Ante las primarias del PSOE de Zaragoza

por Antonio Piazuelo Plou

Ante las primarias del PSOE de Zaragoza
Antonio Piazuelo Plou
Antonio Piazuelo Plou, Ingeniero Técnico Industrial, ex diputado del PSOE

Las primarias del PSOE de Zaragoza ante las diferencias y las discrepancias entre unos y otros

Los partidos políticos calientan motores ya para las citas con las urnas (las elecciones municipales y autonómicas) que les esperan a la vuelta de unos meses, y los primeros en buscar la calificación para encabezar la lista al Ayuntamiento de Zaragoza son los precandidatos socialistas, los tres aspirantes a lucir los colores del PSOE de Zaragoza en la carrera cuyo gran premio es la Alcaldía de la quinta ciudad de España. Hoy se están enfrentando en primarias para obtener el voto de sus militantes. Quiero hacer aquí unas reflexiones desde la preocupación, que comparto con muchos zaragozanos, votantes de izquierdas.

La gran novedad en la política española de los últimos años ha sido la irrupción en el escenario de dos nuevos partidos que han venido a romper el duopolio PSOE-PP, que venía gobernando el país desde la desaparición de la UCD, allá por los comienzos de la transición. Ciudadanos y Podemos están aquí, y estoy convencido de que van a quedarse para mucho tiempo, más allá de lo que algunos desearían. Me atrevo a decir que tal vez han perdido frescura, pero han adquirido mayor claridad ideológica. Y me explico: En un primer momento estos dos partidos se presentaron (con el viento a favor del descontento generado por la crisis) como representantes de lo nuevo frente a lo viejo, de la regeneración contra la corrupción del establishment, de los de abajo frente a los de arriba, de la gente de a pie contra las élites… Parecía que el eje tradicional izquierda-derecha empezaba a ser cosa del pasado, pero el paso del tiempo y las circunstancias políticas han modificado ese planteamiento y tanto uno como otro se han acercado a sus posiciones naturales: Ciudadanos hacia la zona que va del centro a la derecha (a veces muy a la derecha) y Podemos hacia el espectro de la izquierda.

Así, las alianzas lógicas se han ido consolidando, si no de manera explícita, sí por la vía de los hechos. Ciudadanos y PP por un lado, y Podemos (con sus adherencias de IU) y PSOE por el otro. Pero eso no significa que se haya vuelto a una situación bipolar estable porque la novedad radica en que los cuatro partidos aspiran a convertirse en hegemónicos dentro de su espacio ideológico y eso hace inevitables los roces y los enfrentamientos, muchos a cara de perro, entre los aliados de facto.

La política, a nivel nacional y en los escalones autonómico y municipal, se ha convertido en un todos contra todos que a menudo nos aturde con el ruido que acompaña a ese fuego cruzado (masters contra masters y estos contra tesis y currículos, sin ir más lejos). Un fuego cruzado al que se suman los procesos internos de primarias en cada partido, ya afortunadamente generalizados. Las primarias son un mecanismo democrático que muchos hemos defendido y que indudablemente refuerza el poder de las bases frente a los aparatos. Pero, como casi todo en este mundo, además de esos efectos saludables tienen otros indeseables. Las primarias a menudo dejan cicatrices de difícil curación y, si no, que se lo pregunten a Soraya Sáenz de Santamaría. Lo dicho, todos contra todos. Incluso contra los compañeros.

En estas jornadas de las primarias en Zaragoza conviene que todos tengan claro cuál es el objetivo, la verdadera causa por la que están ahí y a la que deberían supeditar todos sus actos, más allá de las (legítimas) ambiciones de cada cual y de las fobias y las filias personales. Quienes aspiran a ocupar un cargo público no pueden olvidar que lo hacen para mejorar la vida de sus conciudadanos mediante la aplicación de unas políticas acordes con su ideología, no para dar satisfacción a sus sueños o para resolver querellas particulares. Ni para perpetuarse en los cargos públicos cuando ya fueron rechazados por los votantes.

Para poder aplicar políticas de izquierda la condición imprescindible es ganar las elecciones y, por tanto, la Alcaldía. Y hacerlo sin atajos, que los votantes repudian y rechazan en las urnas. Sin acuerdos vergonzantes con la derecha como los que se han intentado en otros momentos, acuerdos bastardos para acosar a esa otra izquierda que ocupa el poder en busca de su abandono, o su dimisión, con el fin de recoger el poder abandonado de esa manera.

Desde la Revolución Francesa, la auténtica lucha en política no es la de Fulano contra Mengano y Zutano, sino la de los intereses de las mayorías frente a los privilegios de los más afortunados, y viceversa. Posicionarse a favor de la primera opción es el único deber de cualquier político de izquierdas, si quiere seguir llamándose así.

Bienvenidas sean las diferencias y las discrepancias entre unos y otros, bienvenido sea el debate a calzón quitado y con toda la vehemencia que se considere precisa, pero que nadie se olvide de que, al día siguiente de las elecciones hay que formar gobierno. Y de que, para formarlo, es necesario tener al menos un concejal más que los de enfrente, de manera que todo lo que pueda erosionar el voto a tu partido, o al de los que pueden estar contigo a la hora de formar el gobierno municipal, solo favorece a quienes (también legítimamente, por supuesto) pretenden lograr la Alcaldía para poner en marcha políticas diferentes.

Las encuestas que se conocen son lo suficientemente ajustadas para pensar que no se puede desperdiciar un solo voto de la izquierda si no se quiere estar allanando el camino para que la derecha vuelva a gobernar en Zaragoza. Como es natural, la movilización de los votantes dependerá de los programas que se les ofrezcan y de lo atractivas que resulten las cabezas de cartel y las candidaturas de unos y otros, lo mismo que siempre. Pero también dependerá de que sepamos evitar la bronca estéril hasta tal punto que provoquemos el hartazgo y el desánimo de los electores y les hagamos caer en la tentación de quedarse en casa.

Hay que alzar la vista, digo, y me he aplicado el cuento. Como habrán podido comprobar, no hay nombres propios en esta reflexión mía. Deliberadamente no he querido señalar a nadie con el dedo y espero que, si los protagonistas de este duelo democrático me leen, se apliquen el cuento también ellos.

Antonio Piazuelo Plou

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