Derechización

por Andrés Ortega Klein

Derechización
Andrés Ortega Klein
Andrés Ortega Klein, Investigador senior asociado del Real Instituto Elcano. Consultor independiente y director del Observatorio de las Ideas.

Las sociedades occidentales -y otras- están sufriendo un proceso de derechización, fruto en parte de los efectos de la crisis pasada, que aún colean, y de otros factores como el reto de los independentistas catalanes en el caso español. La política va a la zaga de estas tendencias, aunque, una vez en marcha estas dinámicas, las alienta en la sociedad. Es un movimiento de fondo que responde en mucha gente a un sentido de peligro y de desprotección que produce cambios de actitud ante las ofertas conocidas.

Esta derechización se hace sentir en ámbitos como la identidad nacional, el rechazo a la inmigración o las reticencias, en algunos sectores sociales, a la paridad de hombres y mujeres. Es un movimiento que tiene mucho de guerra cultural, como bien han estudiado Ronald Inglehart y Pippa Norris. También tiene que ver con la reacción ante los efectos de las revoluciones tecnológicas en curso, cuya erupción tapó la crisis, y con las inseguridades identitarias que ha provocado la globalización. Ello no implica necesariamente que los discursos derechistas —ya no se les puede llamar conservadores— triunfen en las elecciones, aunque sí contaminan el discurso general. Lo importante en la nueva situación no es ganar, sino situarse en posición de gobernar. En Estados Unidos, Trump perdió en voto popular, pero ganó el colegio electoral. Tras Andalucía (y otros casos antes), es lo que estará en juego en España en las próximas elecciones generales.

En España, esta derechización ha venido, paradójicamente, a coincidir con la llegada por moción de censura de un Gobierno socialista. La izquierda, que casa mal con las cuestiones identitarias, no es inmune a esta derechización. En el PSOE, por ejemplo, el electorado potencial está dividido por mitades ante la cuestión catalana-española y la de la inmigración. El ámbito de Podemos es más compacto, pero ha perdido fuerza, fruto de sus errores. Y en la izquierda, no solo la española, ha resurgido el fantasma de la abstención, que ya hizo su reaparición en las elecciones andaluzas. ¿Movilizará la derechización a la izquierda abstencionista? No es seguro.

El eje izquierda-derecha sigue siendo útil y reconocible en este terreno a pesar de su simplificación. En otras cuestiones no identitarias, la izquierda, especialmente la socialdemócrata, en Reino Unido, Alemania e incluso en el Partido Demócrata en EE UU, además de España, está girando, abandonando los presupuestos de aquella Tercera Vía. Están por ver los resultados, pero quedarse donde estaba no es una alternativa.

La derecha en España, por su parte, está fragmentada pero movilizada. El surgimiento de Vox, trumperizante, ha provocado un corrimiento a la derecha del Partido Popular -preocupado por su retroceso demoscópico- y de Ciudadanos en busca del sorpasso del PP. El centro está huérfano, en una situación de creciente polarización que lo vacía. Aun así, ¿quién lo ocupará? Pues puede que, al final, los que lo ocupen sean los que gobernarán.

Las encuestas del CIS reflejan una gran estabilidad en autoubicación ideológica de los españoles. La media estaba en un 4,63 en 2007 y ahora en un 4,7, es decir, muy poco más a la derecha. No se trata de eso, pues a menudo no hay conciencia de esta derechización entre los ciudadanos, sino que el miedo ante el peligro se proyecta en cuestiones específicas.

Sin duda, el independentismo catalán ha provocado una gran parte de esta derechización en el conjunto de España. Y seguirá pesando. Según el barómetro del CIS de diciembre pasado, un 43% señala que su voto en las próximas elecciones puede verse influido por la situación catalana, con una división marcada entre los que votarían por partidos que plantean opciones de diálogo y negociación (43,2%) y los que optan por opciones más radicales o más duras (36,4%).

La derechización es a la vez causa y efecto de otros fenómenos de la política. Como el crecimiento continuo de la desfachatez con la que se miente, junto a la falta de respeto y el insulto hacia los cargos y hacia las instituciones. De nuevo, no solo en España. A Obama ya se le insultaba. Por su color de piel.

Andrés Ortega Klein

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