El corazón rojo del fascismo

por Cándido Marquesán

El corazon rojo del fascismo
Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

“El aíre se volvió eléctrico, las plazas se llenaron, los árboles se transformaron en banderas y mástiles”

Franco Berardi (Bifo) en su libro La sublevación construye un relato sobre la situación de la Europa actual, basándose en el artículo de Federico Campagna Sueños recurrentes: el corazón rojo del fascismo, que ve grandes similitudes de los tiempos actuales con los de entreguerras.

Según Campagna el antes fue así: “El aíre se volvió eléctrico, las plazas se llenaron, los árboles se transformaron en banderas y mástiles. El nazismo era todavía algo oculto en la profundidad del cuerpo social, tranquilo como un feto”.

Hoy no conviene citar al monstruo en vano, ni recurrir al nazismo o fascismo cada vez que alguien nos parece agresivo o un gobierno antidemocrático. Mas, seríamos ingenuos de ignorar el peligro futuro de Europa por las políticas del BCE. Este peligro se basa en el miedo al paro, a la miseria, a la exclusión y a la inmigración. El miedo genera agresividad y la agresividad miedo. Que sea fascismo no es cosa fácil de explicar, ya que  es indefinible. El fascismo histórico, según Mussolini, era moderno y tradicionalista, progresista y reaccionario. No obstante, tiene una ansia identitaria, lo que supone rechazar y criminalizar al otro, visto como causa de todos sus males. Y por supuesto odio, inmenso odio hacia el otro. Carolin Emcke en su libro Contra el odio, se hace una dramática pregunta de cómo somos capaces de sentir ese odio. Cómo estamos tan seguros. Para odiar hay que tener seguridad. De lo contrario, no hablaríamos así, no haríamos tanto daño. NI podríamos humillar,  ni despreciar a otros de ese modo. Estamos seguros. Ni la más mínima duda. Odiar requiere una certeza absoluta. El rechazo latente hacia los extraños existió siempre en Alemania (y en toda Europa). Y no necesariamente se manifestó en odio. Pero algo ha cambiado. Ahora se odia abierta y descaradamente. Unas veces con una sonrisa, otras muchas sin reparo. Los anónimos van firmados. El odio en Internet ya no se oculta tras un pseudónimo.  Para Carolin, era inconcebible que el discurso público volviera a embrutecerse así y que las personas pudieran ser víctimas de de un acoso tan brutal.  Mas, no quiere que el nuevo placer de odiar libremente se normalice.

Para Deleuze y Guattari “hay fascismo cuando una máquina de matar se instala en cada nicho”. Admitida la definición, hemos de reconocer que estamos al borde del abismo del fascismo. En las últimas décadas las clases dirigentes nos han “convencido” que el principio básico es la competencia: entre economías nacionales, y sobre todo, entre individuos en el mercado de trabajo. La precarización laboral ha convertido la vida real en un campo minado, donde todos son rivales. Las máquinas de guerra para funcionar solo esperan que las promesas de prosperidad se desmoronen, tal como ocurre ahora, por lo que el futuro es amenazante y en ausencia de solidaridad, la guerra es inevitable. El neoliberalismo no tolera la solidaridad social, porque necesita que cada uno esté armado contra los otros, para que no vuelva la lucha de clases. Reconstruir la solidaridad compartida es vital para hacer frente a la guerra que el neoliberalismo ha creado, y que se intensificará con la dictadura financiera y la expansión de los conflictos identitarios: étnicos, religiosos y nacionalistas. Por tanto, la alternativa es: solidaridad social o fascismo. O lucha de clases de los explotados, solidarios entre sí, contra el capitalismo financiero, o fascismo. Reconstruir la solidaridad no es cosa de voluntad política, es de empatía existencial.

El nazismo fue una aplicación rígida del fascismo, basada en la superioridad racial, que negaba la humanidad al otro, excluyéndolo. Aunque no hay que recordar la bestia en vano ni invocar el fantasma del horror absoluto, el horror está apareciendo de nuevo. Y no solo porque las decisiones brutales del BCE arrastran a millones de europeos hacia la locura, la violencia y el racismo, sino también porque la exclusión, incluida la negación de lo humano, es la esencia de la máquina financiera. Según Campagna: “Esta vez sucede todo casi exactamente igual, solo un poco descompensado, como en los sueños recurrentes. Ahora llegan gritos henchidos de crecimiento, crecimiento y crecimiento. En el viejo primer mundo se ha instalado el miedo cristalino y paralizante. El apocalipsis es el horizonte de los sueños de la mayoría. Solo un nuevo orden  puede salvar al viejo mundo del final natural”.

El envejecimiento, el declive, la pérdida de una hegemonía que excluía la existencia de los otros, de los pobres de la tierra: aquí están las causas del miedo que se expande por Europa. Solo una estrategia relajante, que nos permita contactar con nuestra debilidad y nuestra vejez y sintonizar con el decrecer, solo así evitaremos caer en el nazismo. Solo una nueva concepción de la riqueza, ya no más entendida como propiedad o acumulación, nos permitirá evitar un nuevo asalto identitario. La identificación de Europa como civilización cristiana nos conduce a una nueva guerra nazi: una guerra interna y una guerra externa. Una guerra civil interétnica y una guerra contra la otra orilla del Mediterráneo con la deportación y muerte de millares de inmigrantes. Bifo en su artículo “Trabajo cero en Europa: un mundo de sensaciones” señala que el sistemático rechazo de los inmigrantes en las fronteras de Europa no es solamente una manifestación de brutalidad, sino el síntoma de una transformación de la Unión Europa, devenida en una fortaleza racista. Crece una ola de nacionalismo y de odio en la población europea. El archipiélago de la infamia se expande en torno al mar Mediterráneo: los europeos construyen campos de concentración en sus territorios y le pagan a sus ‘gauleiters’ (NdR: los jefes de zona del partido nazi) en Turquía, Libia y Egipto para que hagan el trabajo sucio en las orillas del Mediterráneo donde el agua salada ha reemplazado al gas ZyklonB de los hornos.

Javier De Lucás en su libro Mediterráneo: El naufragio de Europa nos amonesta: “Ya en octubre de 2013, tras el primer gran naufragio con 300 víctimas en Lampedusa, la alcaldesa Giusi Nicolini, harta de entierros sin nombre y de lamentaciones vanas, escribió a Bruselas para preguntar hasta dónde tenían que ampliar su cementerio sin que la UE se decidiera a actuar”. Por ende, la UE recibió en el 2012 el Premio Nobel de la Paz. Si no paramos esta barbarie, se estarán asentando las condiciones para una guerra civil racista en todo el área europeo-mediterránea. Y la expulsión de Turquía de la cristiana Europa es una prueba de autodestrucción identitaria. Esto significa que los europeos han perdido toda inteligencia estratégica y se han convertido al nazismo: Partido de la Libertad (PVV) en los Países Bajos; el Frente Nacional en Francia; el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ); Fidesz en Hungría; los Demócratas de Suecia; el Partido de los Verdaderos Finlandeses; el Partido del Pueblo Danés; el Partido del Pueblo Suizo (SVP); el Partido Ley y Justicia (PiS); La Liga Norte en Italia; Vox en España…

De nuevo Campagna: “Al final de la I Guerra Mundial, después de millones de muertos, los Estados vencedores impusieron a los perdedores Alemania y Austria una servidumbre perenne en función de  una deuda inmensa”. Hoy es Alemania quien impuso a los países mediterráneos pagar su deuda, que es impagable. Solo una clase financiera, a la que nada importa el futuro de los pueblos, puede ignorar que las deudas de guerra impuestas a Grecia, Italia, Portugal o España pueden producir el surgimiento de un monstruo, que ya no se está quieto en el preñado vientre de la guerra.

Según  Campagna: “Dado que la deuda es una promesa, cuando los Estados europeos hoy han debido escoger si romper su promesa con los banqueros o con su propio pueblo, se han decantado por la segunda”.

Debemos reinventar Europa porque ninguno lo hará por nosotros. No queremos dejar de ser europeos ni aceptamos la amenaza de disolución del horizonte europeo: eso abriría las puertas del infierno del fascismo. Pero las élites financiera y política han destruido la posibilidad de ser europeo; han perdido el control a manos del populismo de derecha y no tienen los instrumentos económicos para crear puestos de trabajo, mientras la economía -bien lejos de una recuperación- avanza hacia un estancamiento permanente.

A veces hay que recurrir a la historia para tratar de buscar alguna luz en el siniestro presente. En 1933, en su Discurso a la nación europea, Julien Benda dijo: “Construiréis Europa gracias a lo que digáis, y no a lo que seáis. Europa será un producto de vuestra mente, no un producto de vuestro ser”. Lo que nos dice Benda es que no existe una identidad europea: ni étnica, ni religiosa, ni nacional. Es su gran fuerza y la belleza del proyecto europeo. Afirma que Europa solo puede ser producto de nuestra mente. Podríamos añadir: producto de nuestra imaginación. Y hoy este es el gran problema de Europa: los dirigentes europeos y la inteligencia europea, si todavía queda algo de ella, han perdido toda capacidad de imaginar el futuro, y solo saben insistir en los viejos dogmas ya fracasados: respetar los criterios de Maastricht, pagar las deudas y salvar a los bancos aunque sea a costa del sacrificio de la mayoría de los europeos. Según Bifo,  destruir la Europa de la solidaridad y del progreso, «thatcherizar» el continente transformándolo en un desierto de miseria, precariedad e ignorancia es el proyecto que el poder financiero se ha propuesto.

Es evidente  que en el pasado hay soluciones, que podrían servirnos para salir de este tenebroso túnel e iniciar un nuevo camino ilusionante. Los destrozos producidos hoy son muchos y graves: precariedad con unos derechos laborales decimonónicos, niveles de desigualdad  insostenibles, Estado de bienestar profundamente dañado, democracia  eviscerada, un planeta Tierra ambientalmente insostenible.  ¿Cómo es posible, por tanto, olvidarse de Marx, quien ya los profetizó y analizó? Tal olvido ha propiciado que la gran mayoría haya perdido sus coordenadas políticas. Sin mapa alguno, no sabemos a dónde nos dirigimos. No tenemos futuro. ¿Como  podemos olvidar que todo lo que se ha hecho en Europa occidental para conseguir más justicia, más seguridad, más educación, más bienestar y más responsabilidad del Estado hacia los marginados y los pobres nunca se habría podido alcanzar sin la presión de las ideologías y movimientos socialistas, pese a sus ingenuidades y falsas ilusiones? A muchos habría que refrescarles la memoria

Cándido Marquesán

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