. El contraste con el resto de Europa es desolador. Mas, todo tiene una explicación. Evidentemente que son distintas la Guerra Civil y el Holocausto, pero en ambos casos hubo víctimas inocentes que piden justicia. Además la Guerra Civil fue el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial y hubo un vínculo entre ambas. Lo específico del caso español es que, a diferencia de lo ocurrido en otros países, aquí el pueblo luchó, murió y mató por defender la República, es decir, por luchar contra el fascismo. Esto no ocurrió en Alemania, donde Hitler subió al poder a través de las elecciones. O en Italia, donde Mussolini realizó su entrada triunfal en Roma. O en Francia, donde, con un ejército muy superior al español, la lucha contra el fascismo duró dos semanas. Esa es la gran diferencia entre España y Europa. En Europa gracias a que el fascismo fue vencido, se hizo posible un juicio legal a los criminales y el desarrollo de una memoria histórica. En España, sin embargo, la República fue derrotada dos veces: por el fascismo y por los aliados, como decía Indalecio Prieto, cuando pedía que los aliados consumaran el plan de liberación de Europa del fascismo. ¿Por qué no aplicamos en España a la memoria histórica el rigor y las consecuencias aplicadas en Europa a las víctimas tras la SGM? Pues, porque en España según Antonio García Santesmases  se ha producido el olvido de la memoria republicana. Este proceso se inicia cuando los aliados deciden no intervenir en España. En ese momento ya el pasado no cuenta, el destino de España ya no se va a vincular a su pasado, sino hacia el futuro.  La experiencia de la República ya no cuenta,  lo que cuenta es otra cosa. Por un lado, la consolidación del franquismo, y, por otro, la aparición de una oposición antifranquista; pero lo común a los dos casos es el olvido. Ni el franquismo ni la oposición quieren saber nada de la República. Los dos grupos sociales plantean el pasar página. Y es comprensible que el franquismo lo hiciera.  Pero ¿por qué la oposición tampoco quiere recordar? Esto es lo enigmático e interesante, porque esto explica lo que va a ocurrir luego en la transición democrática.  Historiadores como Santos Juliá aducen que en los años 50 tuvo lugar ya la reconciliación de las dos Españas porque se encuentran luchando contra el fascismo hijos de los vencedores y de los vencidos. Es el gran argumento. España ya se ha reconciliado, ha superado su pasado en los años 50. “¡No vamos, en los años 70, a abrir un proceso ya cerrado!”. La consecuencia de esta teoría de la reconciliación era callar las voces del exilio, argumento que se ha impuesto como un mantra en la Transición, lo cual es una auténtica falacia intelectual, además de una perversa inmoralidad.

Y los que se oponen con tanta visceralidad a la exhumación del Dictador, es porque quieren que ese símbolo de la Victoria, se mantenga. Y, por supuesto, la Derrota. Esta es la explicación. Pero no deja de ser una auténtica inmoralidad.

Cándido Marquesán

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