La maldición de los hipermodernos

por Andrés Ortega Klein

La maldición de los hipermodernos
Andrés Ortega Klein
Andrés Ortega Klein, Investigador senior asociado del Real Instituto Elcano. Consultor independiente y director del Observatorio de las Ideas.

Para algunos, el mundo moderno acabó con la Segunda Guerra Mundial, cuyo fin dio paso a la era posmoderna. Esta fase, a su vez, terminó política y culturalmente con los atentados de Al Qaeda del 11-S de 2001, aunque en la economía quizás empezara antes con las liberalizaciones, sobre todo financieras, de Reagan y Thatcher, pero también de Clinton. En términos tecnológicos, determinantes, la siguiente fase, la de la hipermodernidad, empezó cuando en 1994 Internet se abrió al público, fenómeno cuyo efecto se multiplicó hace algo más de diez años con las redes sociales y los teléfonos inteligentes. Como señala John David Ebert, uno de los que mejor ha estudiado el concepto de hipermodernidad, esta se ha dotado con Internet de un “mundo interior”.

En la posmodernidad, una parte importante referencial de ese mundo interior (terminología de Peter Sloterdijk) era el centro comercial. Internet, como insiste Ebert, está acabando con este ámbito para llevarlo al salón, o incluso al móvil de cada cual. Y grandes cadenas está regresando al centro de las ciudades ante el cambio de estilo de vida de los millennials. Ya no es necesario salir a la calle para comprar o para llevar a lavar la ropa. Ni siquiera para adquirir un periódico y leerlo. Los medios se han vuelto casi exclusivamente digitales, aunque algunos lectores todavía puedan acabar leyendo este artículo en una versión impresa en papel. Según este punto de vista, el impacto de Internet en los medios de comunicación ha sido similar, o superior, al de 11-S en el terreno político.

Lo importante no es cómo se llamen, sino en qué consisten estos tiempos. Como en casi todos los de transición, el viejo mundo muere, pero el nuevo tarda en aparecer, que diría Gramsci, aunque ha habido una aceleración. En términos de geopolítica, significa que Estados Unidos pierde poderío, el mundo es menos americano y europeo, con EE UU -y una Europa digitalmente colonizada-, emitiendo valores más vacíos o más livianos. China y Asia despuntan, para influir en la formación de un nuevo orden mundial, con sus propios valores, también en cierto modo vaciados. Son tiempos de nihilismos terroristas, yihadistas u otros. Son tiempos de identidades, sí, pero también inventadas, o reinventadas, y ahuecadas.

La hipermodernidad ha dado pie al nacimiento de un hiperindividuo, “sin conexión con la historia, la comunidad o ningún tipo de proyecto idealista o utópico”. La estructura del tiempo se ha vuelto modular, “compuesta por una sucesión de momentos presentes, cada uno de los cuales está aislado y no tiene relación con ningún momento anterior ni con ningún momento futuro”, pese a la proliferación de futurólogos. Con la renuncia a plantear utopías (los modernos intentaron desgraciadamente llevarlas a la práctica), en parte se renuncia también a la crítica. No es que no sepamos a dónde va el mundo, es que no sabemos a dónde queremos ir.

En ello entran de lleno los millennials, que protagonizan la hipermodernidad, y, más aún, la generación posterior, la Z, o iGeneración (iGen), como la llama Jean M. Twenge en su estudio sobre esta cohorte nacida aproximadamente entre 1995 y 2012. Superconectada, esta última es la primera generación que ha nacido y vivido con Internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Pese o debido a tantas formas de conectarse y comunicarse digitalmente, los integrantes de la iGen, pasan menos tiempo juntos. Para Twenge, estos chicos y chicas están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices, pero nada preparados para la edad adulta. Twenge se refiere a EE UU pero muchas de sus consideraciones valen para otras sociedades.

Este tipo de socialización no parece la más adecuada para desarrollar habilidades sociales, de negociación y madurez emocional. Los integrantes de la iGen son más aislados, evitan relaciones largas, tienen temor a la intimidad, y participan de una cultura más sexualizada, más pornográfica, pero más abiertos hacia orientaciones sexuales diferentes, LGBT. Su sentido de la gratificación inmediata está sumamente desarrollado, en mucho mayor medida que sus mayores.

En general, los individuos de la hipermodernidad están hiperconectados pero acaban siendo más solitarios, con nuevas dimensiones de una soledad más marcada en los países anglosajones y del norte de Europa, pero crecientemente también en el sur y otras partes del mundo. Una soledad también política, pues muchos se sienten abandonados por los partidos tradicionales. Es un entorno que favorece el surgimiento de fenómenos de derecha radical, desprovistos del contenido utópico que tenían los fascismos. A menudo agitan símbolos históricos que no saben lo que realmente significan. Son parte de la maldición de la hipermodernidad.

Andrés Ortega Klein

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