Debilidad general asegurada: un mundo con menos poder

por Andrés Ortega Klein

Debilidad general asegurada un mundo con menos poder
Tratamiento médico en un hospital. Foto: Allie Smith (@creativegangsters)
Andrés Ortega Klein
Andrés Ortega Klein, Investigador senior asociado del Real Instituto Elcano. Consultor independiente y director del Observatorio de las Ideas.

La competencia geopolítica global sigue, aunque bajo nuevas formas, por debajo de la crisis general del COVID-19. Pero esta misma crisis hace que todas las grandes potencias, o uniones de potencias como la UE, y las organizaciones internacionales –como la ONU, ausente salvo a través de la Organización Mundial de la Salud (OMS)– estén hoy más débiles que antes. Aunque sea también algo relativo, en términos absolutos hoy hay menos poder –y más pobreza– en el mundo; hay una debilidad general asegurada. Nadie lidera porque nadie está en condiciones de liderar, ni el sistema lo permite. Podemos haber caído en lo que Janan Ganesh denomina un mundo “no polar”, una tendencia que venía de antes y se ha acelerado. Aunque muchos análisis apuntan a una ventaja de China, en realidad la situación no beneficia a nadie. Debería llevar a cooperar más. No es nada seguro que vaya a ser así. Ha habido, para empezar, una carrera global para hacerse con los suministros médicos necesarios contra el virus.

EEUU, que ya venía ensimismado, está sufriendo el embate del coronavirus con retraso y mal preparado. Los países en vías de desarrollo, ya sea en Asia (especialmente la India), África (un posible desastre que acabará rebotándonos a los europeos en primer lugar) y América Latina, a la que todo esto ha cogido en una situación de debilidad, también van por detrás. China está en una aparente recuperación sanitaria que está utilizando para una campaña global de propaganda. Y la UE, por su parte, está ausente o parada en estos momentos en su acción exterior (que va mucho más allá de su política exterior) dada la debilidad interna de sus Estados miembros –Francia y Alemania incluidas–, y de sus instituciones. Como ha señalado el filósofo coreano Byung-Chul Han, “como consecuencia de la pandemia, Europa ha perdido todo su carisma”. Puede recuperarlo en parte. Claro que sólo resultará creíble si resuelve sus problemas de solidaridad, coherencia y fortaleza internas. Ha tardado en ponerse las pilas de la solidaridad y de la idea de remar todos a una, pues estamos en un mismo barco. Tras la activa reacción del Banco Central Europeo, y regular de la Comisión Europea, el Eurogrupo puede haber marcado la semana pasada un punto de inflexión, tras las anteriores duras divisiones, pero falta saber cómo se financiará la recuperación a través del crucial Fondo de Reconstrucción, aunque aún no haya llegado la hora de esta última. De momento, la mutualización de la gestión de esta crisis está ausente en esta UE. Que China y Rusia acudieran en socorro de Italia y España cuando Europa no lo hacía, fue significativo.

EEUU sigue contando con un elemento esencial para su poder, para su estímulo fiscal y para su posible evolución económica: el “privilegio exorbitante”, como lo llamó en su día Valéry Giscard d’Estaing, del dólar, lo que le permite reducir los costes de sus déficits y de sus deudas. La economía china, tras su parón, puede volver a crecer, pero un 2% en el año, que es lo que se espera tras lustros por encima del 6%, puede ser insuficiente para un régimen que basa parte de su legitimidad, justamente, en el crecimiento económico. China tiene muchos problemas, y primarán las prioridades internas sobre otras externas como el megaproyecto de la Nueva Ruta de la Seda, o la Iniciativa de la Franja y la Ruta, aunque esté ahora lanzada en una “diplomacia sanitaria” que algunos llaman una ruta de la seda de la salud. Previsiblemente esta vez no estará en situación de ser el motor para la recuperación económica mundial como lo fue tras la Gran Recesión.

Rusia se ve dañada por la caída del precio de los hidrocarburos, aunque no tanto como Arabia Saudí en un momento importante en el que preside el G20, que no está a la altura de las circunstancias, no sólo ante la crisis, sino ante una salida coordinada (lo que no implica sincrónica) de la crisis. El G20 se limita a acordar lo que ya está acordado y no ha sido capaz de poner en pie un plan global sanitario contra el coronavirus. Riad, según el FMI, había basado sus presupuestos sobre un petróleo a más de 80 dólares el barril. Rusia, en torno a 42. El precio del crudo sigue cayendo. A finales de la semana pasada, tras el acuerdo de la OPEP+ el barril de Brent de referencia estaba a unos 32 dólares.

La caída del comercio internacional y el proceso del desglobalización en el que hemos entrado puede dañar a todos. Henry Kissinger considera que “la pandemia ha generado un anacronismo, un renacimiento de la ciudad amurallada en una época en la que la prosperidad depende del comercio y el movimiento mundial de las personas”. Quizá al que menos afecte sea a EEUU (su comercio exterior representa algo más del 25% de su PIB), frente a China (el 38% en 2018, habiéndose reducido, sin embargo, su dependencia en las exportaciones como motor de su crecimiento). La política en marcha de reducción de la dependencia occidental en empresas chinas le dañará. La UE es la más dependiente en su comercio exterior: un 87%.

Estamos ante una “batalla global de narrativas”, como lo expresa Josep Borrell, cabeza de la política exterior de la UE. Es, en buena parte, un regreso de las ideologías, bajo nuevas formas, y acompañadas del instrumento de la ayuda sanitaria. Esta crisis va a ser muy definitoria en términos de ideologías. China tiene mucho que ganar. La neoliberal ha sufrido un embate mortal. La democrática liberal, está por ver. En cuanto al europeísmo, ya lo ha dicho Angela Merkel: “La UE se encuentra ante la prueba más grande desde su fundación”. Europa, si se recompone, podría no liderar, pero sí resultar ejemplar. Si no lo hace, el proyecto europeo también se puede desmoronar, y con él muchas otras cosas.

Los momentos de debilidad geopolítica general –basados en una debilidad socioeconómica general– pueden ser positivos si llevan a desescalar algunos conflictos en curso (como en Yemen). Pero también peligrosos si generan movimientos de desestabilización política y desobediencia civil. Junto a la pandemia en sí, el mayor peligro, en muchas sociedades, es el de un colapso social. “Si la economía global se desmorona, las sociedades puede también hacerlo”, señala Branko Milanovic.

Sería deseable un movimiento hacia más gobernanza global, con algo más que un recauchutado de las actuales instituciones internacionales, hacia más multilateralismo eficaz, que podría reconstruirse en torno a un Sistema Global de Salud que vaya mucho más allá de la actual OMS. Y articule una salida justa y coordinada a la profunda crisis económica y social en marcha, que nos debilita a todos.

Andrés Ortega Klein

Publicado con permiso del Real Instituto Elcano

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1 Comment

  1. La verdad es que el planteamiento es el correcto -otra cosa muy distinta serán las reacciones de los diversos componentes de este nuevo ajuste planetario ,, creo que si que esta crisis tendría que servir de incentivo,, para una unificación de criterios ,, pero mucho me temo que como siempre la humanidad perderemos esa posibilidad

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