¿Nacionalista yo?

por Cándido Marquesán

Nacionalista yo
Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

Hay libros que van en contra del pensamiento dominante. Por ello, su difusión es muy limitada, por lo que tienen que recurrir para su publicación  editoriales no muy conocidas a nivel mediático. Es el caso del libro Micronacionalismos. ¿No seremos todos nacionalistas? Publicado en la editorial Catarata. Su autor es Jorge Cagiao y Conde, profesor de Civilización Española Contemporánea en la Universidad de Tours. Su trabajo de investigación ha estado centrado en el federalismo y en el nacionalismo español y comparado. Obviamente el mismo título es ya polémico. Yo lo he leído varias veces, lo he reflexionado en profundidad, y del cual voy a exponer algunas de sus ideas, que comparto, aunque sé que serán polémicas. Asumiendo ese riesgo, ahí van.

La gran mayoría de los españoles a la pregunta de si se consideran nacionalistas, responden muy molestos: ¿Nacionalista yo? Y es probable que estén convencidos que no lo son, lo que no significa que no lo sean. Molestarse porque te acusen de nacionalista, se debe a que el concepto de nacionalista tiene una connotación muy negativa en nuestra sociedad, sobre todo, por los problemas de vertebración territorial en España, surgidos  desde Cataluña y Euskadi.

La literatura académica indica que el nacionalismo ha sido necesario para la construcción de las naciones que hoy conocemos organizadas en Estados. Como Francia, Alemania, Italia, y, por supuesto, España. Pero no solo para su construcción sino que también para su posterior consolidación, conservación y defensa. Podría llegar a pensarse que el nacionalismo sirve para crear una nación y, una vez creada, desaparece. No es cierto. La nación no se sostiene per se. La historia nos muestra que ha sido inevitable la puesta en marcha de políticas nacionalizadoras desde el Estado, a través de determinados instrumentos (la lengua, la religión, la cultura, la administración, etc.) a lo largo del tiempo, que puede durar siglos. Detrás de cada nación, en su sentido moderno, han desempeñado un papel fundamental  los intelectuales encargados  de pensar, trasmitir y expandir  la creencia en la nación.  En consecuencia, en España existe la nación española, construida y mantenida a través del nacionalismo español, lo que significa, que el nacionalismo no es una enfermedad. La mayoría vivimos en comunidades nacionales que no hemos elegido. Y estas comunidades socializan a la gente en la creencia en ellas, en el valor intrínseco que tienen como marco de vida, como marco de convivencia y en la importancia de conservarlas. Por ello pensamos que es moralmente reprobable atentar contra ese marco nacional. Y entre los numerosos discursos de las comunidades nacionales, los nacionalismos, para defenderse está la idea de que es posible la nación sin nacionalismo. Todos los estudios van en sentido contrario. A partir del siglo XVIII las naciones se construyeron con nacionalismos que ahora las sostienen.

Resulta muy interesante el concepto de “nacionalismo banal de Michel Billig. El nacionalismo dominante en los Estados constituidos, como España, es banal en el sentido de que está por todas partes, sin que nos demos cuenta de ello. Desde niños a través de la familia, la escuela, el deporte, los medios, la cultura crean y refuerzan el sentimiento de nuestra pertenencia a la nación española. Y ello acontece de una manera banal, sin darnos cuenta de ello, lo que no significa que no sea importante. En realidad su banalidad es su fortaleza, que consiste en que los individuos  hagan y piensen, en determinadas circunstancias, lo que el estado espera de nosotros, sin necesidad de darnos órdenes ni instrucciones. Y un concepto tan claro, estudiado a nivel académico, como el de “nacionalismo banal”, al pasar al ámbito político, mediático y social ha acabado perdiendo el significado que tenía. Y así ese nacionalismo es tan banal que se considera insignificante, de poca entidad o importancia. Y al ser de tan poca entidad, ya no se considera realmente nacionalismo. ¿No es nacionalista la obsesión de José María Aznar por las banderas, que el 12 de octubre de 2001, mandó izar en la plaza Colón una con un mástil de 21 por 50 metros, de 294 metros cuadrados (21 por 14) y de 35 kilos? Tan grande era su peso, que se cayó el 2 de agosto de 2012, afortunadamente no hubo víctimas, aunque tuvieron que reponerla bomberos, policía local y personal de la Armada. ¿Y Esperanza Aguirre: “Nosotros no nos disfrazamos de nacionalistas, porque la nación española no es cosa discutible ni discutida; España es una gran nación”?

Mas, como el nacionalismo está muy mal considerado, se ha encontrado otro término, que permite a los ciudadanos vivir sin complejos el sentimiento de pertenencia y el orgullo nacional: el patriotismo. Hagamos la pregunta. ¿Se consideran patriotas o nacionalistas? La respuesta espontánea mayoritariamente es clara. ¿Por qué? Porque el patriotismo es ese comodín encontrado para que la gente viva serenamente su nacionalismo.  El patriotismo-suele decirse- es el amor por la patria, por la nación propia, sentimiento natural. El nacionalismo suele explicarse como un amor irracional por la nación, siempre acompañado de intenciones perversas.  En realidad, el patriotismo y el nacionalismo son lo mismo, son amor y sentimiento de pertenencia a un colectivo nacional. Solo que “nacionalismo” ha sido utilizado por el nacionalismo dominante (los Estados nación) para hacer su dominio más eficaz, dándole un sentido peyorativo.

Igualmente se usa como comodín por algunos para vivir con comodidad su nacionalismo, el término de nacionalismo cívico contraponiéndolo al nacionalismo étnico, como si fueran totalmente distintos. De hecho, el nacionalismo cívico sería tan cívico-tal parece explicarse- que no sería ni siquiera nacionalismo. Lo que es falso. Todo nacionalismo se construye en torno a esos dos pilares, el cívico o político (la comunidad nacional pensada como superadora de diferencias culturales, étnicas, religiosas y centrada en valores comunes como la igualdad, la libertad, la justicia, etc.) y el étnico o cultural (la comunidad nacional pensada como algo que se hereda, sobre lo que no se decide, como marco en el que promover y proteger un modo de vida). El primero de esos pilares remite a todo lo construido a nivel institucional y de voluntario en la nación. El segundo a lo que hay de permanente y de heredado. Si falta una de esas dos piezas el nacionalismo es inviable como proyecto político. Si todo nacionalismo se construye en torno a esos dos pilares (presente y pasado, voluntad de ser y ser que se hereda, en el sentido dado de Renan), eso quiere decir que no tiene sentido usar la etiqueta “cívico” o “étnico”, cuando se trata de definir los nacionalismos.

En definitiva, el nacionalismo dominante tiene una gran capacidad para camuflarse, como acabo de mostrar, bien con el término de patriotismo o nacionalismo cívico. Pero, por alguna razón tiende a asimilarse más a movimientos políticos de derecha, y no necesariamente extrema. Gran parte de la responsabilidad de que sea así es de los movimientos de izquierda. Para estos, el nacionalismo sería en parte un instrumento burgués de control y dominio, del que se servirían las derechas para imponer un orden social injusto. El nacionalismo sería una especie de opio del pueblo. La izquierda siempre ha defendido la igualdad, la justicia social, la clase trabajadora. Asume una especie de superioridad moral, por lo que se muestra totalmente contraria a la lógica nacionalista, generadora de injusticias y de división.

Pedro Sánchez, Alberto Garzón, Gaspar Llamazares han señalado que el nacionalismo es incompatible con el socialismo y con la izquierda. La izquierda no se ve como nacionalista. Pero en realidad se equivocan.  Sí, es cierto, la izquierda defiende la solidaridad, la libertad, la justicia, y otros conceptos, pero siempre circunscritos en el marco territorial nacional.  ¿Algún partido de izquierdas en España estaría dispuesto a llevar en sus programas electorales tales principios, como la solidaridad, hasta las últimas consecuencias; o dicho de otra manera, a compartir la riqueza española y financiar con los impuestos españoles la educación, la sanidad, con los países del Tercer Mundo? Como dijo Carlos Taibo, desde el momento que decidimos no compartir la solidaridad a toda la población mundial, estamos egoístamente dibujando una frontera, un marco nacional, dentro de la cual ser solidarios, compartir la riqueza y otras muchas cosas.

La vieja idea de la Internacional de que los obreros no tienen patria es un bonito eslogan, que pudo tener sentido en el pasado para organizar la lucha obrera contra el capitalismo, pero hoy no tiene sentido alguno. Los trabajadores tienen patria, nación. Como los pensadores y políticos de izquierda. Y por supuesto los partidos de izquierda españoles. PSOE, es decir, partido socialista obrero español. PCE,  es decir, partido comunista de España.

Todos en definitiva somos nacionalistas. Sería algo muy extraño que estando el mundo organizado en Estados-nación, y siendo las naciones una construcción social, no algo dado por naturaleza, fuéramos los ciudadanos de estos Estados-naciones inmunes al nacionalismo que se secreta y transmite en ellas, al que estamos expuestos, sin poder escapar, desde que venimos al mundo. Somos nacionalistas, nos pese o no. Pero esa revelación no es para ir al psiquiatra, entrar en depresión o vivir esta revelación de una forma dramática.

Cándido Marquesán

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