Resúmame usted la Historia de España. La respuesta de Ramón Carande: “Demasiados retrocesos”

por Cándido Marquesán

Historia de España Ramon Carande
Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

Considero que existen grandes similitudes entre la I Restauración borbónica con Alfonso XII en 1874 y la II Restauración inaugurada en 1975 con Juan Carlos I. La arquitectura de la primera, según Carlos Seco Serrano, fue concebida y diseñada por Antonio Cánovas del Castillo, el cual tras las tensiones del Sexenio Democrático (1868-1874), pretendió instaurar un período de estabilidad política, basada en cuatro pilares. Monarquía, Cortes bicamerales, Constitución de 1876 y 2 partidos, el conservador y el liberal.

La Monarquía, que llegó tras un pronunciamiento militar en Sagunto del general Martínez Campos, algo que molestó profundamente a Cánovas, al considerarlo innecesario, ya que había un estado de ánimo generalizado a favor del retorno de los Borbones, lo que no deja de ser chocante cuando 6 años antes la reina Isabel II fue destronada con el regocijo de la mayoría de la población española. El 14 de enero de 1875 entraba triunfalmente como Rey, Alfonso XII, hijo de Isabel II, el padre desconocido, aunque el oficial fue el desdichado Francisco de Asís.  Una anécdota muy expresiva del sentir de los españoles, cuando descendía en un brioso corcel blanco, ante los estridentes vítores que no dejaba de lanzarle un paisano que corría a su lado, le hicieron inclinarse a Alfonso XII para decirle: “Pero, hombre, ¡que se va aquedar usted ronco!”, a lo que el entusiasta replicó. “¡Que va! ¡Si me hubiera oído cuando echamos a su madre…!”.

Las Cortes bicamerales, (ambas instituciones tenían una gran tradición histórica). Una Constitución, la de 1876 muy ambigua, para que pudieran gobernar los dos grandes partidos, el suyo, el partido conservador; y el partido liberal, presidido por Práxedes Mateo Sagasta. También estaban otras fuerzas políticas con protagonismo muy reducido: socialistas, republicanos, regionalistas y carlistas. Sería muy complicado en estas breves líneas explicar cómo y cuándo fueron perdiendo solvencia esos cuatro pilares, no obstante, hay algunos momentos claves en este proceso de decadencia: la crisis de 1898, la Semana Trágica de Barcelona de 1909; la triple crisis política, militar y social de 1917; la instauración de la Dictadura de Miguel Primo de Rivera a instancias de Alfonso XIII, en la que tuvo mucho que ver el Expediente Picasso. Lo cierto es que en 1930, estos cuatro pilares estaban en total decrepitud, por lo que se instauró en 1931 la II República con gran regocijo de la población española, sin una gota de de sangre, ya vendría la suficiente más tarde. Mas esa organización política de Canovas fue falseada, ya que como dijo Joaquín Costa la Constitución auténtica fue la oligarquía y el caciquismo.

La II Restauración borbónica, también se basó en 4 pilares: la Monarquía -Juan Carlos I debe su trono al Dictador, al que dedicó en su primer discurso oficial como Rey de España las siguientes palabras, de las que todavía –que yo sepa– no se ha arrepentido: “Una figura excepcional entra en la Historia, con respeto y gratitud quiero recordar su figura. Es de pueblos grandes y nobles saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda su vida a su servicio”.

Las Cortes bicamerales, el Congreso de los Diputados y el Senado. La Constitución de 1978 -en absoluto producto del consenso, Según Xacobe Bastida Freixido, en el transcurso de la discusión de las enmiendas al artículo 2º de nuestra Carta Magna, y cuando Jordi Solé Tura presidía la Ponencia, llegó un mensajero con una nota de la Moncloa señalando cómo debía redactarse tal artículo. La nota: «La Constitución española se fundamenta en la unidad de España como patria común e indivisible de todos los españoles y reconoce el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que integran la indisoluble unidad de la nación española». Casi exacto con el actual artículo 2º de la Constitución. Por ello, es evidente que su redacción no fue producto de la actividad parlamentaria y sí de la imposición de fuerzas ajenas a la misma. Tal hecho lo cuenta Jordi Solé Tura ya en 1985 en su libro Nacionalidades y Nacionalismos en España, de Alianza Editorial, en las páginas 99-102. En el libro de junio de 2018, del historiador y politólogo de gran solvencia, Josep M. Colomer España: la historia de una frustración, en las páginas 184 y 185, conocemos más detalles sobre la nota. Llegó de La Moncloa, el mensajero Gabriel Cisneros, el cual dijo a los miembros de la Ponencia que el texto contenía las «necesarias licencias» y que no se podía modificar una coma, porque había un compromiso entre el presidente del Gobierno y los interlocutores de facto, muy interesados en el tema. Esto hizo que uno de los miembros de la Ponencia, el centrista José Pedro Pérez Llorca, se pusiera firme y levantara el brazo con la mano extendida para hacer el saludo militar. Mas, no ha interesado que este dato se conociera. Nunca un constitucionalista, ni siquiera los más prestigiosos lo han mencionado. Ni la mayoría de los políticos ni de los intelectuales españoles. El silencio es sospechoso.

Y 2 grandes partidos (merced a una ley electoral que propicia el bipartidismo), uno de derechas, la UCD, luego el PP, y otro a la izquierda, el PSOE.  También están los nacionalistas periféricos e Izquierda Unida.

En cuanto a la Monarquía es evidente que para amplios sectores de la sociedad española ha entrado en una clara decadencia. Irreversible.  Ya conocemos cómo han sido los Borbones a lo largo de la historia. Recientes acontecimientos de varios de sus miembros lo corroboran, a pesar de que el apoyo mediático es impresionante. No hace falta criticar a la institución monárquica, ella por sí misma se desacredita. Por ello, en las encuestas del CIS ya no aparecen datos sobre la opinión respecto a la Monarquía. Por ende, una de las cuestiones a plantear urgentemente en una nueva Constitución debería ser: Monarquía o República.

Las Cortes representan cada vez menos las aspiraciones de amplios sectores de la ciudadanía. Pruebas no faltan. El Senado es un cementerio de elefantes, cuya operatividad es nula, ya que no ejerce como auténtica cámara de representación territorial. Por cierto, Luis Bárcenas fue elegido senador por Cantabria en las elecciones generales de 2004 y 2008.  Todo el conocimiento que tenía de esta tierra era de haber participado en alguna mariscada en Santoña o Castro Urdiales. Un ejemplo de político “cunero”, otra semejanza más entre ambas Restauraciones. El Congreso de los Diputados ha tenido que estar protegido de los ciudadanos con vallas y las Fuerzas de Orden Público. Diferentes Encuestas recientes sobre Tendencias Políticas y Electorales del Grupo de Estudio sobre Tendencias Sociales, nos dicen, lo que no deja de ser llamativo, que el Parlamento, que es constitucionalmente el depositario de la soberanía nacional, en cuanto al poder que ejerce como institución, aparezca en el octavo puesto (16,4%), por debajo de los Jueces, la Iglesia y los Medios de Comunicación Social, a una distancia de los Bancos de casi 54 puntos porcentuales. El 20,8% se confiesa satisfecho con el trabajo del Congreso de los Diputados y un 71,1% destaca que está insatisfecho o muy insatisfecho.” Mira que lo tenemos difícil los profesores a la hora de divulgar entre nuestros alumnos las excelencias de la democracia, aduciendo que su Sancta Sanctorum es el Congreso de los Diputados, al ser la sede de la soberanía popular.  Lo que allí se trata muchas veces es de espaldas a la ciudadanía y además fuera de las cámaras, como puede servir la intervención sin luz ni taquígrafos del presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi en febrero de 2013, Esta visita pasará a la historia por el bloqueo a las comunicaciones impuesto por el presidente del Congreso. El propio Jesús Posada se jactó de que su decisión ha impedido la retransmisión en directo de la comparecencia del presidente del BCE que pretendían hacer los diputados de Izquierda Plural Joan Cuscubiela y Alberto Garzón. Posada ordenó la utilización de inhibidores de frecuencia para anular las señales Wi-fi y 3G de cuantos hacían su trabajo en el Congreso durante la intervención de Draghi. La medida dejó sin señal telefónica y sin conexiones inalámbricas a Internet a todos los que este martes estaban en la cámara de representantes, tuviera o no su presencia relación con la del propio Draghi. Al respecto me parece adecuado recordar cuál es el auténtico significado de la democracia. Todos los viejos y nuevos discursos de la democracia la definen como el gobierno de lo público en público. En contraposición al autocrático, es un poder sin máscaras. Es bien conocido que la democracia nació bajo la perspectiva de erradicar para siempre de la sociedad humana el poder invisible.  La democracia moderna nos remite a la Atenas de Pericles, del “Agora” o de la “Ekklesia”, o sea, a la reunión de todos los ciudadanos en un lugar público, a la luz del sol, donde hacen propuestas, las discuten y las deciden alzando las manos o mediante pedazos de loza. No sin razón, la asamblea ha sido comparada a menudo con un teatro o con un estadio, o sea, con un espectáculo público, donde espectadores asisten a una acción escénica con reglas preestablecidas y que concluye con un juicio.

Sobre la Constitución, por mucho que se empecine el aparato político y mediático sobre su solvencia actual, es imperiosa una reforma en profundidad, e incluso, una nueva. En el barómetro político del CIS de septiembre pasado una mayoría muy amplia de la población española considera que sería necesaria una reforma de la Constitución de 1978 (69,6%) y que ha llegado el momento de que esos cambios se planteen de manera amplia. Un mantra se repite en todos los foros oficiales: «Todos los españoles votamos la Constitución». Los que votaron a favor de ella son muchos menos que los que no pudieron hacerlo. Sobre un censo de 26.632.180 votaron 17.873.271. Se abstuvieron 8.758.909 personas (32,89%). De los 17 millones largos que votaron, 1.400.000 votaron no, y 600.000 en blanco. 15.706.078 votaron a favor. A fines de 2017, el censo electoral es de 36.520.913. Si ninguno de los 15 millones de votantes de la Constitución del 78 hubiera fallecido, estos serían el 43% con derecho a voto. Pero eso es imposible: la vida eterna no la garantiza ninguna Constitución. Como conclusión los que votaron, tienen hoy 58 años o más. Si las fuerzas políticas siguen unos cuantos años reacios a su reforma, podría darse la situación de que la gran mayoría de los que la votaron, tristemente nos hayan dejado. Es un dato para reflexionar.

Además en estos 40 años trascurridos desde 1978 se han producido grandes cambios políticos, sociales, económicos, culturales y religiosos. Hoy es otra España. Solo por citar algunos: la inmigración, la entrada en la UE, la globalización, el mayor protagonismo de las mujeres, una sociedad más secularizada, mayor cultura republicana, etc. Los políticos de verdad son aquellos que saben captar los cambios que se suceden inexorablemente en una determinada sociedad, y además saben encauzarlos políticamente y plasmarlos jurídicamente. ¿En España esos políticos de verdad dónde están?

Menciono algunos cambios en nuestra Carta Magna. Modificación del Título VIII, para una delimitación clara de las competencias del Estado y de las Comunidades Autónomas. Incorporación de los principios genéricos del modelo de financiación, la solidaridad interterritorial, la corresponsabilidad y la autonomía financiera. Desaparición del Senado o conversión en una auténtica cámara de representación territorial. Blindaje de los derechos sociales, como educación, sanidad, pensiones, trabajo, así como el agua, alimentación, luz, vivienda…

Nuestra Transición no fue pacífica, ni modélica, ni consensuada. Lo que supuso que en nuestra Carta Magna hubo determinadas imposiciones, que deberían rectificarse, porque el contexto hoy es otro. Como el Art 2º de la indisolubilidad de la nación española, para reconocer el hecho plurinacional. Eliminar el blindaje a la Monarquía del artículo 168 para posibilitar un referéndum sobre la jefatura del Estado. Modificar el artículo 16.3, «Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones». Un Estado aconfesional no debe hacer una cita expresa a una religión. Y eliminar la atribución en el artículo 8 al Ejército de la tutela de la «integridad territorial» y del propio «orden constitucional».

Y el último pilar el bipartidismo ha entrado en crisis. Que no es de ahora mismo, se veía venir.  Según, una Encuesta sobre Tendencias Políticas y Electorales del Grupo de Estudio sobre Tendencias realizada entre 15 de setiembre y 17 de octubre de 2012, la intención de voto del PP y el PSOE sólo sumaban un 60% entre ambos partidos, en contraste con lo que ha venido ocurriendo en los comicios anteriores a 2011, en los que ambos partidos sumaban muchos más (83,8% de los votos en 2008, 80,3% en 2004, 78,7% en 2000…).  Tendencia que siguió in crescendo por los acontecimientos de la corrupción del PP, ya que según la encuesta de Metroscopia para El País realizada entre 30 de enero y 1 de febrero de 2013, el PP tenía una estimación de voto del 23,9% frente al 23,5% del PSOE y el 15,3% de IU y el 13,6% de UPyD. Los populares obtendrían hoy 20,7 puntos menos que en Noviembre de 2011 (cuando obtuvieron el 44,6% de los votos) y los socialistas 5,2 puntos menos (28,7% en 2011). Por su parte, la coalición Izquierda Unida lograría 8,5 puntos más que en las últimas generales (6,9%), al igual que la formación de Rosa Díez, que subiría 8,9 puntos respecto del 20N (4,7%). Según estos datos entre el PP y el PSOE alcanzarían el 47,4%, por lo que el bipartidismo se había roto. Estos datos de 2012 y 2013 los dos grandes partidos PP y PSOE, con la gran cantidad de asesores que tienen en plantilla, mostraron ser autistas a nivel político. No supusieron captar que se estaba produciendo un auténtico terremoto a nivel político. Y eso provocó la irrupción de dos grandes fuerzas políticas. Podemos, que vino a ocupar el desencanto de muchos votantes del PSOE. Algo que la cúpula socialista todavía no ha llegado a asumir. Y en cuanto a Ciudadanos una breve explicación. El presidente del Banco de Sabadell, Josep Oliu, en junio de 2014 dijo públicamente: Necesitamos un Podemos de derechas.  El Cs de Rivera fue la carta del Ibex35 con la misión de recoger el lógico descontento acumulado en la sociedad española por las políticas del gobierno de Rajoy, y evitar que lo recogiera Podemos o el PSOE; o se fuera a la abstención.

La ciudadanía española tiene con buen criterio una imagen oligárquica de la actual conformación de la sociedad, en la que los principales sectores económicos –sobre todo los Bancos– son vistos como el principal núcleo determinante del poder. La reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre el pago de las hipotecas es muy aleccionadora.  No hace falta haber estudiado en la Universidad de Harvard para llegar a la conclusión de que se gobierna más en función de los intereses de los grandes bancos y empresas, que en los de la ciudadanía.

Hoy, tras 40 años considero que estos 4 pilares han entrado en un estado claro de descomposición o, cuando menos en un proceso en esa dirección. Este andamiaje de la II Restauración, que nos hicieron creer sobre su solidez, se ha mostrado muy endeble ya que no ha sabido capaz de encauzar ni las secuelas de la crisis económica del 2008 ni muchísimo menos la crisis territorial de Cataluña.  Esta última probablemente la crisis institucional de mayor calado en los últimos 100 años.

Como colofón, en el libro España en sus ocasiones perdidas y la Democracia mejorable, del catedrático Manuel Ramírez aparecen unas palabras de Ortega y Gasset, referidas a la I Restauración: “La España oficial consiste, pues, en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos Ministerios de alucinación». Según Salvador de Madariaga: “Al pintarla como de alucinación, Ortega la ennoblecía. Fue una era teatral; una época que pretendía ser lo que no era y simulaba creer lo que decía, a sabiendas de que no era lo que aparentaba ser ni creía en lo que decía”. Si estos juicios son extensibles a nuestra situación actual, lo dejo al libre albedrío del lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí.

Acabo con unas palabras de Josep Fontana: “En una ocasión un periodista preguntó a don Ramón Carande, maestro de historiadores: “Don Ramón, resúmame usted la Historia de España en dos palabras”. La respuesta de Carande no se hizo esperar: “Demasiados retrocesos”.

Cándido Marquesán Millán

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