Contra el Odio

por Cándido Marquesán

Contra el odio Carolin Emcke

Contra el Odio. No quiero que el nuevo placer de odiar libremente se normalice.

Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

Hay un libro extraordinario e imprescindible hoy de la periodista alemana Carolin Emcke Contra el Odio. No quiero que el nuevo placer de odiar libremente se normalice. Carolin justifica las razones de haberlo escrito al señalar que “El recuerdo de Auschwitz no tiene fecha de caducidad”. Ese es el mensaje que la República Federal Alemana intentó universalizar desde el final de la II Guerra Mundial. Quien llegaba a Alemania en los 80 observaba por todas partes referencias, debates, películas o documentales sobre el Tercer Reich. La generación nacida a partir de la II Guerra Mundial creció con la convicción de que sus palabras y actitudes no debían en modo alguno propiciar cualquier banalización del mal. Educados en el recuerdo crítico de un pasado de horror, Carolin y sus coetáneos contemplan sorprendidos y alarmados el contagio del germen xenófobo, de odio al otro, para el que, en contra de lo que se podía pensar  hace unos 20 años, los alemanes no están inmunizados. Hace una impresionante descripción del odio y cómo combatirlo.

Como punto de referencia para construir su argumentación de la expansión del odio, se fija en dos acontecimientos. Un vídeo grabado en la ciudad alemana de Clausnitz, y que se colgó la primera vez en la página de Facebook, titulado Döbeln se rebela: mi voz contra la extranjerización. Describe el vergonzoso acoso, con gestos e insultos, cual si fuera una cacería, por parte de la población alemana a unos refugiados, entre los que se encuentran algunos niños, que esperan acobardados dentro del autobús para ser conducidos a un centro de acogida. Autobús que lleva en su parte trasera un letrero “El puro placer de viajar”. Es el nombre de una agencia de viajes local.

Y no menos dramático, como un ejemplo de racismo institucional, es otro vídeo ubicado en Staten Island, ciudad de Nueva York, en el que unos policías detienen a un afroamericano Eric Garner sin ningún tipo de razón, y que muere estrangulado por una llave que estaba ilegalizada desde hace tiempo; ya en 1993 el Departamento de Policía de Nueva York la prohibió. Eric se quejó amargamente en el suelo, además de ser asmático, advirtiendo que no podía respirar. Y murió en la calle, sin haber recibido atención alguna. Todo un ejemplo de racismo institucional.

En el prólogo del libro hace una descripción de ese sentimiento del odio, que lo resumo en sus ideas fundamentales. Es para meditarlo. Se basa en los acontecimientos descritos de Alemania y de los Estados Unidos mencionados anteriormente. Pero ese sentimiento del odio, como una auténtica pandemia se extiende por todo el mundo. También en nuestra España, especialmente acentuado por el tema de Cataluña. Habrá odio en Cataluña hacia España. Pero no menos en España hacia Cataluña. Y también hacia el inmigrante.

Carolin se pregunta cómo son capaces de sentir ese odio. Cómo están tan seguros. Para odiar hay que tener seguridad. De lo contrario, no hablarían así, no harían tanto daño. Ni podrían humillar, ni despreciar a otros de ese modo. Están seguros. Ni la más mínima duda. Odiar requiere una certeza absoluta.

El odio es siempre difuso. Con exactitud no se odia bien. La precisión aporta la sutileza, la mirada o la escucha atentas; la precisión reconoce a cada persona como un ser humano. Sin embargo, convertidos los individuos en algo irreconocible, quedan unos colectivos desdibujados como receptores del odio, y entonces se difama, se desprecia: a judíos, mujeres, infieles, negros, lesbianas, refugiados, musulmanes… El odio se fabrica su propio objeto. Y lo hace a medida.

El odio se mueve hacia arriba o hacia abajo, es vertical y se dirige contra «los de allí arriba» o «los de allí abajo»; es el «otro» el que oprime o amenaza lo «propio»; el «otro» se concibe peligroso o inferior. Así, el posterior abuso o erradicación del otro no solo es excusable, sino necesario. Al otro cualquiera puede denunciar o despreciar. Quienes sufren este odio, no pueden ni quieren acostumbrarse a él.

El rechazo latente hacia los extraños existió siempre en Alemania. Y no necesariamente se manifestó en odio. Pero algo ha cambiado. Ahora se odia abierta y descaradamente. Unas veces con una sonrisa, otras muchas sin reparo. Los anónimos van firmados. El odio en Internet ya no se oculta tras un pseudónimo. Para Carolin, era inconcebible que el discurso público volviera a embrutecerse así y que las personas pudieran ser víctimas de un acoso tan brutal. Mas, no quiere que el nuevo placer de odiar libremente se normalice.

El odio no es individual ni fortuito. No es un sentimiento difuso manifestado de repente, por descuido o por una supuesta necesidad. Es colectivo e ideológico. No se manifiesta de pronto, se cultiva. Con todo, el ascenso en Alemania (y en Europa) de partidos neofascistas no es lo más preocupante. Cabe esperar que se descompongan con el paso del tiempo, por su arrogancia personal o por la falta de personal capaz políticamente.

Es mucho más peligroso: el clima de fanatismo. En Alemania y en otros lugares. Esa dinámica que genera un rechazo cada vez mayor hacia aquellos que poseen otras creencias o ninguna, otro aspecto o aman de una forma diferente. El desprecio creciente por todo lo distinto y que, poco a poco, va perjudicando a todos. Pues son demasiadas las veces en las que nosotros, como objeto o testigos de ese odio, callamos aterrorizados; porque el horror nos deja sin palabras. Ese es, por desgracia, uno de los efectos del odio: trastorna a los que se ven expuestos a él, los desorienta y les hace perder la confianza.

El odio solo se combate rechazando el contagio. Hacerle frente con más odio es lo que quienes odian quieren. Solo se puede combatir con lo que a ellos se les escapa: la observación atenta, la matización constante y el cuestionamiento de uno mismo. Es ir descomponiendo el odio en sus partes, distinguirlo como sentimiento agudo de sus condicionantes ideológicos y observar cómo surge y opera en un determinado contexto histórico, regional y cultural. Cabría objetar que los verdaderos fanáticos no se darán por aludidos. Es posible; pero bastaría con que las fuentes de las que se nutre el odio, las estructuras que lo permiten y los mecanismos a los que obedece fuesen más reconocibles. Con que quienes apoyan y aplauden los actos de odio dudasen de sí mismos. Con que quienes lo incuban, se viesen desprovistos de la ingenuidad imprudente y del cinismo. Con que quienes muestran un compromiso pacífico y discreto ya no tuvieran que justificarse, y sí debieran hacerlo quienes desprecian. Con que quienes ayudan a personas necesitadas no tuvieran que explicar sus motivos, y sí debieran hacerlo quienes rechazan. Con que quienes desean una convivencia fraternal no tuvieran que defenderse, pero sí quienes la socavan.

Observar el odio y la violencia, así como las estructuras que los posibilitan, significa, visibilizar el contexto en el que se producen tanto la justificación previa como la posterior aquiescencia, sin las cuales no podrían germinar. Observar las fuentes que alimentan el odio sirve para rebatir el mito de que el odio es algo natural, algo que nos viene dado. Se fabrica. Tampoco la violencia es espontánea. Se incuba. Si, por el contrario, no nos limitamos a condenar el odio y la violencia, sino que observamos sus mecanismos, estaremos demostrando que se podría haber hecho algo distinto. Describir el proceso exacto que activa el odio y la violencia entraña siempre la posibilidad de mostrar cómo ambos pueden ser interrumpidos y debilitados.

Observar el odio antes de estallar, acompañado de una ira ciega, abre otras posibilidades de actuación: algunas manifestaciones de odio competen a la Fiscalía del Estado y a la policía; pero otras son responsabilidad de toda la sociedad. Apoyar a los que están amenazados por aspecto, forma de pensar, creencias o forma de amar, no exige un gran esfuerzo. El gesto más importante contra el odio tal vez sea no caer en el individualismo y dirigirse hacia los demás para reabrir juntos los espacios sociales y públicos.

Pero Carolin, como acabamos de ver, no permanece impasible ante ese odio, que se expande y acreciente de una manera irreversible, ya que propone cómo combatirlo. Y para ello recurre al concepto de parrhesía de Michel Foucault, descrito en sus conferencias de 1983 y editadas en el libro El gobierno de sí y de los otros. Foucault parte del concepto griego de parrhesía para desarrollar la idea de decir veraz. En una de sus primeras acepciones solo significaba libertad de expresión. Mas, para Foucault, la parrhesía consiste en hablar francamente, lo que supone criticar opiniones o decisiones del poder. No solo le interesa el contenido de lo dicho, es decir, el hecho de decir la verdad, sino que lo que caracteriza a la parrhesía, es el cómo se dicen las cosas. No basta con decir la verdad, sino que exige creer en ella. Como afirmación, no solo es verdadera, sino que además, siempre es veraz. Esto la diferencia de otras afirmaciones no veraces, como las de determinados partidos o ciudadanos, no somos racistas pero… Estas afirmaciones no tienen nada que ver con la parrhesía. Esta precisa además una determinada relación con el poder. Para Foucault, quien dice la verdad es el que toma la palabra, se enfrenta al poder, lo que supone un riesgo. Ahora bien, entre nosotros no existen los tiranos clásicos, pero la parrhesía hoy es necesaria. Exige valor para tomar la palabra, no solo en nombre propio, sino en el de los otros a los que se les niegan los derechos. Va dirigida contra determinadas disposiciones: contra los esquemas de odio que denigran a los emigrantes, musulmanes o negros, como si no fueran personas; contra las costumbres que marginan a las mujeres o las leyes que niegan derechos a gays, lesbianas, transexuales y bisexuales; contra determinadas miradas que vuelven invisibles a parados, pobres, precarios o excluidos.

En determinadas situaciones históricas ese decir veraz no solo va dirigido contra el Estado y su discurso excluyente, contra partidos racistas y xenófobos, sino también contra el entorno social, la familia, el círculo de amigos, la comunidad religiosa, el contexto político donde nos movemos, ya que en todos ellos aparecen actitudes plenas de odio hacia el otro.

Foucault añade nuevos aspectos a la parrhesía, al decir veraz: no solo se dirige a un interlocutor poderoso, sino también a la persona que la ejercita. Es como si uno hablase para sus adentros, y llegase a un pacto consigo mismo para decirse la verdad. Hablar francamente contra una gran injusticia supone un pacto del que dice la verdad consigo mismo: al expresar la verdad me siento vinculado por ella y con ella. Decir la verdad contra la injusticia, como acto de libertad, es un todo un regalo, ya que posibilita a quien lo practica establecer una relación consigo mismo que contradice la función enajenante del poder, su mecánica de exclusión y de estigmatización. Por ello, el acto de parrhesía nunca puede ser un acto concreto, una acción independiente, sino que el pacto que entraña tiene un efecto duradero en el sujeto que dice la verdad y lo compromete.

Quienes probablemente sean más conscientes de ello sean los numerosos voluntarios que se comprometieron a defender a los emigrantes durante la crisis humanitaria. Puede resultar sorprendente considerar estos actos de compromiso humanitario como una forma de parrhesía contra el poder, que consiste en la disposición de ayudar de muchos ciudadanos, de muchas familias que han acogido en su casa a los refugiados, de los policías y bomberos que han usado sus vacaciones, de profesores o educadores que les han impartido clases… Todos ellos se han comportado por encima de las expectativas sociales y las normas burocráticas. No se han limitado a delegar la atención a los refugiados en los organismos nacionales, autonómicos o locales, sino que, por el contrario, han llenado el vacío político existente con el compromiso generoso y solidario. Este compromiso, según Caroline, es una forma de parrhesía, ya que se pone en práctica bajo una fuerte presión de la calle, no exenta de hostilidad considerable. Por eso, los centros de acogida están protegidos y los voluntarios son insultados. Se requiere valor y coraje para enfrentarse a ese odio generalizado y no dejarse amedrentar cuando se tiene claro qué supone la solidaridad. Cada atentado cometido por refugiados u otros de fuera movilizados por fanáticos, implica una presión adicional sobre este compromiso y lo expone a más dificultades. Se requiere gran valentía y seguridad en uno mismo para seguir atendiendo a aquellos que necesitan apoyo y que no pueden ser castigados por los actos de otros.

La parrhesía implica también pactar con la verdad que se dice. No solo creer que todas las personas tengan el mismo valor, sino llevar esa igualdad a la práctica: exigirla de verdad contra la presión, contra el odio, para que no solo forme parte de la imaginación, sino que sea una realidad concreta.

En La condición humana, Hannah Arendt señala «el poder es siempre un poder potencial y no algo medible como la fuerza». Esta podría ser una muy buena definición de un «nosotros» en una sociedad democrática: este «nosotros» es siempre un potencial y no algo inmutable y medible. Nadie define el «nosotros» en solitario. Este surge cuando las personas actúan juntas y desaparece cuando se dividen. Levantarse contra el odio y encontrase en un «nosotros» para hablar y actuar juntos es una forma valiente, atractiva y hermosa de poder. No deberíamos tener miedo al capital, las élites y el poder, porque nosotros somos nuestros.

Todo ese odio que se extiende por Alemania y el resto del continente europeo, de momento de una manera irreversible podría combatirse con una profundización de la democracia. En definitiva con más y mejor democracia. Y hace Carolin una de las descripciones más logradas, que he podido conocer, de la esencia de una sociedad democrática, que trascribo a continuación:

“Una sociedad democrática es un orden dinámico con capacidad de aprendizaje, lo cual presupone la disposición, tanto individual como colectiva, para asumir errores, tanto individuales como colectivos, para corregir injusticias históricas y perdonarse mutuamente. La democracia no es la dictadura de la mayoría, sino que pone a nuestra disposición procesos en los que no solo se decide y se vota, sino que también se debate y se delibera en común. Es un orden en el que todo lo que no sea lo bastante justo o inclusivo puede y debe reajustarse. Esto también precisa de una cultura del error, una cultura de debate público que no se caracterice únicamente por el desprecio mutuo, sino también por la curiosidad mutua. Para los representantes políticos, reconocer posibles errores en su forma de pensar y de actuar es tan elemental como para los medios de comunicación y los miembros de la sociedad civil. Y perdonarse mutuamente en alguna ocasión también forma parte del tejido moral de una democracia viva. Los condicionantes estructurales, así como los usos sociales de la comunicación a través de las redes, son un obstáculo cada vez mayor que impide generar esa cultura de debate que permita reconocer los propios errores y pedirse perdón.

En sus conferencias sobre Poética de Frankfurt, la escritora Ingeborg Bachmann habló una vez de un modo de pensar “que, para empezar, todavía no está preocupado por su orientación; un modo de pensar que quiere conocimiento y quiere alcanzar algo con el lenguaje y a través del lenguaje. Llamémosle provisionalmente: realidad”. Esto también es válido para una cultura y una opinión pública democráticas, donde la dirección no sea conocida o venga siempre dada, sino donde se pueda y se deba pensar y debatir de una forma abierta y autocrítica. Cuanto más polarizado y amplio sea el debate público, más difícil resultará atreverse a pensar de esta forma, sin necesidad de seguir una dirección. Pero es precisamente esta búsqueda de conocimiento lo que se requiere. La búsqueda de los hechos, de descripciones de la realidad que no hayan pasado por el filtro previo del resentimiento ideológico. Todos y todas podemos y debemos participar en este proceso. La democracia no requiere de una pericia específica. El filósofo Martín Saar escribe: “Pues cualquiera conoce la libertad política y el ansia democrática de libertad, incluso aquel a quien le está vedada”.

Como acabo de mostrar el libro de Carolin es extraordinario. Y me he limitado a reflejar algunos aspectos. Hay otros muchos, que no menciono en este artículo. Lo que sí digo es que lo he leído varias veces. Y cuanto más lo leo, más me propicia la reflexión. Actividad cada vez menos practicada en esta sociedad nuestra.

Cándido Marquesán

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1 Comment

  1. Los Terroristas Judíos Genocidas Usureros son el cáncer de la humanidad y asesinan a diario a mujeres y bebés Palestinos Impunemente Escudándose en un Supuesto Holocausto que Nunca Jamás Existió.

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