La palabra “democracia” ha sido domesticada y vaciada de cualquier elemento emancipatorio

por Cándido Marquesán MIllán

La palabra “democracia” ha sido domesticada
Cándido Marquesán
Cándido Marquesán, Profesor de instituto

No pasa por un buen momento la democracia, visto el desencanto ciudadano hacia ella. Lo que no supone que la gran mayoría se declare antidemócrata. Por ello, son muy oportunas las reflexiones de Raffaele Simone en su libro El Hada democrática. Rousseau en El Contrato Social manifestó “Si existiera un pueblo de dioses se gobernaría democráticamente”. Evidentemente los seres humanos no somos perfectos como los dioses, mas a pesar de ello la democracia se ha impuesto como referente en el mundo occidental. Su expansión se debe a determinados factores: la aparición del obrerismo, la lucha y su posterior conquista por el sufragio, el nacimiento de los partidos políticos, el temor de las clases privilegiadas… Por ende, desde fines del XIX se ha expandido a ambas orillas del Atlántico, y luego a otros continentes. Mas a pesar de su implantación, la democracia en manos de los seres humanos por sus pasiones egoístas es frágil, por lo que a veces ha sucumbido, como en el periodo de entreguerras en Europa.

Al final de la II Guerra Mundial, Occidente tras recuperarla, pensó que era una conquista para siempre, como si fuera el fin de la evolución política. Era un antídoto frente a los fascismos y los comunismos. En España este hecho se produjo tras la muerte del dictador.

Para consolidar la democracia se crearon tres tipos de entidades. Un aparato institucional, inimaginable en otros regímenes políticos: parlamentos, elecciones, justicia independiente, partidos políticos, prensa libre… Pero una democracia además requiere una mentalidad, es decir unos hábitos, unas convicciones, unos valores, propiciados por el funcionamiento de las mismas instituciones. Entre ellos: el respeto a los derechos humanos y a la diferencia, la defensa de la libertad y la igualdad… Y una mitología, un conjunto de relatos y de símbolos sobre sus ventajas incuestionables. Estos relatos sirven para difundir la idea de que en democracia se puede alcanzar mejor la paz, la libertad, la instrucción, el progreso, el bienestar. Los mitos de la democracia exaltan la ruptura histórica que supuso el final del Antiguo Régimen y la irrupción de nuevos actores históricos, como las clases sociales, la nación, etc.

Todos esos pilares del sistema democrático están hoy en situación crítica. Estamos comprobando una gran desconfianza por parte de la ciudadanía hacia las instituciones democráticas: parlamentos, partidos, justicia, prensa, etc. En España las Cortes tuvieron que estar protegidas por la policía, aumento de la abstención electoral, desconfianza y descenso de afiliados a partidos y sindicatos, descrédito hacia la justicia y la prensa.

La mentalidad democrática se está diluyendo por la irrupción neoliberal: desconfianza hacia los servicios públicos, por ser excesivamente costosos, y por ello preferencia hacia la privatización. En cuanto a la mitología se está deteriorando, ya que el relato predominante es la exclusión, la pobreza y la desigualdad, compatibles con la corrupción, la evasión o elusión fiscales.

Por ello, hoy el clima que rodea los diferentes componentes de la democracia, es muy distinto al del final de la II Guerra Mundial. Entonces estaba pleno de esperanza y de confianza; el actual, es una mezcla de impaciencia, desconfianza, decepción, y hasta desprecio.

La consecuencia de ello es la aparición de partidos antidemocráticos sin ambages, que consideran la democracia como algo inútil e inservible. Una institución viciada de actitud antidemocrática en el siglo XX fue la Comisión Trilateral a través de su Informe presentado en 1975 sobre la crisis de la democracia, que desde una postura conservadora, mantenía la ingobernabilidad de las democracias occidentales por exceso de demandas de la ciudadanía, por lo cual había que refrenarlas. Por otro lado, movimientos hiperdemocráticos, para los cuales la democracia actual al ser insuficiente tiene que ser ampliada. Ambos ejercen un poderoso efecto de desgaste de la democracia.

Para Norberto Bobbio las crisis en las democracias modernas son inevitables, ya que fue diseñada para una sociedad mucho menos compleja que la actual. En sus inicios, los actores eran el naciente capitalismo, y dos clases enfrentadas: la obrera y la burguesía. Hoy los protagonistas son más numerosos, algunos muy poderosos y sobre todo huidizos, como los poderes financieros mundiales, los países atrasados con regímenes laborales de semiesclavitud que posibilitan la deslocalización industrial. Otros cambios importantes: aburguesamiento de la clase obrera, las migraciones masivas hacia Occidente, el miedo e inseguridad internacional. Además a inicios del siglo XXI se han sumado la crisis económica del 2008, el colapso del empleo. Como la democracia se ve desbordada ante tales problemas, ha surgido una profunda crisis histórica. Son actuales las palabras de Ortega y Gasset de 1947: “Hay crisis histórica cuando el cambio de mundo producido consiste en que al mundo o sistema de convicciones de la generación anterior sucede un estado vital en que el hombre se queda sin aquellas convicciones, por tanto, sin mundo. El hombre vuelve a no saber qué hacer, porque no sabe qué pensar sobre el mundo. Siente profundo desprecio por casi todo que creía ayer, pero no encuentra creencias sustitutivas a las anteriores”

A pesar de la crisis de la democracia, para la gran mayoría, insisto,  la democracia es incuestionable. Como decía Churchill “es el peor sistema político exceptuado todos los demás”. Sigue gozando hoy de gran popularidad a nivel mundial, como nunca en la historia. Sin embargo, lo evidente es que a nivel conceptual nunca ha tenido una definición más imprecisa. Puede que sea porque el capitalismo, hermano gemelo de la democracia moderna, el más rollizo y listo de los dos, ha conseguido reducir la democracia a una mera marca. Se ha convertido en una nueva religión mundial, como un altar ante el que se arrodillan el mundo occidental y sus admiradores de otras latitudes. Todos somos demócratas. Pero, ¿qué queda de la democracia?

Si resulta incomprensible conocer los motivos por los que la democracia disfruta de tanta popularidad, sin embargo resulta más sencillo trazar un esbozo de los procesos que la reducen a un auténtico simulacro, vaciándola de su sustancia. Por ello, Wendy Brown habla de des-democratización. Veamos las causas de este proceso de des-democratización.

El poder de las grandes empresas lleva ya tiempo minando el gobierno del pueblo, mas hoy ha alcanzado unos límites sin precedentes. Las grandes empresas pueden comprar a políticos o tomar el poder directamente, modelar la política interior y exterior de los Estados, controlar los grandes medios de comunicación dando una información parcial y sesgada. Incluso más, hay una fusión entre los poderes de las grandes empresas con los del Estado, lo que significa la privatización de muchas funciones estatales; sus directivos ejercen de ministros o jefes de gobierno; ponen al Estado a su servicio  con determinadas políticas, tributarias, energéticas, monetarias, y subvenciones. Todo esto pasa en gran parte desapercibido para el pueblo llano, y si lo percibe es impotente de poderlo corregir. Para entender cómo las grandes empresas controlan o compran a los políticos es muy claro el dato expuesto a continuación. Según Ángel Ferreró, los ministros socialdemócratas del primer gabinete de Schröder, el que puso en marcha la Agenda 2010, terminaron trabajando para las grandes empresas: Schröder presidente del Consejo Ejecutivo de Nord Stream AG; el ministro del Interior, Otto Schilly, como asesor de empresas de seguridad como SAFE ID Solutions y Byometric Systems; el ministro de Economía, Wernwr Müller, en el consejo directivo de la química Evonik; el ministro de Defensa, Rudolf Scharping, asesoró a Cerberus, un fondo de inversión privado; y el de Transporte, Kurt Bodewig, fichó por KPMG, una de las mayores auditoras del mundo.  Las grandes empresas  pueden también amenazar a sus gobiernos con migrar a países más “libres”, si no rebajan la presión fiscal o les ofrecen todo tipo de condiciones favorables –verbigracia: subvenciones públicas— para sus inversiones: así lo hizo a finales de los 90 el presidente de Mercedes Benz, que advirtió expresamente a Schröder que trasladaría toda su producción a los EEUU, de concierto con el gigante automovilístico Chrysler, para conseguir del canciller la destitución fulminante de su ministro de hacienda, Oskar Lafontaine (quien narra el episodio en sus ácidas e instructivas memorias). Y esta España nuestra cabe recordar las palabras de Pedro Sánchez en la entrevista con Jordi Evole.

Las elecciones, el auténtico fetiche de la democracia pese a ser irrelevantes, se han convertido en un circo, enfocadas a la captura del voto. Un candidato es fabricado y envuelto como un objeto de consumo, con grandes despliegues mediáticos y publicitarios, realizados por expertos más familiarizados en la promoción de marcas y manipulación de los medios de comunicación  que con los principios democráticos. Igualmente las políticas públicas ejecutadas  se venden más como bienes de consumo que como beneficios para la colectividad.

El neoliberalismo concebido como racionalidad política ha lanzado un ataque brutal contra la democracia, orientando principios constitucionales, la igualdad ante la ley, la libertad política, la inclusión social en una dirección muy distinta: la de la rentabilidad, eficacia, relación coste y beneficio. Así el Estado se reorganiza y  se convierte en una empresa.

Existe una expansión sin precedentes del poder ejecutivo acompañado de la ampliación de acción de los tribunales de justicia. Cada vez más se judicializan asuntos políticos, y los jueces emiten sentencias en un lenguaje tan complejo e incomprensible para la mayoría de los ciudadanos. A su vez los tribunales han pasado de decir qué es lo que está prohibido a decir lo que ha de hacerse; o lo que es lo mismo, han pasado de ejercer una función limitativa a otra legislativa, usurpando tareas propias de la política democrática. El gobierno de los tribunales es una subversión de la democracia.

El mundo global, con el flujo de capitales, personas, ideas, recursos, bienes  provoca pérdida de soberanía de los Estados-nación frente a otros organismos internacionales o grandes multinacionales. Muchos Estados están maniatados, por lo que su normal ejercicio del poder no es ya el interés del pueblo, como es obvio.

Como en el estado de excepción, la seguridad se ha convertido hoy en auténtico paradigma  de gobernación. Determinadas medidas de seguridad con suspensión de derechos a la ciudadanía, que deberían ser excepcionales, al convertirse en permanentes, nos obliga a preguntarnos por la verdadera naturaleza de la democracia actual. No podemos sentirnos libres si estamos continuamente vigilados. Nunca hasta hoy la humanidad ha estado más sometida y controlada. Esto no es democracia. Merece la pena insistir en la situación de un estado de excepción permanente, que eviscera el sentido de la democracia. El poder del Estado hoy en día considera a todos los ciudadanos como presuntos delincuentes. Esto sólo puede empeorar la participación en la política y hace imposible en las actuales condiciones definir la democracia. Una ciudad cuyas calles y plazas son controladas por cámaras de vídeo ya no es un lugar público, es una prisión. Debemos preguntarnos por la verdadera naturaleza de la democracia actual. Una democracia limitada a disponer como único paradigma de gobernación, y como único objetivo, el estado de excepción y la búsqueda de la seguridad, deja de ser una democracia. Lo auténticamente grave además del silencio de la judicatura, es la aceptación por la mayoría de la ciudadanía de la situación expuesta. Las limitaciones a la libertad que el ciudadano de los países “democráticos” está hoy dispuesto a aceptar y tolerar son infinitamente mayores de las que hubiera consentido unas décadas atrás. Aceptamos que plazas y calles-espacios de libertad y de democracia- deben estar vigilados por cámaras. Más que el entorno de una plaza, parece el de una prisión. ¿Podemos sentirnos libres paseando por unos espacios vigilados constantemente? Según un informe de Forbes de agosto de 2012, “En USA, el número de cámaras de videovigilancia es de 30 millones, lo que supone más de 4.000 millones de horas de grabación semanales”. Si pasamos por los controles de seguridad de un aeropuerto, nuestros cuerpos y nuestras maletas serán escaneados. Si nos quedamos sin trabajo y nos sumamos al régimen del workfare, inspectores controlarán nuestros esfuerzos, nuestras intenciones y nuestro progreso. El hospital, la oficina pública, la escuela, hacienda: todos tienen sus propios regímenes de inspección y sus sistemas de almacenamiento de datos. Nuestras compras con tarjeta de crédito y nuestras búsquedas en Internet y llamadas telefónicas son controladas y almacenadas. Las tecnologías de seguridad han progresado extraordinariamente para espiarnos cada vez más Todos ufanos llevamos encima el dispositivo de vigilancia más perfecto que se haya inventado jamás, con nuestro total consentimiento, metido en el bolsillo. Sobrecoge pensar en toda la información que es constantemente producida acerca de uno mismo. Lo explica muy bien Thomas P. Keenan en su libro Tecno siniestro. El lado oscuro de la Red: la rendición de la privacidad y la capitalización de la intimidad.

La democracia se ha convertido hoy en el eslogan de casi todos los dirigentes. En materia de difusión de la democracia, los gobiernos occidentales han tenido la ventaja al presentarla como contrapeso al comunismo. Así han conseguido de facto domesticar la palabra, vaciándola de cualquier  elemento emancipatorio. En realidad, la democracia se ha convertido en una ideología de clase, para justificar que un número muy reducido de personas gobiernen, prescindiendo de la gente. Haber conseguido imponer una economía de libre mercado desenfrenado, un derecho a intervenir, incluso militarmente, en territorios de otras naciones soberanas, y lograr dar a todo esto el nombre de “democracia”, ha sido una proeza increíble.

Quiero terminar con una referencia al “paradigma de la democracia”.  Según Franco Berardi, el sistemático rechazo de los inmigrantes en las fronteras de Europa no es solo una muestra de brutalidad, sino el síntoma de una transformación de la UE, devenida en una fortaleza racista. Crece una ola de nacionalismo y de odio en la población europea. El archipiélago de la infamia se expande en torno al mar Mediterráneo: los europeos construyen campos de concentración en sus territorios y pagan a sus ‘gauleiters’ (NdR: los jefes de zona del partido nazi) en Turquía, Libia y Egipto para que hagan el trabajo sucio en las orillas del Mediterráneo donde el agua salada ha reemplazado al gas ZyklonB de los hornos.

No quiero que algún despistado o malintencionado piense que yo estoy en contra de la democracia. Estoy en contra de esta democracia actual, que ha sido eviscerada. Mi pretensión no es otra que la recuperación del auténtico sentido de la democracia, como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, tal como a definió Abraham Lincoln. Del, por, y para no pueden faltar en una democracia auténtica. Y nuestra obligación como ciudadanos responsables es defenderla con todas nuestras fuerzas.

La ciudadanía indiferente o confiada cree que las instituciones se sostienen por sí mismas o por los fundamentos democráticos que las sustentan. No, las instituciones hay que hacerlas nuestras y defenderlas cada día. Es un error presuponer que los gobernantes llegados al poder a través de las instituciones no pueden modificarlas ni destruirlas. A veces se las priva de vitalidad y de funciones, y se las convierte en un simulacro de lo que fueron, de modo que se ajustan al nuevo orden en vez de resistirse a él. Es lo que los nazis denominaban Gleichschaltung (coordinación). En menos de un año se consolidó el nuevo orden nazi. ¿La gran mayoría de los alemanes que votaron en 1932 eran conscientes de que iban a ser las últimas elecciones libres durante un largo tiempo?

Cándido Marquesán

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