Nostálgicos

por Andrés Ortega Klein

Nostálgicos
“The Consummation of Empire” de la serie “The Course of the Empire”, de Thomas Cole (1836) (Wikimedia Commons / Dominio público).
Andrés Ortega Klein
Andrés Ortega Klein, Investigador senior asociado del Real Instituto Elcano. Consultor independiente y director del Observatorio de las Ideas.

¿Es la nostalgia algo negativo? No necesariamente. Pero en nuestros tiempos, aún más que en otros anteriores, es políticamente muy manipulable. Recordar los tiempos pasados, escribió Marcel Proust, no significa recordar los tiempos como fueron en el pasado. También el pasado se reinventa, pues como apuntara Antonio Machado, “ni está el mañana ni el ayer escrito”. La sociedad y la política europeas, indica una reciente encuesta de la Fundación Bertelsmann, se han llenado de nostálgicos que piensan que el pasado –sin precisar cuál– fue mejor que el presente. Pero si es así, es por algo.

Este no es un sentimiento neutral, sino que tiene consecuencias. Como ha señalado Simon Kuper, en referencia esencialmente al Brexit, si la revolución a la que aspiran algunos “va a volver a crear el pasado glorioso”, no hay por qué preocuparse demasiado por cosas del futuro como el cambio climático o el impacto de la tecnología, en parte ya presente. Este auge de la nostalgia puede tener mucho que ver con la crisis económica vivida y el derrumbe de expectativas vitales en amplios sectores de las poblaciones europeas, junto con el recuerdo de los años locos previos. La nostalgia es una reacción ante la ansiedad y el miedo, a lo conocido y a lo desconocido. Es una indicación de que no se entiende o no gusta el presente.

La palabra nostalgia tiene raíces griegas, de notos, regreso al hogar o a la patria, y algia, dolor, pero también echar en falta. En Europa, hay hoy una mayoría de nostálgicos: un 67%, según esta encuesta, piensa que el mundo solía ser un mejor lugar. La nostalgia es sólo algo más marcada en la derecha que en la izquierda. Guarda una correlación con la actitud negativa ante la inmigración. Los jóvenes tienden a ser menos nostálgicos que sus mayores, aunque los más marcados son los de 36 a 45 años. En España, los de 16 a 25 años están repartidos por mitades. Los hombres más que las mujeres.

¿Quiénes son los nostálgicos? Fuente: De Vries, Catherine E. & Hoffmann, Isabell (2018): The Power of the Past. How Nostalgia Shapes European Public Opinion, Bertelsmann Stiftung. Blog Elcano

¿Quiénes son los nostálgicos? Fuente: De Vries, Catherine E. & Hoffmann, Isabell (2018): The Power of the Past. How Nostalgia Shapes European Public Opinion, Bertelsmann Stiftung.

El informe se refiere a los grandes de la UE: Alemania, Francia, Italia, Polonia y España. Deja fuera al país donde la nostalgia ha tenido ya efectos políticos, como el Reino Unido. Los más nostálgicos resultan ser los italianos (77%), y los menos, los polacos, lo que es explicable. Los españoles (61%) están en un término medio en cuanto a este tipo de sentimiento, por detrás de los alemanes y franceses.

De cara a la integración europea, no hay grandes diferencias entre nostálgicos y no nostálgicos, aunque el deseo de permanecer en la UE sea mayor entre estos (82%) que entre los primeros. Todos son marcadamente (por encima del 80%) partidarios del control de fronteras, pero también de la libre circulación de personas, y de un papel más activo de la Unión en el mundo.

La preocupación por el futuro lleva a refugiarse en el pasado, como han demostrado otros estudios sobre valores de los europeos. La nostalgia, señala el citado informe, es una poderosa herramienta política: “Las referencias a un pasado mejor son hábilmente empleadas por empresarios políticos populistas para alimentar la insatisfacción con la política actual y la ansiedad por el futuro”, y la desconfianza en las elites políticas al uso. Es un “instrumento de agitación”. Los nuevos movimientos nacional-populistas juegan con la nostalgia, y enarbolan el “declive de la [supuesta] edad de oro”. Claro que la mirada al pasado depende del presente, o del futuro, desde el que se mira. No era lo mismo verlos desde 1928 que desde 1930. Ni ver a Europa desde 1943 que desde 1960. O, más cerca, desde 2006 que desde 2011 o, incluso para muchos, 2019. Hoy el nivel de vida en todo el mundo es mucho más alto que hace 100 o 30 años (Pinker, Rosling). Pero hay, sí, una crisis de futuro, de expectativas.

Ya cinco años atrás Angela Merkel afirmó que Europa, la UE, supone un 7% de la población mundial, un 25% de su economía y un 50% del gasto social global, lo que no es sostenible. Quizá hay en toda esta fiebre nostálgica un miedo y una ansiedad de los europeos a la perdida de su peso en un mundo que ha dejado de ser eurocéntrico –y que no volverá–, y dudas sobre si se podrá mantener el modo de vida europeo, con su protección social.

La nostalgia bien entendida podría servir, más que para añorar un pasado en buena parte imaginario, para construir un mejor futuro. “Un mejor tipo de nostalgia reflexiva puede permitir que un lamento por el pasado nos ayude a construir un futuro diferente”, señala el filósofo Julian Baggini. La política no debe ignorar el pasado. Puede aprender de él. Pero, aun haciendo uso constante del retrovisor, mirando hacia delante.

Andrés Ortega Klein

Publicado con permiso del Real Instituto Elcano

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