Los casos de Carla: La ventana misteriosa

RELATOS BREVES DE MANUEL DEL PINO

Los casos de Carla

Qué es “Los casos de Carla”

Plaza de Santo Domingo nº 1, uno de los edificios más altos de la zona. En el bajo había un buen supermercado. Atardecía el intenso azul de Madrid. La agente Carla y el oficial Morales patrullaban, pasando por las hermosas terracitas de enfrente.

─¿Entramos un minutito a ese supermercado? ─dijo Morales─. Me comería un paquete entero de galletas de chocolate.

Carla pensó: “¿Cómo va a adelgazar así?”. Pero calló, claro.

Entonces miró a una ventana central del séptimo piso del edificio de enfrente.

─Fíjese, Morales. Qué cosa más rara.

Morales observó la ventana que señalaba el dedo de Carla. A través del cristal se veía una especie de muñeca, pues estaba inmóvil, con el brazo izquierdo en alto. Sobresalía extraña, pues era la única ventana que mostraba algo. Todas las demás ventanas del edificio, siete por cada una de las quince plantas, presentaban un fondo opaco tras el cristal.

─¿Qué es eso? ─dijo Morales.

─No sé. Parece una muñeca.

─¿Y qué pasa? Alguien del piso la habrá puesto ahí, una de las niñas de la casa. ¿Es que no podemos entrar un momento en el supermercado?

─Esa muñeca puede que signifique algo. Un mensaje. Además, las ordenanzas prohíben comer y beber durante el servicio.

─Siempre ves misterios donde no los hay. Tú lo que quieres es dejarme sin galletas.

Carla suspiró. Miró a las diversas gentes que llenaban la preciosa plaza de Santo Domingo. Muchas, en las mesas de las terrazas, tomando algo. Otros, transeúntes o en el centro de la plaza, con amigos, parejas, niños o perros, amén de los incesantes motos y coches que circulaban sin cesar por la calle del centro. La plaza bullía de vida en el centro de Madrid. Todos parecían más felices, más vitales, que Morales y Carla, con su rutinaria y aburrida patrulla de trabajo. Y sin embargo Carla se sintió, en ese instante, más privilegiada que nadie. Como si la fortuna le hubiera revelado un secreto exclusivo para ella.

─Creo que deberíamos subir ─dijo.

─¿Adónde? ¿A ver a la muñeca?

─Sí. No creo que nadie la haya puesto en esa ventana así porque sí.

Morales pensó que a cambio de ese disparate debía conseguir algo.

─¿Y luego nos llegamos al supermercado?

─Hecho.

Entraron en el edificio. Sus uniformes les hacían innecesario identificarse como Policías de Barrio. Subieron en el ascensor hasta el séptimo piso. Preguntaron a los vecinos del rellano. Una viejecita les dijo que, en el piso en cuestión, acababa de oír gritos y golpes de una enorme pelea. De pareja, entre chico y chica.

Llamaron a la puerta del piso con la ventana misteriosa. No abría nadie.

─Saque las ganzúas ─dijo Carla.

Morales abrió la puerta con una de sus ganzúas. Avisaron varias veces en voz alta: “¡POLICÍA!” Nadie contestaba. Silencio sospechoso.

Sacaron sus armas reglamentarias, algo que pocas veces ocurría, para avanzar en el piso, hasta llegar a la ventana misteriosa. Allí estaba la muñeca, mirando a la plaza de Santo Domingo, con el inmóvil brazo izquierdo en alto. En el suelo había sangre fresca.

─¿Qué significa esto? ─dijo Morales.

─Violencia de género ─dijo Carla─. A la chica le dio tiempo de poner la muñeca.

─¿Y dónde están ahora? ¿Se la llevó? ¿La ha secuestrado? ¿La ha matado?

Carla pensó unos momentos. Cada instante podía ser crucial para salvar la vida de una persona. ¿Qué significaba aquella dichosa muñeca con el brazo en alto?

─¡La azotea! ─dijo─. ¡Vamos!

Corrieron escaleras arriba hasta la azotea. La puerta estaba abierta. Atravesaron los sinuosos recovecos con las armas en ristre. Al fondo, en el murete que daba a la calle, estaba la chica tumbada, aterrorizada con la cara sangrando, agarrada por el novio, que no paraba de golpearla y se disponía a arrojarla a la calle desde la azotea.

─¡Alto! ─dijo Carla─. ¡Policía!

El tío cobarde se detuvo y alzó las manos. Los policías se acercaron, apuntándole con sus armas. Morales pensó: “Adiós a las galletas”.

Manuel del Pino

Manuel del Pino es licenciado en Filosofía y Letras (Univ. de Granada, 1994). Publicó artículos, ensayos (XIV Premio de Ensayo Becerro de Bengoa con La sonrisa de la esfinge, Dip. de Álava, 2002), novelas (Olivas negras, Ed. Cuadernos del Laberinto, Madrid, 2012) y relatos en diversas revistas digitales.

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